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COLUMNISTAS / TRAS LOS ANUNCIOS
domingo 15 diciembre, 2019

Hiperrealismo presidencial

Una mirada tan descarnada como la que ensaya el Presidente es riesgosa en un país donde muchos creen en soluciones mágicas.

por Carlos De Angelis

A suerte y verdad. Alberto Fernández Foto: Dibujo: pablo temes
domingo 15 diciembre, 2019

El orden social, que subsume el político y económico, dispone de dos campos unidos e indisolubles, el objetivo y el subjetivo.

Dualidad. El objetivo quizás sea el más aprehensible, dado por elementos macro como la división mundial del trabajo; la estructura social y productiva (clases y jerarquías); los regímenes jurídicos, institucionales y políticos, etcétera. Dan cuenta de esta “objetividad”: las estadísticas y los datos, los códigos, la ciencia. Lo objetivo a menudo aparece como exterior al individuo y de alguna forma inmodificable, aunque visto en forma histórica no lo sea. Sin embargo, ese exterior es fundante: se sabe que un individuo nacido en “cuna de oro” tendrá, en términos generales, una vida muy diferente a alguien nacido en una barriada pobre de las afueras de alguna ciudad. Aquí la estructura se mete al interior de las familias, la igualdad de oportunidades se torna un mito frente a quienes viven en mundos diferentes.    

Lo subjetivo es el componente más volátil y por lo tanto cambiante e inestable. Se constituye de creencias, percepciones, expectativas y opiniones individuales, pero que también son narrativas y mitos socialmente compartidos. Si la médula de las subjetividades es individual, su conjunto se mediatiza cada vez más mediante los dispositivos tecnológicos. Pero lo subjetivo no es azaroso, da cuenta del mundo objetivo desde determinadas perspectivas y con discursos dominantes para cada época. En este sentido, cada régimen político genera su propia matriz discursiva que habilite una lectura del mundo y legitime sus acciones.

Epocas. ¿Qué cambió en Argentina del 9 de diciembre al 11 de diciembre? Desde el plano objetivo, nada, se trata en lo básico del mismo país. Incluso algunas cosas han empeorado, mirando el índice de precios al consumidor de noviembre, o el vencimiento de instrumentos financieros públicos que se acumulan. Cambiar “la realidad objetiva” es una tarea lenta, con idas y venida, en cambio sí se puede transitar otra óptica para decodificar las cosas. En este sentido, Alberto Fernández comienza a proponer otra narrativa; no es épica como la de Cristina Kirchner, ni metafórica como la de Mauricio Macri. ¿Tiene un nombre? A modo de hipótesis se la puede apreciar como hiperrealista.

En determinados gestos en la primera semana del cambio de gobierno, se plantea un giro narrativo diferenciado del de Macri. Los gestos que apuntaron directamente a un cambio de clima se pueden detallar: Alberto Fernández conduciendo su auto para asumir como presidente o tomando finales en la Facultad de Derecho, la iluminación de los murales de Eva Perón en la Avenida 9 de Julio de la Capital Federal, el retiro de las vallas de la Plaza de Mayo o la organización de una fiesta popular en ese lugar con bandas y artistas por fuera del mainstream. Estos elementos traen respuesta en forma inmediata desde la vereda de enfrente donde se los identificó como el retorno de la liturgia peronista. Desde aquí que la plaza emblemática de la argentinidad haya amanecido sucia es un signo de los tiempos que vendrán. Limpio-sucio parece un nuevo binarismo a explotar. Como se recordará en cada presentación en sus treinta plazas post PASO el ex presidente Macri pedía a sus seguidores que dejaran limpia el área.  

Más allá de esto, el discurso de Fernández iniciando su gobierno frente a la Asamblea Legislativa también marcó una lógica diferente que sus antecesores. La lectura de su discurso muy detallista no ahorró la caracterización de la herencia recibida (cuestión muy reclamada a Macri por no haberla realizado en sus inicios) señalando las dificultades que vendrán. También se esforzó por mostrar que llevaría tiempo resolver el conjunto de problemas que identificó; dentro de esto marcó una prioridad en quienes pasan hambre. Muchos remarcaron que en su discurso citara a Raúl Alfonsín y a Arturo Frondizi.

Distancias. Sin embargo, se observan diferencias con las fórmulas discursivas de Alfonsín, Cristina Kirchner y Macri. Para el primero la institucionalidad y el desarrollo de la democracia contribuirían al desarrollo del país, para Cristina los motores del cambio eran la voluntad política, el Estado presente y el reconocimiento del excluido mientras que para Macri el camino al éxito estaría cimentado por mérito, la autonomía personal (ser emprendedor) y el funcionamiento del mercado como asignador óptimo de los recursos. Tanto Cristina como Macri apostaron a dos posiciones antagónicas, prácticamente sin puntos de contacto. Como nota al pie de página se puede observar que Cristina profundiza sus posiciones planteando que los cuatro años de Macri fueron de persecución política, tesis a la que adhiere Axel Kicillof al incluir el término lawfare en el decreto de nombramiento de su gabinete. El macrismo, por su parte, abre un compás de espera para no oponerse a un gobierno cuyo poder político está en la curva ascendente, pero su base social está más inquieta que sus dirigentes.

Como se desprende de sus palabras y de sus primeras acciones, Alberto no propone una tercera posición o tercera vía, sino un cambio de eje de discusión, planteando que se trata de enfrentar los problemas haciendo uso del pragmatismo, reuniendo en la mesa de negociaciones a los agentes que correspondan, haciendo heterodoxia u ortodoxia según corresponda. Habrá que ver cómo funciona esta heterogeneidad o si se sostiene en el tiempo.

La mirada hiperrealista tiene contraindicaciones. La primera es que puede ser desmoralizante tanta cuota de realidad, para una sociedad que –hay que decirlo– gusta embarcarse en grandes gestas o donde muchos prefieren soluciones mágicas. La segunda cuestión vinculada en el contexto general es que existe una urgencia para ver cambios que se asocien a la vida cotidiana, como un descenso de la inflación o una mejora del poder de compra de los salarios, pero que no soportaría ver por ejemplo desabastecimiento o extensos cortes de energía. La subjetividad siempre se tiene que fundar en la realidad. Macri pudo sostener la disonancia entre sus metáforas con la falta de resultados económicos por casi cuatro años. ¿Tendrá ese tiempo Alberto Fernández?

*Sociólogo (@cfdeangelis).


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