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enfermedades

Frío y compañía

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A la enfermedad qué le importa. Aparte de su víctima, digo. Nada, absolutamente nada. Le importa desembarcar, husmear por ahí  y decidir por dónde atacar. Generalmente algo blando como un lecho calentito cuando hace frío, pero, eso sí, con el componente invisible, inaudible y poderoso que le presta el alma. No el alma de ella, de la enfermedad, que no tiene alma, y sí el alma de la víctima que está, ella, la víctima, presta a poner todo lo que tiene, que en esta época del año mucho no es, a los íes de la maldita que entra en puntas de pie. Y entonces, claro, sin resistencia ni abismo que cruzar, ni torrentes por los cuales dejarse llevar, ella, la enfermedad, se enseñorea y pasea y se recrea, perdón por la aliteración pero me tenté, por donde se le antoja. Y ya no le importa si se trata de un lecho blando, estómago, amígdalas, epiplones, esas cosas, o de un catre duro e incómodo como, a ver como qué, como el fémur por ejemplo o el esternón en el que no hay de dónde agarrarse. No le importa, deshace el equipaje, saca a relucir la fiebre que es imprescindible en la mayoría de los casos, y se despereza. Ese es el momento crucial. Ella, la víctima, se dice cosas intrascendentes, usted me comprende, querida señora, dice no es nada, dice ya se me va a pasar, dice es solamente un escalofrío, me pongo una bufanda, tomo una aspirina o mejor un caldo, enseguida voy a estar bien, mañana tengo que estar dando clase. O atendiendo el negocio. O en el consultorio, el banco, la municipalidad, lo que sea, seguro, no puedo faltar. Ella, la enfermedad, se regodea (este verbo debió ir más arriba en el renglón de la aliteración pero usted me comprende, estimado señor, y me disculpa, ¿eh?) y piensa estás lista querida, o querido, depende. Y entonces interviene el frío. Que, en Rosario por lo menos, es cómplice de ella, la enfermedad. Otra cosa sería en Puerto Rico o en Africa Central. Acá se nos viene encima sin decir agua va aunque a veces agua viene, y el panorama está completo. A la cama.