Una de las características salientes de este gobierno es la de autoinfligirse daños en momentos en que las circunstancias y los hechos le son favorables. Lo sucedido esta semana es una comprobación contundente de esta y otras particularidades que son producto de conductas soberbias y autoritarias.
Veamos lo bueno. El acuerdo comercial y de inversiones con los Estados Unidos tiene aspectos inéditos que, si son adecuadamente aprovechados, abren posibilidades muy importantes para la economía de nuestro país. Los puntos clave son: la eliminación de aranceles para 1.675 productos argentinos, acceso de la carne argentina a los mercados de los EE.UU., compromiso de revisión de los aranceles impuestos por Washington al acero y al aluminio, inversiones de empresas estadounidenses en sectores críticos de nuestro país –postergado para más adelante por las controversias que genera en EE.UU.– la eliminación de posiciones arancelarias para 221 productos americanos, un marco seguro para las inversiones en el área de las startups, fintechs y empresas tecnológicas, y la adopción de estándares internacionales en el reconocimiento de la propiedad intelectual. Este acuerdo es el primero de su tipo en América del Sur. Se enmarca en una agenda política claramente auspiciosa para el Gobierno que se apresta a avanzar esta semana con el tratamiento –con perspectivas en principio favorables– en el Congreso, del proyecto de ley de Reforma Laboral y el de Baja de la Edad de Imputabilidad. Esto sería lo lógico. Pero, claro está, que en Javier Milei y su entorno las cosas son diferentes: lo que allí anida es la lógica de la ilógica. Y nada ni nadie lo podrá hacer cambiar. Quien lo intente, fracasará. Se vio esto en estos últimos meses. El Milei moderado fue sólo una postura pasajera adoptada durante la campaña electoral luego de la derrota en la provincia de Buenos Aires. Las conductas del Presidente están atadas a una personalidad atravesada por los desequilibrios y los desbordes emocionales, características que la enorme mayoría de los funcionarios del Gobierno reconocen –y sufren–. A eso se le agregan los componentes del síndrome de Hybris, que tanto en Milei como en Donald Trump se manifiestan en toda su dimensión. A Milei le gusta que le teman; a Trump, también. Milei cree que es el non plus ultra de todo; Trump, también. Milei desprecia a los que no piensan como él; Trump, también. Milei cree que todo lo que hace es maravilloso; Trump, también.
La semana comenzó con la sorpresiva renuncia de Marco Lavagna a su cargo de director del Indec. Para que no quedaran dudas de cuál fue la causa de esa dimisión, el ministro de Economía, Luis Caputo salió a señalar –con todas las letras– que la decisión había sido tomada por el Presidente por no estar de acuerdo con que se comenzara a implementar un nuevo índice de precios al consumidor (IPC). “Marco quería cambiar el índice y ya tenía una fecha. El Presidente no estaba de acuerdo”, dijo el inefable ministro, quien agregó: “Si vamos a hacer esto, lo lógico es terminar el proceso de desinflación con la misma medición que venimos midiendo siempre y realizar una nueva encuesta que refleje los cambios actuales”. Más claro, Milei y Caputo se arrogan la potestad de determinar a su antojo cuándo actualizar la metodología del IPC. Durante una presentación que, el 7 de mayo de 2007, realizó el entonces jefe de Gabinete del gobierno de Néstor Kirchner, Alberto Fernández, anunció que el IPC de entonces no servía y que, por lo tanto, el Gobierno iba a elaborar otro. Por supuesto que hay enormes diferencias entre aquella situación y ésta: hoy no están ni Guillermo Moreno ni su patota. Quien lo sucede a Lavagna, Pedro Lines, es un profesional de perfil técnico e idoneidad reconocida. Pero, la esencia de la conducta política que llevó a Milei a tomar esta decisión es la misma que tuvo Néstor Kirchner y, por ende, la consecuencia también es la misma: la credibilidad del Indec queda dañada. Es increíble que no lo adviertan ni aprendan las lecciones del pasado.
A esto le siguió el embrollo con los industriales textiles. La ropa en la Argentina es carísima. Nadie lo discute. Caputo tuvo razón en lo que dijo. El problema es que, supuestamente, es él quien, como ministro de Economía, debería trabajar en establecer las causas de esta situación y buscar una solución. Y esto, no para proteger a los empresarios deshonestos y aprovechadores del sector, sino para permitir que continúen los que son honestos y no viajan en aviones privados. Una de las evidencias que exponen las declaraciones del ministro es lo estrecha que es su cotidianeidad. Acostumbrado a vivir en la nube de los ámbitos de las grandes finanzas, en los que el lujo es la moneda corriente, cree que esa es la realidad. Su frase: “Hace 15 años que no me compro ropa en el país” –exhibió un total desprecio por la situación de la inmensa mayoría de la población que no tiene esa oportunidad. Se supone que, su función como ministro es que –entre otras cosas– la gente pueda tener a su alcance y comprarse ropa de buena calidad. Por otra parte, no se trata sólo de la ropa: está caro el calzado, están caros los alimentos, están caras las herramientas, están caros los materiales de construcción, están carísimos los útiles escolares, etc… Todo está caro en la Argentina.
Finalmente, la semana culminó con la creación de la Oficina de Respuesta Oficial (ORO) con el objetivo de “desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia operaciones de medios de comunicación y de la casta política”. Esto es una copia de la decisión tomada por Trump creando una plataforma para apuntar a medios de comunicación considerados “parciales”. En el gobierno de Alberto Fernández se creó el Observatorio de la Desinformación y la Violencia Simbólica En Medios y Plataformas Digitales (Nodio), cuyo objetivo era la “detección, verificación, identificación y desarticulación de las estrategias argumentativas de noticias maliciosas y la identificación de sus operaciones de difusión”. Como se ve, los argumentos son exactamente los mismos. Y el objetivo, también: amedrentar a los periodistas y medios críticos del Gobierno. Así, La Libertad no Avanza: ¡Retrocede!