miércoles 25 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinión
03-04-2022 03:07

La lengua rota

Herida, malherida, la frase o la prosa entera queda, luego de António Lobo Antunes, en situación de trauma. De trauma permanente.

03-04-2022 03:07

Cada cierto tiempo, años tal vez, vuelvo sobre una frase prefecta de Marina Tsvietáieva, precisamente sobre el paso del tiempo: “A propósito de los que supuestamente llevan un retraso de uno o tres siglos, citaré un solo ejemplo: el del poeta Hölderlin, que por los temas que trata, por sus fuentes e incluso por su vocabulario es un poeta de la antigüedad, es decir, llegó a su siglo XVIII con un retraso no de un siglo sino de dieciocho. Hölderlin, que solamente ahora comienza a ser leído en Alemania, es decir después de que han transcurrido más de cien años, ha sido adoptado por nuestro siglo y, ciertamente, no es antiguo. Tras haber llegado a su siglo con un retraso de dieciocho, se ha revelado contemporáneo de nuestro siglo XX. ¿Qué significa este milagro? Significa que en el arte es imposible llegar tarde; que no importa de qué se nutra, ni qué busque resucitar, el arte es de por sí mismo avance. Que en el arte no hay retorno, que es movimiento continuo, es decir, irreversible.” 

Es una frase que, en este caso, me sirve de consuelo. De consuelo por haber llegado tarde, definitivamente tarde. Es decir, temprano. O mejor aún: a tiempo. Quiero decir que recién hace pocos años comencé a leer a António Lobo Antunes, demora imperdonable, si no fuera porque lo que dice Tsvietáieva vale también para nosotros, los lectores. Lobo Antunes es, tal vez, o seguramente, el más grande novelista vivo. En novelas como Buenas tardes a las cosas de aquí abajo o ¿Qué haré cuando todo arde?, mis preferidas, o en cualquier otra de sus novelas, porque en verdad todas son sus mis preferidas (frase enunciada luego de haber leído toda su obra, con alta dificultad para conseguir en este sur inhóspito muchos de sus libros) Lobo Antunes lleva adelante un trabajo de ruptura de la sintaxis, del sentido de la frase, de la narración, como pocos, o mejor dicho, como nadie. Único entre los únicos, cuando me refiero a ruptura no hay que pensar a ese término como sinónimo vago de novedad, demolición, vanguardia, o negatividad. No, no, no. Digo ruptura como como la acción que proviene del verbo básico anterior: romper. Lobo Antunes rompe la sintaxis. La frase en su escritura es el testimonio del momento en que la lengua está irremediablemente rota. Rota por las referencias que se encarnan en esas frases (la guerra, la locura, la obsesión, la crisis de la identidad) que funcionan como restos, esquirlas, fragmentos de lo que en su época monumental (Flaubert) bien pudo llamarse realismo. Y que bien pudo llamarse después, ahora sí, vanguardia. 

Porque Lobo Antunes retoma el realismo y a su gemelo deforme, la vanguardia, para intoxicar la frase, cargarla de deshechos, de restos de restos, de preguntas que abren y nunca cierran o, peor, de preguntas que cierran pero nunca abren. Herida, malherida, la frase o la prosa entera queda, luego de Lobo Antunes, en situación de trauma. De trauma permanente. Como si la literatura, luego de su paso, viviera en situación de amenaza. No de amenaza de desaparición (el derecho a la muerte del que hablaba Blanchot) sino de la amenaza de que tengámonos que vernos con lo que alguna vez fue grandioso y ahora se encuentra irremediablemente roto. Sin arreglo. Desajustado. Quebrado. Y por ese hiato, por ese desfiladero, narra la literatura de Lobo Antunes. La literatura sola. Libre. Librada a su suerte.

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