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COLUMNISTAS / historia repetida
sábado 6 octubre, 2018

¿Generación 2001 o generación de los 90?

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Matías Cambiaggi*

default Foto: CEDOC

Cuando la “amenaza” Macri aún carreteaba por los pasillos anchos de la política argentina, de a poco, como pidiendo permiso, comenzó a instalarse en el debate público la idea de los 90 como aquel recuerdo que podía volver a escribirse en tiempo presente.
A poco de andar, la profecía autocumplida encontró más sustento que la simple superstición y nada de lo que siguió después pudo desmentir aquellos pronósticos negros sobre la repetición histórica: ni las primeras medidas, ni las que siguieron y mucho menos el ingreso a escena del FMI. Desafiando la lógica y los calendarios, los 90 volvieron por pura vocación del Gobierno y aunque el mundo gire en un sentido contrario al de aquel que madrugaba con las “noches mágicas” de Italia 90 y solo sea posible sostenerlo mediante decretos y una represión cada vez más violenta.
Pero así estamos, instalados en un tiempo que ya no es el nuestro y en el que también volvieron los recuerdos del helicóptero, los saqueos y la sensación de que otro gobierno no peronista puede no llegar al final. En definitiva, todo lo que equivale a recordar el 20 de diciembre de 2001. ¿Pero queda algo del sujeto social que supo echar al neoliberalismo de nuestro país? ¿Cuál sería el sepulturero de éste?
Pocos días atrás, Juan Grabois, dirigente social y político, escribió sobre lo que él llamó “la generación 2001” y su responsabilidad histórica en relación al futuro proceso electoral de 2019. Tomemos el guante.
¿Existe alguna generación 2001? Parecería más correcto hablar de una generación de los 90, a condición de aclarar que no es posible hablar de generación en los mismos términos que lo hacemos para referirnos, por ejemplo, a la de los 70. Es decir, refiriéndonos a ella como la de “los militantes políticos”.
La generación de los 90 a la que podemos hacer referencia encontró su ámbito de participación, y llevó adelante su “aguante”, más que en ningún otro lugar, en recitales, canchas de fútbol, escraches, centros culturales, piquetes y en menor medida en movimientos sociales,
es decir donde pudo, y eso fue así justamente hasta el 20 de diciembre de 2001, cuando tuvo en la Plaza de Mayo su bautismo político de fuego y ocupó su lugar sin pedir permiso a nadie. Pero no fue ése un principio, sino el final de un largo proceso que maduró con esfuerzo y tampoco fue ésa su única señal de identidad, sino solo uno de sus componentes: el coraje a toda prueba para enfrentar siempre una correlación de fuerzas tan desigual.
Los otros podrían ser su creatividad para pensar alternativas a la democracia y el Estado que conoció, para encontrar formas de hacer Justicia, como fue el caso de los escraches, de intervenir en el espacio público con arte o con gomas quemadas, o para encontrar las formas organizativas en las que sentirse a salvo de los males de una época surcada por tantas traiciones. Finalmente, su desconfianza política nacida de estas mismas circunstancias y promotora de varias de las más interesantes ideas surgidas en aquel tempo, así como también la responsable de su mayor límite: no haber podido articular tanta riqueza expresada en el terreno social en un proyecto político que les hiciera Justicia.
Hablar de generación 2001 aporta confusión o implica desconocer su prehistoria, sus coincidencias, pero también rupturas, tensiones con la etapa que le siguió y no consiguió agotar esa amalgama de experiencias que llamamos los 90.
¿Tendrá una nueva oportunidad la generación que lleva su marca?

*Sociólogo de la UBA.


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