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COLUMNISTAS / PANORAMA / POLITICA EXTERIOR
domingo 8 julio, 2018

Diversificación o alineamiento

Con la llegada del canciller Faurie, y bajo la influencia de la diplomacia supraministerial de la Jefatura de Gabinete, se ve una tendencia a alinearse con EE.UU.

por Patricio Carmody

Juntos. Pese al acercamiento, hay amargas experiencias bilaterales en comercio. Foto: Cedoc Perfil

Aunque al inicio del gobierno de Macri ya se hablaba de una integración internacional inteligente, parecía significar la implementación de una estrategia de “horizontes diversos”. Es decir, mantener relacionamientos positivos y simultáneos con las potencias establecidas, las emergentes y el exterior próximo. Así, dejando atrás el aislamiento de los gobiernos Kirchner con respecto a la “coalición occidental”, la canciller Malcorra afirmaría que “tenemos que maximizar nuestras alternativas y tener una relación madura y seria con todos aquellos que están dispuestos a trabajar con nosotros”. También se hablaba de “no dar la espalda a nadie”, y de tener una “agenda internacional de puertas abiertas”. Esto parecía construir una política exterior con consensos, donde se debían restaurar los vínculos con las potencias establecidas y recalibrar, no disminuir, las relaciones con las potencias emergentes.
Con la llegada del canciller Faurie, y bajo la influencia de la diplomacia supraministerial llevada a cabo por la Jefatura de Gabinete, se observa una tendencia a alinearse con Estados Unidos. Si bien es comprensible la inclinación a seguir los pasos de esta admirable nación, con la que compartimos profundos valores, este accionar puede tener consecuencias negativas. Dos de ellas vienen a la mente. La primera es debilitar nuestro poder de negociación. Recordando a Kissinger: “La posición negociadora de una nación depende de las opciones que las otras naciones creen que esta posee”. La segunda la resumió Charles De Gaulle: “Un país pequeño o mediano no debe mantenerse demasiado cerca de una gran potencia, ya que se arriesga así a ser atraído a orbitar en torno a ella”.
Esta tendencia a alinearse con EE.UU. se ha notado en la manera de votar en Naciones Unidas (ONU). El profesor Juan Gabriel Tokatlian ha observado que, durante la presidencia de Obama, Argentina coincidió en un 52% con EE.UU., mientras que Chile y Brasil coincidieron en un 56%. Pero en el período Trump, “las coincidencias con el país anglosajón crecieron a un 59%, mientras que las de Chile y Brasil cayeron al 44%”.
Ante estas señales, Tokatlian señala: “Yo creo que en el último año hemos virado hacia una política cada vez más simbólica en los gestos pero menos sustantiva, y cada vez más próxima a EE.UU., sin explicarnos por qué”. Y agregó: “La intención parece ser no irritar a EE.UU., a pesar de que muchas de sus acciones están reñidas con el derecho internacional, la estabilidad mundial y los vínculos interamericanos”.
Un componente que parece justificar esta conducta se encuentra en lo ideológico, donde, según destacados expertos, predomina la visión simplista y anacrónica de alinearse a la potencia hegemónica de turno –Gran Bretaña a comienzos del siglo XX, EE.UU. a fines del siglo XX–, pero en el contexto de lo que es hoy un mundo pluripolar. Si en los años 90 un alineamiento con EE.UU, vencedor de la Guerra Fría, era por lo menos debatible, la gran difusión del poder en el escenario global actual hace más difícil su justificación.
Estos expertos en política exterior destacan también una sorprendente ingenuidad, junto a una notable pereza en observar cómo funciona realmente el mundo. Quizás el más moderado entre ellos, Roberto Russell, afirma: “Les he comentado varias veces a mis amigos del PRO que salieran de la línea Uribe-Piñera-Aznar. Una línea de derecha que procura políticas de aquiescencia con EE.UU., sin entender los cambios en el mundo”. Entre estos cambios sobresalen el desplazamiento relativo del poder mundial hacia Asia –dado el ascenso de potencias emergentes como China, India y las naciones del Asean–, y una profunda crisis en el seno de Occidente, que incluye intensas fracturas sociales y el desencanto con las democracias.
Otro componente puede ser el económico-comercial, dado que la administración Macri ha sufrido amargas experiencias en la relación bilateral con EE.UU., relacionadas con el biodiésel, el limón, el acero y el aluminio. Es interesante notar que Macri parece haberle dado la razón al presidente Trump cuando este afirmó en la Sala Oval: “Yo quiero hablarle de Corea del Sur, y él quiere hablarme de limones”, ya que luego designaría como embajador en Washington a un experto en, entre otras cosas, limones.
Un componente adicional para limitar nuestro grado de autonomía ha sido el resultado del manejo subóptimo de la economía, que nos ha llevado al fait accompli de tener que depender en lo financiero de EE.UU., poseedor del poder de veto en el FMI. De la misma manera que la administración Macri no ha sido capaz de concebir y/o comunicar una política exterior clara, tampoco ha podido concebir y/o comunicar una visión de desarrollo concreta. Así, en lo económico, las acciones del Gobierno han priorizado lo financiero por sobre lo productivo, con lamentables consecuencias, que afectan directamente la credibilidad del país y de su política exterior.
Más allá de estos aspectos, si a la disminución del poder relativo de EE.UU. le sumamos el particular estilo de liderazgo de Donald Trump, se hace aún menos prudente implementar una estrategia de alineamiento con esta gran potencia, por más admirable que sea. Es urgente, entonces, diseñar e implementar una estrategia de política exterior basada en la diversificación. Como afirma Russell: “Nuestro país debe tener buenos vínculos con la mayor cantidad de países posible”.

*Autor de Buscando consensos al fin del mundo: hacia una política exterior argentina con consensos (2015-2027).


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