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COLUMNISTAS / politica
domingo 17 noviembre, 2019

El clima, el cambio y nosotros

Máximo Paz

default Foto: CEDOC

Aquellos que se dedican al esmerado arte de la meteorología, han observado que para cierto tipo de tormentas, existe un período de calma justo antes de su comienzo. Por eso conocemos esta metáfora tan utilizada. Pero... ¿Será que este “veranito” emocional que los argentinos vivimos hoy tiene que ver con el prólogo de una furiosa crisis? Tal vez sí, o todo lo contrario. Adivinar el destino de la economía nacional es hoy una ciencia tan difícil como la de predecir el clima.

Porque aunque el cepo ha calmado los ánimos cambiarios, la inflación no afloja (4% en octubre), pero una asombrosa pax social se ha instalado en ese espacio resbaladizo que es la opinión pública. Por eso y como siempre, el asombroso comportamiento argento nos da la oportunidad de sacar conclusiones interesantes.

¿Necesitamos los argentinos que nos digan no? “Si yo no compro dólares se los lleva otro”, parecía ser el lugar común que dominaba la escena financiera (pre y pos) eleccionaria. Bancos atestados de clientes temerosos por sus depósitos en dólares y ansiosos por obtener el billete físico. Cajeros exasperados por el inusual tráfico de gentes. Personal de seguridad asombrado por las gregarias masas de personas esperando su llamado con papelito en mano. Una pintura repetida que se observó en todo el país el viernes 25 de octubre de 2019, previo a las elecciones generales. Y luego, el lunes 28, un nuevo “supercepo” cambiario trajo la calma a las masas enardecidas. ¿Necesitábamos el límite? ¿Preferimos que un principio de autoridad externa nos diga lo que tenemos que hacer? ¿Nos da demasiada angustia, demasiada ansiedad y demasiada culpa la libertad de elegir?

Ya en 1941, el filósofo y psicólogo alemán Erich Fromm hablaba de una libertad negativa, la que necesita de restricciones y barreras autoritarias para operar en la sociedad. Al contrario, la libertad positiva es la capacidad de cualquier individuo de ser dueño de su voluntad, de controlar su destino sin importar lo que sucede alrededor. Tiene que ver con la autorrealización.

Mientras el combustible (y todo el resto de las cosas) siguen aumentando, debatimos acerca de la situación política en  Bolivia y si se trata o no de un Golpe de Estado. Se pone en funcionamiento una maquinaria variopinta de opinadores, analistas, funcionarios, artistas, show-people, modelos, etc., que se embarcan festivamente en el debate. La protesta social parece haberse sumido en tranquilidad posmacrista y ahora propone reflexión y solidaridad.

Los efectos de agenda mediática son potentes. Internet y la televisión irrigan el suero de la verdad en el torrente social, a la vez que la clase media hace cálculos para confirmar si este verano todavía puede hacerse una escapada en cincuentas cuotas al exterior. Estas son las certidumbres-incertidumbres que nos persiguen en el interregnum que transitamos. Pero a la noche, al apoyar la cabeza en la almohada, cuando nadie dirige nuestros pensamientos, vuelve una ansiedad que tiene que ver con las preguntas que no sabemos formular.

¿Podremos autorrealizarnos como sociedad algún día? ¿Cuál sería el camino para que podamos soñarnos de otra forma? ¿Quién podría llevar adelante una nueva construcción imaginaria del ser nacional? Todo cambio es una oportunidad. En la transición afloran angustias y también posibilidades. Tal vez, como en la meteorología, caos y azahar sean nuestro destino. Pero existe una esperanza: somos pilotos expertos en navegar aguas turbulentas en climas extremos. Tal vez lo que necesitemos es aprender a confiar y pensar que a la calma le puede seguir un buen amanecer.

*Decano de la Universidad del Salvador.


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