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COLUMNISTAS / opinion
sábado 30 marzo, 2019

Desde Alfonsín hasta Dietrich

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por Luis Costa

De un lado, el ministro de Transporte, Guillermo Dietrich. Del otro, el expresidente Raúl Alfonsín. Foto: Cedoc
sábado 30 marzo, 2019

Se podría imaginar el recorrido de nuestra democracia moderna en dos puntos, con uno que lo inicia y otro que lo deja en el presente. En su llegada a nuestra era, se puede encontrar el glorioso final de campaña de Alfonsín, con una Avenida 9 de Julio desbordada y con él como orador virtuoso dando al comienzo de la democracia actual su simbolismo de iniciación.

En el otro extremo tenemos a Dietrich, un ministro de la Nación, llegando en bicicleta a la recepción de los reyes de España en la embajada de ese país, transformando un acto institucional y tradicional, en una completa banalidad. Para ambos extremos, lo que sobra es simbolismo.

Alfonsín, transpirado y asertivo, justo, medido, enorme y carismático, decía que los radicales iban por esos días marchando con sus “grandes muertos” al frente, y además de mencionar a los obvios, pasaba también por los nombres menos masivos como los de Amadeo Sabattini y Mauricio Lebenshon, mostrando la importancia que las tradiciones tienen para la constitución de identidades. Para el radicalismo, aunque con un considerable menor culto a la persona, su presente siempre ha sido el reconocimiento a la consecuencia del trabajo y sacrificio de otros radicales que pelearon también, como ellos hoy, en otras batallas. Aunque cuestionado por el final de su gobierno, su misma dinámica de recordación y resignificación del pasado, permite también construirlo a Alfonsín en una nueva tradición de ellos mismos y rescatarlo en su enorme 1983. El radicalismo sabe de la importancia de un pasado presente e intenta hacer algo siempre nuevo con su historia. Nada de esto se cree necesario en Cambiemos.

Alfonsín vivo, o la imagen real del hombre de mil dimensiones

En el coloquio de IDEA de 2017 Marcos Peña dijo que una de las mejores acciones del Gobierno había sido quitar a muertos de los billetes y reemplazarlos por animales, sin darse cuenta que era eso en realidad, una manera de matarlos nuevamente y de eliminar, para ellos mismos también, la imposibilidad de conectarse con ninguna tradición posible. La experiencia Cambiemos no tiene pasado, no tiene generaciones previas y tampoco considera relevante tenerlas. El pasado, como el del padre del Presidente, en realidad necesita ser cuestionado, puesto en escena como un tiempo de denuncia. La consecuencia es un presente del presente mismo, y en esa trampa ha quedado el mismo gobierno.
Hoy el Gobierno no hace otra cosa que revisar el dólar y las encuestas de intención de voto, datos que se renuevan todo el tiempo, en cada presente y sin chance de encontrar en el tiempo de antes, algo que los ayude. Se espera siempre al mañana, siempre al día que viene luego, al próximo presente, para ocuparse de nuevo en ese día, del problema. Al pasado, en realidad, solo le ofrecen su rechazo despectivo. Que el país vive en crisis hace 70 años y que todos los equipos anteriores de gestión habían sido no tan buenos como ellos. Para el pasado, solo repudio.

Alguna vez, aunque de un nuevo tipo, la experiencia Cambiemos sí tuvo una tradición, aunque sin terminar de comprender que los procesos en que los pasados se hacen presentes, son cambiantes y múltiples. A las tradiciones se las actualiza y cambia siempre en el presente, algo que el sociólogo Maurice Halbwachs expuso con su idea de “memoria colectiva”. La tradición de Cambiemos ha sido el kirchnerismo, porque allí está su origen, su sentido del existir, pero no ha logrado comenzar a modificar o actualizar su vínculo con esa experiencia política más que referirlo como un pasado fijo que sigue dando sus golpes. Como no modifica ni actualiza el recuerdo del kirchnerismo, tampoco actualiza ni constituye una nueva forma actualizada de identidad para Cambiemos.

Expertos en campañas, Cambiemos se ha convertido en su propia trampa. Cambiemos es una cosa, un producto, un objeto sin vitalidad, que no necesitaría a nadie más que a sí mismo, como una promo del mercado: “Compre este producto que elimina los olores kirchneristas a un precio imbatible”. Cuando la promoción se termina, se acaba allí la atención.

Dietrich llega en bicicleta, despojado del símbolo de ministro. Hacer eso en enero de 2016 podía ser rutilante; hoy está fuera de contexto. Para los protagonistas de esta experiencia política, todo sigue igual, mientras crece el dólar, la pobreza y la inflación. Están a un paso de ser recordados como una prueba aislada que la sociedad argentina hizo para probar suerte, mientras Alfonsín suena y se escucha, cada día mejor.

*Sociólogo.


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