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COLUMNISTAS / Opinión
miércoles 3 octubre, 2018

Humanizar la tecnología

Los especialistas en neuroeducación ya señalaron las consecuencias neurológicas del abandono de la escritura, especialmente en los niños, al reemplazarla por el uso de dispositivos electrónicos.

Alberto Souto (*)

La tecnología tiene muchos beneficios pero también algunos resultados indeseables. Foto: Cedoc

El “futuro del trabajo” es uno de los temas más candentes en los medios, las redes sociales, los informes de las grandes firmas consultoras, los memorandos internos de las empresas y los papers de los organismos internacionales. Estos análisis van desde visiones apocalípticas, en las que la automatización y la inteligencia artificial destruyen la mayoría de los puestos de trabajo y todo confluye hacia un sálvese quien pueda, hasta escenarios de una sociedad colaborativa entre bots y humanos, en los que todos se benefician y la humanidad renace en una nueva cultura que logra superar la cuarta revolución industrial.

Por supuesto, la tecnología tiene muchos beneficios. Pero también algunos resultados indeseables. Los especialistas en neuroeducación ya señalaron las consecuencias neurológicas del abandono de la escritura, especialmente en los niños, al reemplazarla por el uso de dispositivos electrónicos. Otros expertos advierten que con la tecnología reaparecen viejas afecciones de salud o nuevos síndromes: desde lo físico, con los accidentes viales, hasta lo psicológico, con la ansiedad.

Algo todavía más preocupante quizá sea la relación de la tecnología con la ética y los valores, ya que debería ayudar, en alguna medida, a disminuir las consecuencias no deseadas. De hecho, muchas organizaciones ya se ocupan al respecto e incluso nuevos emprendimientos proponen desde su creación una “tecnología ética”, como es el caso del “fairphone”, el teléfono inteligente diseñado y producido con el mínimo impacto negativo posible para las personas y el planeta.

Pero su propio creador, el holandés Bas van Abel, indica que es casi imposible lograrlo al cien por ciento. Pareciera, entonces, que el punto no pasa tanto por plantear en qué grado y a qué velocidad se está digitalizando la humanidad, sino en cuánto deberíamos humanizar a la tecnología para que quede al servicio de las personas, minimizando los daños colaterales que les provoca.

Resultaría osado, desde este breve comentario, abarcar todos estos aspectos y sacar alguna conclusión. Pero es necesario empezar a reflexionar sobre estos temas. Por lo tanto, es posible afirmar que, más que preocuparse por contabilizar los empleos que se ganan o se pierden, o por calcular la probabilidad de que ciertas profesiones sean más o menos demandadas, habría que ocuparse de la educación.

El objetivo de formar personas con los valores y las habilidades necesarias para adaptarse a los cambios y ser capaces de actualizarse en los contenidos se logra sólo mediante la educación, en todas sus expresiones y niveles. Como señala el profesor Pedro Barcia, “la educación es el tren del futurizaje”. La discusión pasa, entonces, por si las nuevas generaciones se están formando efectivamente con los valores necesarios para enfrentar aquello que está por venir.

 (*) Decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Belgrano


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