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COLUMNISTAS / una FALENCIA de CAMBIEMOS
sábado 18 agosto, 2018

El valor de la argumentación política

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Damian Toschi*

default Foto: CEDOC

Aun en la era de la inmediatez, que incluye la potencia de la imagen y la masividad de las redes sociales, la política es el arte de la argumentación, esa herramienta precisa de la que se vale el gobernante para persuadir con sus ideas a los adversarios o explicar a la ciudadanía el sentido y la conveniencia de las decisiones que se toman desde la cima del poder.
La historia reciente de la Argentina tuvo varios momentos en que los argumentos ganaron centralidad. En su tiempo, Raúl Alfonsín expuso cabalmente los motivos por los que consideró necesario aplicar el principio de obediencia debida en casos de violaciones a los derechos humanos. A su turno, Carlos Menem explicó su concretada intención de indultar a jefes guerrilleros de los años 70 y jerarcas militares de la última dictadura. También Fernando de la Rúa alegó las razones que lo llevaron a implementar el estado de sitio en diciembre de 2001.
Por estas horas, mientras la dinámica financiera internacional y los propios errores del Gobierno configuran un presente económico complejo y un incierto panorama a futuro, Cambiemos sufre las consecuencias de la anemia retórica que lo caracterizó desde el inicio. Fruto de la impronta definida por el socio mayoritario, el oficialismo luce desorientado al momento de enfrentar situaciones traumáticas, vale decir: aquellas que requieren mayor capacidad argumentativa y una lógica empatía con la sociedad en un contexto de crisis. Esta falencia, además, expone las limitaciones de la coalición tripartita para trascender el ámbito legislativo. Este rasgo, a su vez, es un obstáculo a la hora de pensar Cambiemos en clave institucional, es decir, más allá de los acuerdos territoriales y el reparto de cargos entre las fuerzas asociadas.
En tales circunstancias, el pequeño núcleo decisorio hace suya la práctica del círculo cerrado. Entonces, en lugar de apuntalar el poder político y la gestión impulsando acuerdos con todos los actores del sistema, desde Balcarce 50 brota la solitaria convicción de futuro perpetuo. Esta creencia es concluyente: el paso del tiempo licúa las tensiones en disputa y resuelve los problemas. En este punto, la debilidad argumental adquiere una valoración ideológica y tiene efectos colaterales. De hecho, la economía de palabras, sumada a la escuálida densidad del armado coalicional y la permanente referencia al optimismo social, le quita fuerza a la necesaria gobernabilidad. Al mismo tiempo, en sintonía con una matriz democrática hiperpresidencialista, Mauricio Macri absorbe en soledad el costo político que emana de cada decisión.
Por carencia dialéctica el Gobierno también descuida su frente interno, esto es, el capital político construido por el amplio y heterogéneo grupo social que lo respaldó en las urnas en 2015 y 2017. En este sentido, para algunos votantes el oficialismo es traidor a su clase; para otros, una esperanza que se desvanece. Frente a este dualismo que socava la credibilidad, resulta imprescindible recurrir a las palabras en su sentido práctico y simbólico. Dicho de otro modo: hacer política implica hablar, decir, explicar. Siempre. Desandar el camino inverso es un acto de palmaria ingenuidad y una clara subestimación de la ciudadanía.
En su ensayo “Nuestro pobre individualismo”, Jorge Luis Borges asegura que el argentino no se identifica con el Estado. Desde las dificultades actuales, uno de tantos desafíos del Gobierno es intentar revertir la sentencia que el escritor lanzó en 1946. Pero para ello es preciso que Cambiemos se identifique con la práctica constante de la argumentación política, adoptándola como valor constitutivo e instrumento de acción permanente. Transitar este sendero virtuoso será un aporte significativo al mundo de las ideas y a la democracia.

*Comunicación Social (UNLP).
Miembro del Club Político Argentino.


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