Steven Millhauser no es un escritor desconocido. Pero si bien había escuchado hablar de él –de su misantropía, de su renuencia a dar entrevistas, de su categoría de autor de culto– era casi un desconocido para mí, al menos hasta hace algunos días, cuando encontré uno de sus libros en un negocio de saldos. Millhauser nació en 1943 en Nueva York y es profesor de Literatura. Entre sus novelas se destacan Edwin Mullhouse (Premio Médicis), Martin Dressler (Premio Pulitzer) y Noche encantada. En la Argentina sólo se publicó, en 2005, la nouvelle August Eschenburg (Interzona), traducida por Marcelo Cohen, en la colección de ciencia ficción que él mismo dirige –aunque no es seguro que los puristas del género concuerden en que lo que hace Millhauser pueda llamarse ciencia ficción.
El libro que compré es una recopilación de cuentos llamada El lanzador de cuchillos (Andrés Bello). El relato que le da nombre al volumen es, quizá, el de factura más clásica de todo el libro y, a la vez, una clase magistral del arte del suspenso en formato breve. La prosa de Millhauser avanza transparente: sin sobresaltos, espirales ni complicaciones. Y, sin embargo, la atmósfera de sus cuentos se dispara en sentido contrario, enrareciéndose con el correr de las páginas, como una versión pesadillesca de la vigilia. En este sentido, tal vez pueda pensarse a Millhauser como un avatar moderno de Kafka.
Si La hermandad de la noche, por ejemplo, merecería un lugar destacado en una antología de relatos inquietantes, El nuevo teatro de autómatas es el texto central del libro. Es aquí donde puede decirse que se ha llegado a uno de los centros alrededor del que gira buena parte de la obra de Millhauser: el mundo de las ferias circenses, los fenómenos, los ilusionistas, los magos, los artistas excéntricos. En una de las pocas entrevistas a las que accedió en los últimos años, Millhauser se refirió al peso de la extrañeza en sus libros: “Es difícil definir la naturaleza de lo extraño en mi obra. Pero diría que frecuentemente uso la técnica de distorsión. La distorsión requiere alguna versión de un mundo aceptado –lo que la gente llama el mundo real– que se intenta presentar de una nueva manera. Por lo tanto, se podría argumentar que la distorsión necesariamente da cuenta del mundo. Que yo vea el mundo como extraño o familiar no es el punto. El punto es el deseo de revelar algo que queda enterrado debajo de las formas convencionales de la percepción, y que solamente se puede captar por un abrupto desvío en una dirección contraria. El tipo de escritura que me gusta no convierte al mundo en algo extraño, sino que restaura al mundo la extrañeza que siempre estuvo allí”. La zona de acción de su literatura sería, entonces, la que resulta del cruce entre el trabajo de las herramientas propias del realismo y los escenarios que se mecen en las márgenes del surrealismo.
Pero hay todavía una dimensión más en su obra: Millhauser suele aprovechar estos mecanismos para desvelar los temores y fantasmas que anidan en el inconsciente de las sociedades modernas, para criticar su moral, sus valores distorsionados por el comercio y el afán de lucro. Allí se enmarcan cuentos como La salida o Una visita, y la nouvelle August Eschenburg: una crítica a la sociedad de consumo desde la visión de un artista fuera de tiempo. Porque vale la pena tener en cuenta que cuando Millhauser habla del teatro de autómatas, por lo general está hablando de literatura. “Ninguna ley obligaba al mundo a prestar la menor atención a él ni a su obra. Pero del mismo modo no veía razón para torcer su molde espiritual con la esperanza de halagar a un público corrupto”, escribe. Toda una declaración de principios.
El extraño mundo de Millhauser
Steven Millhauser no es un escritor desconocido. Pero si bien había escuchado hablar de él –de su misantropía, de su renuencia a dar entrevistas, de su categoría de autor de culto– era casi un desconocido para mí, al menos hasta hace algunos días, cuando encontré uno de sus libros en un negocio de saldos.