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COLUMNISTAS / Asuntos internos
sábado 15 septiembre, 2018

La virgen y la ilusión del control

La cosa empezó así: le compré un auto hermoso a un señor cristiano que había tapizado el interior con estampitas, medallas, imanes con salmos y hasta una virgen de Guadalupe de plástico de 15 cm adherida en el centro del tablero.

por Guillermo Piro

default Foto: CEDOC

La cosa empezó así: le compré un auto hermoso a un señor cristiano que había tapizado el interior con estampitas, medallas, imanes con salmos y hasta una virgen de Guadalupe de plástico de 15 cm adherida en el centro del tablero. De modo que, luego del papelerío acostumbrado, en cuanto me puse en marcha hacia mi casa comencé el desguace católico, tirando toda esa porquería por la ventanilla abierta. Y sin embargo, cuando le llegó el turno a la virgen no pude. Sigue ahí, dándome la espalda e “iluminando el camino”, porque en mi opinión no soy lo suficientemente cretino como para deshacerme así de una virgen. No se trata de ninguna clase de respeto por la iconografía sagrada, soy un ateo desbocado (de hecho, ni siquiera suelo usar la palabra “ateo”, porque ¿dónde se ha visto que alguien se defina por la negación de una creencia? ¿Cómo se llama a los que no creen en ovnis, o en brujas, o en la ley de gravedad?), y sin embargo no pude quitar a la virgen de su pedestal y arrojarla afuera. Lo que me llevó a pensar en el porqué y a recordar a Ellen J. Langer (1947) y su teoría sobre la ilusión del control.

Langer es profesora de Psicología en la Universidad de Harvard, pero cuando sucedió lo que estoy por contar era una simple estudiante en Yale. La joven Langer estaba un día jugando al póquer con unos amigos y al dar las cartas se equivocó en el orden, lo que provocó que los demás jugadores se pusieran muy nerviosos. Ella trató de explicarles que sus probabilidades de ganar o perder seguían siendo idénticas, sin importar en qué orden se distribuyeran las cartas, pero no hubo caso, tuvo que barajar y dar de nuevo. Ella entendió entonces que al cambiar el orden de distribución de las cartas había roto la ilusión del control en una situación incontrolable. En 1975, Langer escribió el largo artículo que la hizo famosa, “La ilusión del control”, donde hablaba de la “placentera sensación que deriva de la ilusión de tener el control sobre aquello que nos rodea”. Y la ilusión del control me llevó a los botones placebo –que como se verá tienen mucho que ver con la virgen.

El mundo está lleno de botones que no funcionan. Algunos no funcionan sencillamente porque se rompieron y nadie los reparó, pero otros no funcionaron nunca y están allí porque tienen una utilidad: son botones placebo. Son botones placebo los que cierran la puerta del ascensor, los que pulsa el peatón cuando quiere cruzar la calle, y hasta los que controlan los termostatos de la calefacción o de la refrigeración en ciertas oficinas u hoteles. Y tienen un funcionamiento similar a las supersticiones: se hace algo esperando un resultado, y si el resultado se concreta, uno sigue haciendo lo mismo. Solo que lo que se hace y el resultado no tienen ninguna relación causa-efecto: la puerta del ascensor se cerrará pasado un tiempo prudencial, la luz se pondrá roja cuando llegue el momento y el calor subirá unos pocos grados, no todos los que requería el usuario friolento.

Los botones placebo no están puestos allí por técnicos sádicos y crueles: tienen una clara función psicológica, y tiene que ver con la teoría de Langer. Por ejemplo, hay quienes se lamentan de la ausencia del botón “guardar” en Google Docs, un procesador de textos online que salva el documento en que se está trabajando cada cinco segundos. De todo eso a la virgen, hay un solo paso. Mi idea de control-superstición indica que si el auto se encontraba en un estado tan impecable era, en parte, debido a la custodia que había ejercido esa virgen en su pedestal. Custodia que seguirá ejerciendo.


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