jueves 18 de agosto de 2022
COLUMNISTAS partidas

Hortelano en verano

12-02-2022 00:07

Siempre lo supe: las afanosas tareas de sembrar en el otoño, depositar esperanzas en la huerta helada del invierno, asombrarme ante las promesas infundadas de la primavera no eran más que una engañifa, un otro nombre campero para la decepción. Los tomates no dieron más que tres o cuatro cherries, azotados primero por la seca, luego por tornado e inundación y finalmente por el flagelo decisivo: las verdes chinches que le ganan la batalla al ajo. El kiwi dio una sola flor que fue comida por algún coso; ergo, cero fruto. Me lo merezco por plantar kiwi en vez de limonero. Las ciruelas ocurrieron todas juntas pero nadie puede comer tanta ciruela en una tarde y la gran mayoría cayó al piso a pudrirse sin remedio. Las cotorras se llevaron todas las manzanas; no quieren la fruta ya caída, sino la que está lozana y en la rama. La radicheta se fue en vicio de una semana a otra; se hizo un yuyo peludo e incomible pero de flores asombrosas y violetas que dejamos para que por lo menos la huerta gozara de color.

El estío es pura promesa incumplida, el azote final para el que espera. Y este verano, por ejemplo, se llevó a Angélica Gorodischer, a quien le hubiera gustado reírse conmigo de mis fútiles intenciones de lidiar con plantas y con brotes. Su casa era parada obligatoria en viajes a Rosario, esa ciudad que deberá apoderarse de su mágico legado y enraizarlo como un mantra. 

Angélica fue una escritora en permanente estado de observación. Su capacidad de sustraerse de lo urgente para ver más allá de lo cotidiano en lo cotidiano es magistral. Esta semana se me vino toda la nostálgica Kalpa imperial encima. El paso de las estaciones, observadas desde el verde de una huerta se parece mucho al orden circular que profesó en Tumba de jaguares, donde un escritor escribe a otro que escribe a otro que escribe a otro y a otro, hasta demostrar que no hay mundo real sino solo reescritura. Disiento con etiquetadores varios: yo nunca vi ciencia ficción en Angélica, que me parece biológicamente conectada con los ciclos de la vida natural.

Nos veíamos cada muerte de obispo. Como solíamos hablar de cualquier cosa, esta semana en la que mi huerta luce arrasada de plagas y de buenas intenciones, en vez de un absurdo obituario me honraría poder contarle lo que no llegó a ver, las pavadas que se ven por la ventana, una semana cualquiera, la primera sin Angélica. 

¿Qué he de contarte? Ah, la cúpula del PRO se divide en torno al tema de apoyar o no el acuerdo con la deuda esa que ellos mismos amasaron. Están en una situación también ruinosamente cíclica. Les gustaría poder ser oposición pero no está claro a qué oponerse, ya que el propio oficialismo está muy dividido. Cosas que pasan cuando se vive de irrealidades.

Tampoco creo que hubiera contado como ciencia ficción el asunto obligado de esta semana aciaga y veraniega: la cocaína adulterada, con su estela de muerte y de ridículo llenando los celulares y las agendas con memes y debates sobre la despampanante criminalización del adicto, esa movida elegante para favorecer al narcotráfico. Propagandas oficiales para descartar droga, pantallas de Crónicas calentísimas como un verano que salió pésimo, síntomas misteriosos de una droga disfrazada de otra, o de raticida, talco, bicarbonato, azúcar impalpable; cualquier esperanza blanca que se pudiera comprar ilegalmente. Lo cierto es simple, que se vendió en la Argentina una mercadería adulterada con un fin económico. Lo cierto es lo mismo de siempre, Angélica.

Mi huerta es oficialmente un gran fracaso. Me sirvió, no obstante, para tres o cuatro ejercicios literarios, que no es poco. No fui bueno con la pala ni el funguicida ni el riego programado y en la primavera no pude pensar nada y los primeros fríos de febrero me recuerdan que el ciclo volverá a empezar y que hay que seguir a pesar de todos los derrumbes, apostando a una esperanza que acaba por mostrar siempre sus zarpas. 

La partida de Angélica coincide con otra merma de la ciencia ficción del cotidiano: se acabaron los protocolos en la escuela. Acabaron con las palabras complicadas. Nos deseo mucha suerte a todos.

La próxima vez, Angélica querida, sé que también hablaremos de pavadas.

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