martes 17 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinión
13-05-2022 23:55

El diario de Kulfas

13-05-2022 23:55

La idea de la economía como ciencia exacta me resulta cada vez más disparatada. Al contrario, considerar a la economía como madre de las ciencias sociales –especialmente la antropología y la sociología– me resulta cada vez más exacta. No pocas veces me toca entrevistar a un Premio Nobel de Economía por semana y encuentro en ellos esa grandeza epistémica que no percibo en las discusiones y pronósticos que diferentes profesionales realizan sobre la economía argentina.

El sábado publicamos el reportaje a Alvin Roth, Premio Nobel de Economía por su teoría sobre la asignación estable y la práctica del diseño de mercados. Este jueves entrevisté a Robert Aumann, Premio Nobel de Economía por su trabajo por la teoría de los juegos repetitivos no cooperativos. 

El primero me decía: “Los sociólogos y los economistas estudian muchas de las mismas cosas, y los mercados necesitan apoyo social.” “Hay una interacción constante entre cómo los mercados cambian el comportamiento de las personas y cómo el comportamiento de las personas cambia el mercado”. “Otra cosa que afecta a los mercados son las creencias políticas”.

El segundo utilizó el Talmud para explicar cómo las leyes que rigen la vida social también rigen la economía (“la economía también es poesía”) y comparó la mano invisible de Adam Smith con conceptos de Maimónides. Su teoría de juegos repetitivos no cooperativos fue utilizada por mediadores en el conflicto palestino-israelí. En palabras de Robert Aumann: “si quieres la paz ahora quizás no la obtengas nunca, pero si puedes esperar tal vez la consigas ahora” (vale para cualquier negociación). Sobre el default de deuda y la inflación la teoría de los juegos repetitivos no cooperativos prescribe que el costo se paga en la siguiente transacción al querer repetirla: “la clave para lograr el equilibrio está en pensar en el futuro y no en el presente, en los resultados inmediatos, sino en los de largo plazo”.

Es posible tanto una recesión durante el segundo semestre de 2022 como una recuperación sostenida a lo Kulfas. 

Volviendo a la Argentina actual y nuestro juego repetitivo no colaborativo, Juan Grabois ironizó la semana pasada diciendo que a principios del siglo XX existió el diario de Irigoyen donde se le contaban todas buenas noticias al presidente y que en el siglo XXI existe el diario de Kulfas porque el ministro de Desarrollo Productivo se la pasó yendo a contar a los medios que la economía argentina está despegando y que el crecimiento en el primer cuatrimestre sorprenderá con tasas “chinas”, más de 5 por ciento y hasta vaticina un número bien superior.

Durante el viaje de Alberto Fernández a Europa miembros de la comitiva comentaron que el Presidente espera reunirse con la vicepresidenta recién dentro de un par de meses, cuando pueda hacerlo empoderado por cifras de la mejora de la economía y entonces desarmar su discurso crítico con la fuerza de la evidencia de los hechos.

Contrastan con esa visión optimista las proyecciones de economistas como Carlos Melconian, que imaginan un  crecimiento de la economía casi nulo en 2022 creciendo el primer semestre solo por arrastre del rebote de 2021 durante la recuperación de la pandemia, pero cayendo en el segundo semestre. O Martín Redrado, quien estima un crecimiento modesto: solo 2% porque el segundo semestre sería negativo comiéndose gran parte del arrastre de 2021 durante el primer semestre de 2022.

Ambos escenarios (Melconian/Redrado o Kulfas) son posibles con distinto grado de posibilidad dependiendo de situaciones que pueden o no suceder. Es posible tanto una recesión el segundo semestre como una recuperación sostenida a lo Kulfas. 

Hay economistas que explican que no podrá haber crecimiento mientras los sueldos pierdan contra la inflación porque no crecerá el consumo, y otros que ven en la reducción de los salarios reales que produce la inflación, parte de las causas de la reactivación porque aumenta el empleo al hacer competitivas tareas que a otro costo no lo eran. No solo por la reducción al 7% el desempleo formal, sino por estar generando miles de puestos de trabajo en el sector informal –la mitad del total de los empleados– haciendo que el consumo pueda crecer aún con menores salarios por trabajador por haber más trabajadores que consumen. 

En el segundo semestre de 2002 cuando los salarios perdieron el 40% de su capacidad de compra tras la salida del default, el consumo primero se recuperó porque la desocupación cayó a la mitad: menos salario por trabajador, pero más salarios en total. 

Otros ejemplos para la hermenéutica: 1) Como China tiene una política de covid cero, sus vacunas no son tan efectivas como las occidentales y las aplicaron preferentemente a los mayores de 65 años, gran parte de la población no está inmunizada tampoco por haberse contagiado, lo que obliga a confinamientos estrictos que frenan la producción y bajan el comercio mundial. El FMI bajó las previsiones de crecimiento global, pero esto “no afectaría” a la Argentina porque lo que China nos compra son esencialmente alimentos y aun encerrada su población tendrá que seguir comiendo.

2) O, el aumento de la tasa de interés en Estados Unidos, que no se imaginaba tan contundente,  genera encarecimiento del crédito y falta del mismo para los países emergentes. Parte de lo que le pasó a Macri en 2018, pero que “podría” no tener costos adicionales para Martín Guzmán quien igual está fuera de los mercados de deuda voluntarios.

Nadie sabe cómo será el futuro que cambia continuamente. Comprender que los especialistas solo construyen conjeturas plausibles y nada más, es el primer paso de un intelecto emancipado. Hay que desconfiar de Kulfas porque está interesado en que se produzca su pronóstico, hay que desconfiar de quienes crean lo contrario si el escenario que plantean resulta funcional o confirmatorio de algún sesgo ideológico o profesional.

Al comienzo de la invasión rusa a Ucrania se calculó que Argentina tendría un déficit de su comercio internacional de dos mil millones, entre lo que pagaría de más por el aumento de las importaciones energéticas versus lo que cobraría de más por el aumento de las exportaciones alimenticias. Pocos meses después esa cuenta se invirtió porque las commodities energéticas a pesar de continuar la guerra bajaron (el gas por ejemplo) mientras que las alimenticias se mantuvieron altas. La economía es tan atractiva porque es como la vida, inasible.