jueves 21 de octubre de 2021
COLUMNISTAS no hay salvadores
17-09-2021 23:55
17-09-2021 23:55

Devorador de mundos

Esta crisis de gobernabilidad es síntoma de otra más profunda, que atañe a las profundidades del “ser nacional”.

Esto es efímero

Ahora efímero

¡Cómo corre el tiempo!

Tic... Tac efímero

Luces efímeras

(Pero te creo...)

Indio Solari y Skay Beilinson
 

 

Como explica brillantemente Perry Anderson es su libro Transiciones de la antigüedad al feudalismo, a la caída de los grandes imperios sobrevino la era feudal caracterizada por su enorme inestabilidad, especialmente en Europa y Asia, pero que a las postrimerías tendría impacto en todo el planeta. 

Guerra perpetua. La disolución del Imperio Romano generaría el surgimiento de innumerables principados con un sistema de producción que se asentaba en el vasallaje y una situación de guerra permanente donde los príncipes se asociaban para enfrentar a otros príncipes para conquistar territorio, con algunas excepciones como cuando se reunían para enfrentar a un enemigo común (como el caso de Las Cruzadas para retomar Jerusalén y la Tierra Santa del control musulmán). Algunas de estas situaciones se observan muy bien en la famosa película Corazón valiente, protagonizada por Mel Gibson, donde interpreta a la mítica figura de William Wallace. 

Este largo proceso de guerra continua que dura quinientos años o más comienza a mutar con el surgimiento de las monarquías absolutas, la aparición del Rey Sol, ordenador de disputas y finaliza en el siglo XVIII con las revoluciones burguesas y el consiguiente surgimiento de los Estados nacionales. Hoy estamos transitando la declinación de la era de las naciones, desafiadas por la globalización.  

Quizás el cuadro de comparación parezca desmesurado para enmarcar la crisis actual en la alianza gobernante de Argentina (que repercute en el mundo) y esta suerte de culebrón que hace que toda la información quede desactualizada en cuestión de minutos. Pero hay un elemento central que no puede pasarse por alto: la formación social capitalista tal como quedó conformada en la Argentina desde el siglo pasado está en una crisis terminal. Esta situación fue comentada en el panorama anterior “Siete tesis sobre la Argentina”  y cualquier respuesta de compromiso que no enfrente el problema estructural será efímero y devastador de liderazgos.

Es casi hipnótico. Como los príncipes medievales, tanto Cristina Kirchner como Alberto Fernández buscaron, en este breve pero intenso proceso, alianzas en otros príncipes visibles o invisibles, llámese gobernadores, intendentes, dirigentes de movimientos sociales, líderes sindicales, periodistas y medios de comunicación, operadores judiciales, etc. Y como alguien dijo por allí, ambos encontraron más que correlaciones de fuerza, correlaciones de debilidades. Todos subieron su cotización, mientras relojeaban los resultados electorales de las PASO. 

El análisis de las elecciones del 12 de septiembre se detuvo abruptamente por la crisis de gobernabilidad que arrojó resultados contundentes contra el Gobierno, pero también resultados paradójicos, como la excelente elección de Facundo Manes (PBA), y las de Ricardo López Murphy y Javier Milei (CABA), de Luis Juez (Córdoba), y Carolina Losada (Santa Fe), y otros resultados llamativos si se mira con atención, como la nómina de quienes no concurrieron a votar y quienes votaron en blanco o impugnaron el voto. En este marco, noviembre se presenta aún más desolador para el (¿ex?) Frente de Todos.

Tu aliento vas a proteger. Jacques Rancière plantea en El desacuerdo. Política y filosofía”, que “la política es un asunto de sujetos, o más bien de modos de subjetivación. Por subjetivación se entenderá la producción mediante una serie de actos de una instancia y una capacidad de enunciación que no eran identificables en un campo de experiencia dado”. Nadie ejerció la capacidad de subjetivación con tanta voluntad como Cristina Kirchner en estas dos décadas. Produjo dos cartas como la de octubre del año pasado y la de esta semana, que serán estudiadas por los historiadores del futuro. Uno se puede imaginar los lejanos días de mayo a Cristina escudriñando una larga mesa con muchas fotografías de dirigentes políticos con la generación de listas con fortalezas, oportunidades, debilidades, amenazas que representaba cada personaje. De ese estudio imaginario saldría el nombre de Alberto Fernández: mejoraba las fortalezas electorales, y resultaba la menor amenaza frente a una posible emancipación personal del candidato: 50% de acierto. 

Pero el nudo gordiano del problema se puede encontrar en una película de clase B de 2002 llamada La máquina del tiempo. Allí el científico e inventor Alexander Hartdegen (encarnado por el genial Guy Pearce) que vive en Nueva York a finales del siglo XIX sufre una gran tragedia personal donde Emma, la mujer que él ama, es víctima de un tremendo asesinato. A partir de ese acontecimiento, Hartdegen inventa una máquina del tiempo con la finalidad de salvarle la vida. Sin embargo, en cada oportunidad que logra frustrar la razón de la muerte de la joven, ella muere por otro motivo. En síntesis, la estructura sobredetermina a la función. No había “candidato mejor”, para seleccionar porque no se trata de un problema psicológico, ni donde las personalidades tengan incumbencia, sino un problema político, casi impersonal, no hay salvador, ni as de espada. Esto también se constituye en un mensaje para la oposición y para quienes desean pescar en río revuelto. 

El grito efímero. Ojalá que cuando el lector lea este texto la crisis se haya resuelto y alguno de los escenarios previstos se haya activado: que prevalezca Cristina, que prevalezca Alberto o el mejor de todos para la institucionalidad del país, que hayan logrado algún tipo de acuerdo, aunque no sea del todo satisfactorio para las partes. Pero toda solución será transitoria mientras no se observe, se reconozca y se comience a trabajar en la solución de fondo, que también implica trabajar en el plano de la utopía, ir hacia otro lugar porque esta crisis de gobernabilidad es síntoma de otra más profunda que parece invisible para la dirigencia política, social y empresarial argentina, y que atañe a las profundidades del “ser nacional” y que finalmente remite al personaje de historieta Galactus, el devorador de mundos.

*Sociólogo (@cfdeangelis).