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intrigas

Juegos del hambre

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Como bien decía mi añorado Héctor  Libertella, “el obsesivo reposa en su tarea”, y sólo eso explica que Cristina teja sus redes electorales con el exclusivo propósito de volver en 2019 a dedicarse a la fantasmal tarea de gobernar. En el diseño de la operación retorno se lee la apuesta de ungir a un candidato presidencial para luego dejarlo al garete, cercado por sus mejores amigos impresentables y con los tobillos mordidos por su club rentado de fans. Y no es absurdo que lo haya pensado así: si Scioli resultara finalmente electo y a fuerza de consignas terminara pareciendo un gobernante exitoso, a ella se le haría cuesta arriba la tarea del regreso porque, como sabemos, el gusto de todo presidente es la reincidencia, como bien anticipó en su momento Massa al cortarle las piernas al intento de la re-re-re. Por eso Cristina fincó toda su esperanza en la épica de la resistencia. En este caso, se trataba de aguantar el chubasco de la espera con sus fuerzas agrupadas por su fiel Aníbal en provincia. Pero no contaba con la astucia del Papa, cuyo candidato era Domínguez, y que la castigó mandando sotto voce a cortar boleta a favor de Vidal, cuyo mejor currículum es la sonrisa ante cámaras y el ajuste en la práctica, combo de dudosa eficacia para aplicar en ese polvorín. El campo se le hace orégano a Massa, el león del desierto. Si se diera, la derrota de la fórmula presidencial del FpV liquidaría a Cristina y a Scioli y a futuro le regalaría un peronismo narcoléptico, carente de liderazgo, sin escenario y casi sin negocios, y a un macrismo que sueña, débil como la Alianza, un globo de colores, una presa relativamente fácil de devorar.
El arte de la guerra de la política es espejo de la novela de intrigas. ¿Y qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma, cuando vea que el león (al que no quiere) le está devorando a su paloma peronista?