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opinión

Ketchup y crítica literaria

Detesto la cantinela de los escritores burlándose o denigrando a los críticos, enésimo lugar común de la mesa de café.

Cyrill Connolly
Cyrill Connolly | Cedoc

Hay un clásico del cine de humor que consiste en que un personaje, por lo general hipertorpe (Jerry Lewis era un mago del género) se tropieza y mancha con ketchup o talco el saco de otro. Y al intentar limpiarlo termina estirando la mancha y la deja mucho más grande de lo que era originalmente. Esa es una escena vista cientos de veces en cientos de películas, pero a mí me sigue causando gracia. Es extraño; por lo general no me gusta el humor físico (caídas, tropiezos, derrumbes) sino uno más bien con cierto toque intelectual (diálogos filosos a lo Groucho Marx, cinismo a lo Seinfield o humor melancólico a lo Jarmusch), pero el caso de la mancha siempre logra hacerme reír, y también pensar. Ocurre que esa torpeza encierra un poderoso pensamiento sobre una de las actividades que más valoro, la crítica literaria. Un buen crítico es eso: alguien que se tropieza y se equivoca, pero que al hacerlo –si lo hace con gracia, elegancia y erudición– termina produciendo algo impensado, algo que no estaba en los cálculos de nadie. Al convertir el saco en una mancha (es decir: el texto en otra cosa) hace crujir el libro original, lo emparenta con libros nuevos, crea genealogías allí donde no había, descubre un horizonte nuevo para la lectura.

Sin embargo, el estado de la crítica actual es en general muy malo. Pero antes quiero aclarar algo: detesto la cantinela de los escritores burlándose o denigrando a los críticos, enésimo lugar común de la mesa de café, como si la narrativa contemporánea tuviese un nivel tan superior al de su crítica… Por supuesto que hay críticos de los que no podemos más que burlarnos, pero no comparto (no solo no comparto: lo combato) el ataque a los críticos en clave populista y antiintelectual. Más bien ocurre todo lo contrario: si la crítica literaria –y en particular la de los diarios– en general navega en la intrascendencia es precisamente por ser demasiado poco intelectual, por renunciar a la erudición y a la búsqueda de nuevas formas expresivas. La degradación de la crítica es tal que ya ni siquiera funciona como último avatar del aparato publicitario de un libro (situación que ya de por sí era degradante: la crítica debería ser otra cosa que promoción de autores, libros y editoriales). Ya casi nadie compra un libro porque salió una reseña en el diario. Y me animaría a agregar: por suerte.

 Viajando al pasado recuerdo a Cyril Connolly, maestro en el arte de la crítica arbitraria y erudita, tal vez el más grande crítico inglés del siglo XX. Así comienza La tumba sin sosiego (Sur, Buenos Aires, 1949, traducción de Ricardo Baeza): “Cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función genuina de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene la menor importancia”. Un párrafo después: “Todas las incursiones en el periodismo, la radio, la propaganda y el cine, por grandiosas que sean, están de antemano destinadas a la decepción”. Y luego obviamente introduce a Flaubert (Connolly es el más afrancesado crítico inglés): “Los más fuertes han perecido en la demanda. El arte es un lujo; requiere manos blancas y tranquilas. Se hace primero una pequeña concesión, luego dos, luego veinte. Durante largo tiempo se hace uno ilusiones con respecto a su moralidad. Luego le importa a uno un bledo, y luego se vuelve uno un imbécil”.

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