sábado 13 de agosto de 2022
COLUMNISTAS Asuntos internos

Instrucciones para cambiar de pasión

24-07-2022 03:00

Antes de Nueve reinas, la película de Fabián Bielinsky de 2000, ya circulaba el chiste ese que dice “Putos no faltan, los que faltan son financistas”, pero mucha gente cree que esa frase es un hallazgo de Bielinsky. Antes de Tiempo de valientes, la película de Damián Szifrón de 2005, ya sabíamos que la música del Payaso Plin Plin era la misma del Feliz Cumpleaños, pero por la simple razón de que muchos lo advirtieron recién ahí, quedó establecido que quien había descubierto semejante estupidez había sido el propio Szifrón. Muchos antes de El secreto de sus ojos, la película de Juan José Campanella, ya circulaba eso de que “un tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión”. Esa frase no es un invento de Campanella ni de Eduardo Sacheri, pero es cierto que ambos contribuyeron a la divulgación mundial de esa mentira. Mentira que no tiene por qué ser verdad: el arte no aspira a la verdad.

En mi casa siempre convivieron dos pasiones, la pasión por Almagro y la pasión por Boca. La pasión por Almagro era condividida por mi papá y por mí, pero la pasión por Boca era solo suya. Mi hermana, cinco años mayor que yo, vivía con su esposo a pocos metros de la casa de mis padres. Yo ya había abandonado la casa materna cuando mi hermana tuvo hijos: dos varones y una nena.Los varones, siguiendo la tradición, fueron hinchas de Independiente. Mi cuñado, como todos los uruguayos llegados al país en los años 70, era hincha de Independiente. Cuando sus hijos, los nietos de mis padres, alcanzaron la edad suficiente, comenzaron a a ir a la cancha solos, siguiendo a Independiente adonde fuera. 

Mi padre, como cualquier obrero que se precie, consideraba al domingo sacrosanto. No recuerdo un solo domingo que no lo pasara sin pisar la calle, vistiendo pijama de la mañana a la noche, descansando. Pero cuando sus nietos comenzaron a ir a la cancha, algo, como una infección, acabó con la placidez dominical: los chicos a veces volvían tarde a casa, y si a eso se sumaba que en la televisión hablaban de disturbios en la cancha, la preocupación era creciente, lo que redundaba en un atardecer lleno de preocupaciones, idas y venidas a la puerta de calle, esperando ver llegar a los chicos.

Como siempre, mi madre encontró la solución: si mi padre acompañaba los domingos a los chicos a la cancha, ella se quedaría tranquila y, de paso, él vería fútbol en vivo: tampoco eso significaba para mi padre una tortura. A primera vista era una solución en todos los sentidos: divertida, equitativa, acababa con la preocupación de los dos. Los de mi padre sufrirían una mutación, eso es cierto, pero a fin de cuentas tal vez era una mutación agradable.

Así fue como mi padre empezó a ir todos los domingos con sus nietos a ver a Independiente. Y si había incidentes en la cancha, mi madre miraba la televisión de reojo y seguía con sus cosas, como se mira de reojo algo que podría llegar a preocuparnos, o que podía preocuparnos en otro momento, pero no precisamente ahora.

Pasaron muchos años, los chicos dejaron de ser chicos y cuando tuvieron edad de ir a la cancha solos sin que nadie tuviera que preocuparse por ellos, mi padre dejó de acompañarlos. Una tarde yo estaba en su casa, jugaba Boca e Independiente y mi padre y yo mirábamos el partido, y de pronto ocurrió algo insólito: Independiente metió un gol y mi padre lo gritó con furor, enloquecido. Cuando le objeté lo que había pasado y un poco inocentemente me dijo: “¿Qué querés? Tantos años yendo a ver a Independiente...”. De lo que se deduce que el dicho aquel en realidad sería: “Uno no puede cambiar de pasión, salvo por amor. El amor puede cambiar cualquier cosa, hasta eso”.

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