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épica maradoniana

Diego imaginado

Con él se van sesenta años de historia que, como en el país, fueron de gloria y de hundimiento.

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Diego Director. | Pablo Temes

Es difícil no repetirse mil veces, reiterar cientos de aforismos, recordar las anécdotas reales o inventadas para hablar sobre Diego Maradona.

Imaginar lo posible. Benedict Anderson dedicó buena parte de su vida a investigar la idea de nación y las razones de su arraigo y fortaleza a lo largo del siglo XX. Él mismo reconocía que era sencillo. Si bien la etimología del término (cercano a nacimiento) podía tener algún parentesco con la idea de la religión, en su despliegue se diferenció de todas las formas de organización políticas anteriores. Mientras que la globalización parecía poner el sitio final, cada día surgen más naciones y proyectos de nación: en palabras de Anderson: “la nación, la nacionalidad, el nacionalismo, son términos que han resultado notoriamente difíciles de definir, ya no digamos de analizar”, y allí arriesga su definición de nación: se trata de una “comunidad políticamente imaginada”.

¿Por qué una nación es una comunidad imaginada? Para nuestro autor es muy sencillo: “Ni los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán, ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”. No obstante, falta un elemento central para entender cómo se construye, cómo se hila esta comunión imaginaria. Ese elemento es la identidad, un articulador de las diferencias, el espacio de la representación y la imitación, intersubjetividad y construcción común.  Diego Maradona más allá de su corporeidad, de su juego, de su vínculo con la pelota, incluso más allá de su discurso político, fue el gran constructor de la identidad colectiva argentina de los últimos cincuenta años.

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Tal como dice Anderson nadie en su nación logrará conocer el resto de los habitantes, pero este es el caso donde todos han conocido a Maradona. La identidad es un espacio de plena subjetividad y simbolismo, por eso fue tan difícil de poner en palabras las sensaciones percibidas por el imperio de las emociones. Las naciones buscaron desde sus inicios convocar desde los símbolos: escudos, himnos y banderas. Sin buscarlo mucho, esa simplicidad se puede encontrar en la multiplicidad de imágenes de Maradona que inundaron los medios en estos días. Siempre distinto, siempre igual.

Todo es historia. En más de una forma con Maradona se van sesenta años de historia argentina, donde el país en sincronía con el astro del futbol alcanzaría la gloria y el hundimiento, su reconocimiento mundial y su descomposición. El comienzo más notorio de Maradona fue en el mundial juvenil de Japón en 1979. Mientras la dictadura hacía sus estragos, el país madrugaba para comenzar a entender quién era ese muchacho de rulos que se veía en las pantallas blanco y negro. Allí arranca su trayectoria y muchas vidas vividas en una sola siempre con intensidad llevada a los límites. Finalmente, como la máquina declarante en que se transformó, reinventó con Jorge Luis Borges el idioma de los argentinos.

Maradona representa un modelo de identidad nacional que se comienza a apagar en la historia del país. El muchacho humilde que proviniendo de los sectores más bajos de la sociedad logra emerger hacia el reconocimiento mundial sorteando mil dificultades es una narrativa que cada vez se reproduce con menor intensidad, porque es un formato de movilidad propio de la segunda mitad de siglo XX. Era lo “local” sobreponiéndose a lo mundial, porque aún como fenómeno internacionalmente reconocido Maradona nunca se deshizo de su impronta específica, ya sea Fiorito, su madre, o sus orígenes. En Italia, en Dubái, o en Cuba, pero siempre apareció emocionalmente vinculado al barrio, sin distancias. Por eso aun en los años de Maradona en ausencia, su presencia fue constante, potenciada por el chusmerío permanente generado por los medios especializados focalizados siempre en sus amores, conflictos familiares, económicos o sus problemas de salud. Curiosamente los que odiaron y odian a Maradona (y rechazaron que se lo velara en la Casa Rosada) también abrevan en esa identidad, dado que el aspecto negativo organiza la totalidad representacional.

Economía política maradoniana. La lógica de acumulación económica de Diego Maradona también reflejó un país artesanal, construido con improvisación y a los ponchazos. La contraposición con las modalidades económicas de las actuales mega estrellas empresa-personas como Lionel Messi o Cristiano Ronaldo muestra diferencias marcadas. Estos últimos (para ejemplificar) son corporaciones mundiales con desarrollos hiperprofesionalizados con los mismos problemas que pueden tener algunas empresas de consumo masivo, como por ejemplo las tensiones por los domicilios de tributación. También la transformación de la estrella en marca, propio de la era del deporte global les imprime a esas figuras muchos límites a su desempeño público. Cada declaración, comentario y acciones de su vida personal pueden afectar su rendimiento societario, del mismo que cada cambio de peinado en un Ronaldo significa un relanzamiento de su marca global. En cambio, la carrera de Maradona en términos de “gestión” también todo fue desmesura y sin limitaciones para sus expresiones., sin evaluar los perjuicios que le pudiera acarrear.

Luego “construyó” un modelo tradicional de apoderado-abogado, con una trayectoria de acumulación-despilfarro y quiebras permanentes, con un entorno cambiante e interesado, y por supuesto escándalos diversos generados por él y por quienes se intentaron aprovechar de la fortuna del campeón. Claro que también los límites del negocio global cambiaron drásticamente. En estos días se recuerda el pase de Maradona de Boca Juniors a Barcelona en 1982 por unos siete millones de euros (incluso todavía había pesetas). Es difícil de calcular, pero hoy un pase de esa envergadura podría costar quinientas veces más.   

Resignificación y después. La épica maradoniana recién empieza. Su capacidad para dar nuevos significados se vio reflejada en esa foto suya que circuló con la banda Queen, donde Maradona estaba con la camiseta de Gran Bretaña y Freddy Mercury con la camiseta argentina, un cambio de ordenamiento perceptual que desafía la lógica amigo-enemigo, incluso en el espacio bélico.  Por eso parafraseando a Anderson hay Diego imaginado para rato.

*Sociólogo (@cfdeangelis)