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COLUMNISTAS / resistencias
viernes 21 septiembre, 2018

El Club del Helicóptero

Si el avión es un pájaro, el helicóptero se parece más a un alguacil. Los alguaciles suelen aparacer antes o después de las lluvias y son unos insectos grandes, que hacen un ruido persistente, mecánico y, si están adentro de una casa, pueden chocar contra los vidrios o elegir posarse en un lugar del techo, alejado.

por Fabián Casas

default Foto: CEDOC

Si el avión es un pájaro, el helicóptero se parece más a un alguacil. Los alguaciles suelen aparacer antes o después de las lluvias y son unos insectos grandes, que hacen un ruido persistente, mecánico y, si están adentro de una casa, pueden chocar contra los vidrios o elegir posarse en un lugar del techo, alejado. No sé nada de estos bichos: cuánto viven, qué comen, cuál es su origen. No tienen, como las arañas, un significado onírico en nuestra mente atávica. Existe el hombre araña, pero no el hombre alguacil. Son demasiado torpes para ser superhéroes, demasiado bonachones para ser villanos. No se conoce una fobia o un miedo específico a los alguaciles.

Pero su doble en la vida mecánica sí tiene una gran incidencia en nuestras vidas.

Durante la guerra de Vietnam los helicópteros americanos tuvieron una función clave en los combates: bañando los sembrados de arroz con el temido “agente naranja”, tirando alimentos para las tropas que resistían en alguna colina los avances del Vietcong, ametrallando desde el cielo a los enemigos y cuando la guerra se perdía irremediablemente fueron los helicópteros los que sacaron a los pocos americanos que quedaban en el techo de la Embajada yanqui.

En helicóptero también llegaron los Rolling Stones a dar su recital más triste en Altamont. Se los puede ver orbitando a la multitud desde los cielos, un recital que era un cóctel explosivo y que iba a terminar con un joven negro acuchillado por un Angel del infierno.

Cuando bajás del helicóptero tenés que tener cuidado porque te podés pegar con una de sus hélices. Carlos Menem Jr. tenía un helicóptero y lo usaba cómo si fuera un auto, parándolo dónde quería sin importarle la seguridad de la gente que estaba por debajo de su alguacil de acero. Para él era una muestra de su poder como hijo del Presidente. Y fue, también, su fin.

Daniel Hadad también usó al helicóptero como muestra de poder. Entrevistó a Maradona mientras pilotaba uno –es increíble poder hacer las dos cosas a la vez, entevistar a Diego y pilotear un helicóptero– en la que probablemente sea uno de los reportajes que más vergüenza ajena produjeron en la historia del periodismo argentino. Al día de hoy es difícil encontrarle a esa entrevista algo más que solo la vanidad de poder mostrar que Hadad era propietario de un helicóptero y que podía manejarlo poniendo en peligro a todos los habitantes de Buenos Aires quienes, viéndolo desde sus terrazas, ignoraban que ahí arriba viajaba el crack de Villa Fiorito.

Cada vez que alguién está en el poder y se le va el gobierno de las manos, se queja del “Club del Helicóptero” que es, supongo yo, un club donde se reúnen conspiradores que intentan darle un golpe mortal al gobierno de turno. Lo del helicóptero viene porque una vez asestado el golpe con el bate de béisbol, el presidente en cuestión abandona el poder físico en un helicóptero puesto a su disposición.

El Club del Helicóptero nunca tiene  los mismos miembros, es decir, cambia de acuerdo al grupo que esté en el poder. En las semanas negras con la escalada del dólar, los que agitaron el fantasma atávico del Club del Helicóptero fueron los miembros de Cambiemos. Sobre todo Fernando Iglesias quien, como sabemos, posee odio absoluto, y Lilita Carrió, una persona que solo piensa en ella y después en los demás. Es decir, piensa en los demás solo como público de sus manifestaciones.

Carrió, fan del Twitter, llegó a escribir que ella y el presidente Macri iban a morir de pie resistiendo en la casa de gobierno si se llegaban a oír los sordos ruidos de las aspas del helicóptero designado. Algo que sí hizo Salvador Allende, quien se puso un casco que le quedaba grande, agarró un revólver, escribió un poema genial que le leyó por radio al pueblo chileno y prefirió suicidarse antes que doblegarse a los militares que encabezaba el asesino de Pinochet. Pero no parece que Carrió y Macri estén hechos de la misma madera. Tenés que tener la mente enfebrecida de Philip Dick para imaginarte tamaña mutación. Más bien parece que en una revuelta popular, Macri se iría unas semanas a Italia de vacaciones y Carrió se internaría en un spa chaqueño.


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