20 oct 2020
COLUMNISTAS |fin del moncloa criollo
viernes 4 septiembre, 2020

La hora de los halcones

El choque en el Congreso amenaza con regar la semilla de la antipolítica plantada en el subsuelo de la sociedad.

Moncloa: Allá lejos y hace tiempo, Felipe González. Foto: Pablo Temes
viernes 4 septiembre, 2020

Con la velocidad de un rayo de luz pasó el tiempo del Pacto de la Moncloa criollo para ingresar en la grieta política 2.0.

¿Pactar o morir? Los acuerdos llevados adelante en España en 1977 fueron la construcción de una transición para salir de la dictadura de Francisco Franco. En realidad, más que un pacto, fueron dos. El primero apuntó modernizar las instituciones para preparar una nueva Constitución para el año siguiente. El segundo buscó establecer reformas económicas que le permitirían a España ingresar más tarde a la comunidad europea. Los acuerdos institucionales fueron más conocidos y mostraron al mundo la cara amable de los pactos, en cambio, los económicos no fueron tan difundidos. El prestigioso economista conservador Enrique Fuentes Quintana (fallecido en 2007, dio aporte técnico a los Pactos) no dudó en llamar a estos acuerdos como políticas de ajuste económico.

Los objetivos de la España de aquel entonces apuntaban a solucionar problemas económicos parecidos a los que tiene Argentina hoy: alta inflación, bajo (o nulo) crecimiento, déficit fiscal, tipo de cambio retrasado, desempleo y poca competitividad de los sectores productivos. Una de las necesidades principales en palabras del español era “aumentar las inversiones privadas... No hay otra vía para crear empleos duraderos en nuestra sociedad que aumentar las inversiones productivas privadas”. También realiza un comentario que se podría trasladar a la Argentina de hoy: “Los economistas españoles que participamos en los Pactos creíamos que luchar contra la inflación no era una opción política. Se trataba de un problema de supervivencia”.

Sin embargo, algunas de las principales herramientas para combatir la inflación que fueron parte de aquellos acuerdos no serían las que probablemente tengan un mayor consenso político y social en la Argentina de hoy:

•Política monetaria basada en el control de la cantidad de dinero.

•Política presupuestaria que redujera el déficit público.

•Fijación de un tipo de cambio con flotación (todavía estaba la peseta).

•Crecimiento de los salarios en función de la inflación prevista y no de la inflación histórica.

•Moderar el crecimiento de los costos financieros mediante la liberalización de los mercados de bienes y servicios.

•Seguimiento de los precios administrados en bienes estratégicos que previniese elevaciones injustificadas.

Periplos. Este Pacto de la Moncloa fue, en su tiempo, firmado por casi todos los partidos políticos (incluyendo el comunista), las principales centrales empresarias, y las sindicales (algunas a regañadientes), un poco utilizando la lógica del Consejo Económico y Social que planteó Alberto Fernández y que hoy duerme en los cajones de la Casa Rosada. Este tipo de acuerdos escapa a la lógica política argentina que tiende a la polarización, y que solo halla excepciones en situaciones de extrema gravedad. Tres de los pocos consensos de la democracia post 83 fueron el Consenso Alfonsinista, el implícito Pacto de la Convertibilidad seguido por el Pacto de Olivos.

En todos los casos los “acuerdos” se hicieron desde una posición política dominante y con un amplio apoyo social. Cuando los apoyos sociales se apagaron las políticas se desmoronaron. Obviamente el acuerdo más perdurable fue el de Olivos, ya que permitió reformar la Constitución. En esa olvidada elección de convencionales constituyentes de 1994, el Partido Justicialista obtuvo el 35,5%, la UCR el 19,74%, el Frente Grande el 13,2, el Modín de Aldo Rico el 9,27%, y la UceDé el 3%. La lista del PJ por Capital la encabezaba Carlos Corach, la radical Jesús Rodríguez y la de la UCeDé, Álvaro Alsogaray.

Amenazas y oportunidades. La pandemia del Covid-19 surgió como un gran acontecimiento, y más allá de la voluntad de los actores políticos, pareció generar un marco propicio para establecer acuerdos que fueran más allá de la necesaria articulación sanitaria entre los distritos. En este sentido, el “frente de los gobernadores” permitió por un minuto avizorar un marco de “affectio societatis” de grandes consensos políticos, económicos y sociales, dejando de lado a los sectores más radicalizados de las dos principales coaliciones políticas del país. Este “partido del acuerdo” tenía como cabezas visibles, obviamente, a Alberto Fernández y a Horacio Rodríguez Larreta, con la presencia incómoda de Axel Kicillof.

Claro que si este partido virtual avanzaba y lograba tener el apoyo de las centrales sindicales y empresarias hubiese implicado una reconfiguración del escenario político. El problema, claro está, es que tanto Fernández como Larreta son hoy socios importantes, pero no mayoritarios en sus formaciones políticas (aunque esta condición puede cambiar). Por eso es que los halcones de las coaliciones buscaron tensar al máximo la relación política en el principal ámbito de representación: el Congreso Nacional. Las figuras de Cristina Fernández y de Sergio Massa quedaron en el centro de esta escenografía por parte del oficialismo, así como Mario Negri y la retornada Elisa Carrió por la oposición.

Riesgos. El ciudadano común está lejos de entender por qué el kirchnerismo no quiso que bajen los diputados a la sesión, pero tampoco por qué el macrismo no aceptó trabajar desde las sesiones virtuales. No obstante, el oficialismo decidió ir adelante con una agenda parlamentaria que incluye temas sensibles como la reforma judicial, la nueva movilidad jubilatoria, el impuesto a las grandes fortunas y el presupuesto 2021, mientras que la oposición apunta a aprovechar lo que lee como un momento de debilidad del Gobierno como resultado del impacto actual de la pandemia.

El problema es que este modelo opositor se parece mucho al desarrollado entre 2012 y 2015, y no evalúa bien que el gobierno de Mauricio Macri estuvo en el medio, por lo que las acusaciones de “golpe institucional” (principal argumento de Carrió) está lejos de interpelar a la sociedad, más allá de una minoría hiperactiva. Por esto el riesgo de la movida congresista de los halcones es que se riegue la semilla de la antipolítica plantada en los subsuelos de la sociedad.

 

*Sociólogo (@cfdeangelis)


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