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COLUMNISTAS / opinión
domingo 17 mayo, 2020

Desde el alma

El soul fue una música efímera y compleja, marcada por la fusión de géneros y la búsqueda de hits.

Dave Godin Foto: Cedoc

Leo que cinco de cada diez personas empezaron a escribir un libro durante la cuarentena. A mí se me ocurrió que el mío sería sobre música soul, un tema del que sé poquísimo. Un día, mientras leía viejas carátulas online, me crucé con el nombre de Dave Godin, que resultó un personaje altamente excéntrico. Godin nació en Londres y se interesó de chico por la música negra americana. La leyenda dice que fue compañero de colegio de Mick Jagger y le hizo escuchar lo que entonces se llamaba Rhythm & Blues. Un tiempo después, Godin fundó un club de fans de Motown, la discográfica negra cuya variante pop y bailable del R&B se instaló entre los adolescentes blancos. Godin era tan erudito y entusiasta que Berry Gordy, el dueño afroamericano de Motown, lo invitó a Detroit y lo contrató para ser su promotor en Inglaterra. Mientras tanto, los Rolling Stones sacaban sus primeros discos, compuestos de covers de R&B y alrededores. Aunque la voz y el estilo de Jagger como cantante siempre fueron notables, si se comparara la versión stone de Carol con la de Chuck Berry o la de You Better Move on con la de Arthur Alexander uno se pregunta por qué tuvimos una educación musical basada en el consumo de copias y el desconocimiento de los originales. 

Algo así pensaba Godin, que denunció a su antiguo condiscípulo como explotador de los artistas negros. Después puso una disquería llamada Soul City y allí descubrió que sus principales compradores eran jóvenes proletarios del norte de Inglaterra que venían a la capital siguiendo a sus equipos de fútbol y se llevaban simples desconocidos por el gran público británico. Estaba naciendo el Northern Soul, que, a principios de los 70, arrastró multitudes a los salones de baile de Blackpool, Stoke o Wigan, donde las sesiones eran maratónicas, los pasos acrobáticos y los DJ competían para ver quién ponía los temas de estilo Motown más raros, los que nunca habían vendido un disco. Simon Reynolds describe el fenómeno como “la historia del soul contada por los perdedores”. Pero Godin buscaba otra cosa, que la llamó Deep Soul: temas lentos, profundos y con un toque operístico que revelaban el desgarramiento del alma de un individuo maduro frente al amor perdido y los contratiempos de la vida. Después, Godin se volvió programador de cine en Sheffield y experto en la censura, además de militante anarquista, vegano, pacifista, gay y difusor del esperanto hasta su muerte, en 2004.  

Como si hablara de un universo paralelo, en su excelente Sweet Soul Music (el libro obligado hasta que se publique el mío), Peter Guralnick excluye la cultura Motown y circunscribe el soul a lo ocurrido entre 1960 y 1975 en ciertas ciudades del sur estadounidense gracias a una inédita colaboración entre negros y blancos. El soul fue una música efímera y compleja, marcada por la fusión de géneros y la alocada búsqueda de hits en la que participaron cantantes, músicos, compositores, arregladores, productores, ingenieros y dueños de sellos discográficos. Como resultado quedaron unas pocas estrellas rutilantes, un par de genios musicales, una serie de vidas terminadas en tragedia y una pléyade de intérpretes notables que grabaron menos de lo que hubieran merecido pero lo suficiente como para escucharlos durante un siglo. Como para que el libro no pierda vigencia.


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