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COLUMNISTAS / el adn de macri
domingo 13 octubre, 2019

Gobierno de clase

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por Beatriz Sarlo

Mauricio Macri en Salta. Foto: Noticias Argentinas
domingo 13 octubre, 2019

Cuando los ciudadanos (y ciudadanas, me apresuro a agregar) descreen de los polίticos, ese sentimiento se funda, entre otros motivos, en los resultados de los gobiernos y, especialmente, en el incumplimiento de las promesas. Sensatamente, no atribuyen un mal gobierno solamente a la torpeza. Esos ciudadanos desencantados han votado promesas y se han encontrado con la imposición de intereses. Por un lado, como habría dicho Marx, fueron perjudicados por los intereses económicos de una fracciόn, que los presenta como intereses generales. Por otro lado, por los intereses de los jefes políticos, que recompensan a sus seguidores con cargos en organismos municipales, provinciales y nacionales. En algunos casos, estos cargos sirven para encubrir la crisis de las regiones y el caudillismo carismático o autoritario que las dirigiό y sigue dirigiendo.

Macri está cosechando los frutos de su incapacidad como jefe y la incapacidad de sus equipos, que no pudo cambiar sino despidiendo probablemente a los mejores, para quedarse con los obedientes a su verticalismo y el de Marcos Peña. También debiό soportar el rigor de la situación argentina cuando llegό en 2015, que, por mal cálculo u omnipotencia, no puso en claro. Todo esto unido a algo que parece muy antiguo, como si viniera del marxismo del siglo XIX, que todavía tiene algunas verdades que enseñar a quienes nunca leyeron un libro de los pensadores que subestiman como “superados”.

Financistas y constructores. Me atrevo a decirlo, aunque también me manden al sόtano de los arcaicos y superados. El de Macri fue un gobierno de clase, dicho más precisamente de una fracciόn de la burguesίa urbana. ¿En qué sentido? En un sentido profundo y simple: los beneficiados por las medidas de estos cuatro años fueron los capitales financieros y las grandes empresas de la construcción contratadas para la obra pública. De ningún modo me atrevería a decir que eso fue una política deliberada.

Diría algo más fuerte: fue una política inevitable, como son inevitables los mandatos más profundos de la subjetividad o de la ideología, salvo que se los examine hasta volverlos por lo menos parcialmente conscientes. Hicieron lo único que saben hacer. Y lo saben hacer porque esa ha sido su práctica privada o pública hasta llegar al gobierno, porque aprendieron a hacer solamente aquello que sintoniza con sus intereses. Y como sucede con la espontaneidad originada en los intereses, tales mandatos les parecen “naturales” y universales.

No se trata de ciego determinismo de clase. Sino de algo mucho más complejo.

Es una cultura, que se instala en los tiempos más lejanos de la infancia en escuelas donde se mezcla gente del mismo origen; son las amistades que nacen en esas escuelas (Macri con la sincera inocencia de quien no puede pensarse portador de esas gustos y costumbres comunes, lo reconoció muchas veces refiriéndose a Nicky Caputo); son familias que nunca tratan a los sapos de otro pozo, salvo como sirvientes y mano de obra. Son fonéticas de clase que algunos, más hábiles, pueden alterar, y que otros, torpes o descuidados, conservan como si fueran una cicatriz de nacimiento. Es el primer trabajo en la empresa paterna, aunque algunos padres, capitalistas más eficientes, como Franco Macri, prefirieran no tener a su hijo en áreas decisivas de sus negocios; ese italiano enriquecido fue astuto, y supo casarse dentro de la elite social argentina.

Es una marca de clase ser bilingüe desde la infancia, aunque eso no disminuya la tosquedad intelectual. Y es una marca de clase, los buenos modales que siempre exhibió Macri, que ni siquiera hoy se permite la grosería del racismo explícito de su compañero Pichetto. Es una marca de clase la superficialidad ejercida sin los reparos que las esforzadas capas medias ponen para ocultarla.

Argentina plebeya. Durante el siglo XX, siempre que tuvo gobiernos civiles, Argentina se caracterizό por políticos que provenίan de partidos donde las clases estaban mezcladas y donde la cultura partidaria fue resultado de esa mezcla: militares y sindicalistas, abogados de clase media y pequeños o medianos emprendedores agrarios, industriales del mismo calibre, punteros, dirigentes estudiantiles y organizadores sociales. Esas mezclas seguramente provocaron la inestabilidad del espacio justicialista y los conflictos (incluso las fracturas) del radicalismo. Pero son forma, estilo, lengua y costumbre.

Representan una configuración típicamente argentina: sociedad plebeya, en la que, a diferencia de otros países de América Latina, la mezcla da color a su identidad. Se dirá que ese rasgo es una causa del conflicto y el desorden. Pero habrá que admitir que también le pone obstáculos a un gobierno que sea tan extraordinariamente coherente como lo fue el de Macri en la distribuciόn de ganadores y perdedores. Vemos todos los días quiénes son los unos y los otros. Todos los días comprobamos la injusticia de este gobierno de clase. Y lo que es peor: de un gobierno de clase que habla en nombre de intereses generales que, justamente, ha herido en profundidad.

¿Suena todo esto demasiado “moderno” para la actual sensibilidad teόrica?


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