martes 15 de junio de 2021
COLUMNISTAS pasado y futuro
22-05-2021 23:42

El camino de la intrascendencia

Alberto F debería considerar el suyo como un gobierno de transición, y convocar a toda la sociedad y la dirigencia a un proyecto común.

La palabra política puede tener muchas características: ser fuerte, débil, asertiva, declarativa, cercana, empática, convocante, pero nunca puede ser intrascendente.

Ser la nada. La intrascendencia de la política es un problema que probablemente sea la madre de todos los demás. Las formas políticas se vuelven irrelevantes cuando se desconectan con su finalidad, proponer proyectos y modelos organizativos a la sociedad, modelos sustentables y que aseguren algunas bases mínimas de libertad y justicia social. Hasta las monarquías absolutas proponían a sus sociedades feudales un modelo. Un monarca designado por Dios, al que se le debía total reverencia y tributación, protegía a la población de los bárbaros (y de otros monarcas). Las fuerzas celestiales le otorgaban la legitimidad. Cuando esas sociedades (y las burguesías) desafiaron esa legitimidad, el absolutismo se derrumbó como un castillo de naipes. En cambio, en los sistemas democráticos la legitimidad nace -como se sabe- ya no de mandatos divinos, sino del voto popular.

Pero en estos días -y particularmente en América Latina- se producen dos fenómenos simultáneos. Por una parte, la desafección ciudadana. A las personas les deja de importar lo que hacen o dicen los gobernantes y los políticos, la idea de que “nadie se salva solo” se reemplaza por el imperativo “sálvese quien pueda”. Por su parte, los políticos comienzan a ejercer el principio de autolegitimación mediante la polarización. Para esto generan todo el tiempo falsos dilemas que producen disputas en la sociedad, amplificados por medios de comunicación y redes sociales. Por ejemplo, cuando desde el gobierno se dice que las cosas con la pandemia no van bien, pero con Macri todo hubiese sido peor, y Macri responde que él hubiera conseguido vacunas para todos, lo que producen es una discusión estéril, sin función ni destino, pero que generan su razón de ser, el motivo de existencia como clase política. Y en este sentido se puede hablar de “clase” en forma tradicional, como grupo caracterizado por sus intereses particulares. Pero como se aprecia en los casos de Chile, Colombia, Perú, las formas de autolegitimación de la clase política penden de un hilo, y pueden surgir rebeliones impensadas vistas desde la caja de la corrección y el conservadurismo político (que incluye a las fuerzas de centroizquierda).

En busca del tiempo perdido. Hoy la Argentina aparece para millones de compatriotas como un barco sin rumbo. Claro que no es un problema que nace con Alberto Fernández, ni siquiera con Mauricio Macri. Si bien se podrían historizar los últimos cincuenta años (observando años claves como 1975), 2001 marca un antes y un después en la historia reciente. El país ha ido perdiendo su proyecto de Nación, siempre perfectible y discutible. Pero sus consecuencias las recitamos de memoria y las repetimos día a día, pobreza estructural y creciente, millones de personas marginadas, inflación persistente, desempleo y subempleo estructural, inseguridad que incluye ya a esta altura territorios manejados por mafias y organizaciones criminales. Y por supuesto un Estado que incrementa la presión tributaria y va modificando las reglas del juego día a día, sin percibir acaso que nos tocó vivir en la era del capitalismo global.

Claro está que, con (al menos) la mitad de la población pobre, se necesita de los recursos que le suministra el Estado para su supervivencia, y el Estado debe obtener esos recursos (y sumarle otros para su propio funcionamiento). Es otra rueda sin destino, nadie en estos casi cuarenta años de programas sociales (cuya su masividad se inicia con Alfonsín y la Caja Pan) ha salido de la pobreza mediante la obtención de estos recursos.

Pero como muestran todas las estadísticas, cada vez hay más pobres, al punto que ni siquiera figura como problema cuando se pregunta en cada encuesta sobre los principales problemas del país.

¿Alguien piensa que ese 65% (tal vez 70%) de niños y jóvenes pobres de la provincia de Buenos Aires van a dejar de serlo cuando sean adultos?

Pocos, pero conocidos. Por supuesto, la intrascendencia trasciende (valga la redundancia) a la dirigencia política e incluye especialmente a la empresarial, especialista en lobby con el Estado y de intercambiar sus quejas es sus cumbres en hoteles cinco estrellas. También es parte del problema la dirigencia gremial y social más preocupada en defender sus posiciones que buscar soluciones y acuerdos de conjunto que permitan al país salir del estancamiento. La lista se extiende al periodismo y a los sectores intelectuales que han abandonado el pensamiento crítico para alistarse de un lado u otro de la autogenerada grieta.

En el medio de la situación está un gobierno dubitativo, improvisando parches y medidas aisladas, que no percibe (como en el caso de la carne) que dichas medidas, lejos de resolver problemas en el mejor de los casos los posterga y los profundiza, porque la economía es ante todo un sistema. No faltan los recursos, pero hay ausencia de ideas y sobre todo hay silencio. El mejor ejemplo para hablar del silencio es el Secretario de Asuntos Estratégicos de la Presidencia Gustavo Béliz. Es quizás uno de los mejores cuadros que tiene el gobierno, pero no se le conoce la voz, y menos cuáles son los asuntos estratégicos de los que se ocupa y que sin dudas necesita el país para dar un vuelco radical que pueda generar crecimiento con inclusión por al menos una década.

Alternativas. Quizás Alberto Fernández si como él mismo ha dicho no le importa perder las elecciones y considere el suyo como un gobierno de transición, pueda dar un paso innovador, dejando de lado las especulaciones pequeñas, convocando a toda la sociedad y su dirigencia a un proyecto que contenga cuatro o cinco puntos: reducir la inflación, bajar la pobreza infantil, reinicializar el sistema productivo, revolucionar el sistema educativo, y plantear una reforma del Estado.

Pueden ser estos puntos u otros, pero un proyecto que pueda obtener tal legitimidad social que se vuelva una empresa para todos y que vuelva a ubicar a la Argentina como una tierra trascendente como lo fue en el pasado.

*Sociólogo (@cfdeangelis).