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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 21 julio, 2018

Lecturas en el diario

Como compositor y como director, Boulez introduce la emoción. Solo que es la emoción por las ideas. La emoción por lo abstracto.

por Damián Tabarovsky

Pierre Boulez falleció el 5 de enero. Foto: cedoc

No sé si les pasa también a ustedes, pero a mí se me hace cada vez más difícil encontrar algo inteligente en los diarios. Por inteligente quiero decir algo que esté bien escrito y que dé a pensar. Tal vez, para leer hoy los diarios, habría que usar una estrategia baudelaireana, es decir, aprender a encontrar la belleza en medio de la inmundicia. Aunque pensándolo bien, no: lo que hacía Baudelaire era declarar como bello eso que a la época le parecía horrible (los mendigos, el trapero, la mugre). Yo no me animaría a tanto. No estoy en condiciones de disfrutar estéticamente de la dimensión cloacal de los medios de comunicación dominantes (que por supuesto va más allá de los diarios e incluye sobre todo a la televisión, la radio y las autodenominadas redes sociales). En cambio sí, viejo lector de diarios como soy, de vez en cuando todavía puedo encontrar algo inteligente en un periódico, como un doblez exterior a la neoescritura oficial de los medios. Pienso, por ejemplo, en una larga frase de Daniel Barenboim, en la entrevista que le realizó Federico Monjeau en Clarín: “Cuando yo dirigí la Tetralogía del anillo [de Wagner] por primera vez en Bayreuth, me vino a visitar Pierre Boulez. Vivió en la casa en la que yo estaba con mi mujer y mis dos hijos, que eran muy pequeños. Y él fue a todas las funciones que yo dirigí, lo que para mí fue uno de los regalos más grandes que tuve en mi vida. El conocía las obras de memoria, las había dirigido allí mismo y conocía los secretos acústicos del foso de Bayreuth. Para mí era un barómetro. Después de cada función nos quedábamos charlando hasta las tres de la mañana. El me preguntaba por qué había hecho tal o cual cosa, que él había hecho de otra manera. Y entonces llegamos a la conclusión de que habíamos tomado el rumbo opuesto uno del otro. Cuando él dirigía una obra de Wagner, sobre todo la Tetralogía pero me imagino que también ocurría con el Tristán, era como un médico que tenía un esqueleto y quería mostrar ese esqueleto, sin carne, sin sangre, y naturalmente para hacerlo así necesitaba una velocidad mayor, justamente por la sequedad del enfoque. Y yo, en cambio, venía desde el principio viendo un millón de detalles, de cambios; no veía el esqueleto. No iba por el esqueleto, iba por la sangre”. La de Barenboim es una de las mejores definiciones que leí sobre la estética de Boulez. Ante el mismo cuerpo, Barenboim repara en la sangre, mientras Boulez lo hace en el esqueleto. Boulez tiene la capacidad –el talento– para convertir en abstracta la obra. Nada hay en él de impresionista. Tocada a velocidad (dirigida por Boulez, Parsifal llegó a durar casi 50 minutos menos que lo habitual), la obra se saltea eso en lo que repara Barenboim –los detalles– para devenir texto que expulsa todo manierismo, toda pincelada y, tal vez, toda emoción. No, no es así: como compositor y como director, Boulez introduce la emoción. Solo que es la emoción por las ideas. La emoción por lo abstracto. La fascinación por la narración suspendida, puesta en suspenso. Boulez, formado por Messiaen, trabajó con la herencia del simbolismo (Mallarmé) o con formas que coquetean con lo popular (Ravel, Bartok) pero siempre sospechando de la “impresión”.

Y después cerré Clarín. Hasta que vuelva a abrir un diario, dentro de algunos días, semanas, meses, años, o tal vez nunca más.


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