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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 10 febrero, 2019

Libro canónico

El 16 de agosto de 1964, Raúl le tiró ácido sulfúrico a Clotilde y le destruyó la cara. Horas más tarde se pegó un tiro.

por Quintín

default Foto: CEDOC
domingo 10 febrero, 2019

En La marca del editor, Roberto Calasso habla de los “libros únicos”, un concepto de Bobi Bazlen que sirvió para lanzar la Biblioteca Adelphi. Un libro único, dice Calasso, es “aquel en el que rápidamente se reconoce que al autor le ha pasado algo y ese algo ha terminado por depositarse en un escrito”.

El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza, responde a esa descripción. Nacido de un matrimonio de famosos como Rosa Clotilde Sabattini (educadora, política, hija de Amadeo Sabattini, caudillo radical y gobernador de Córdoba) y Raúl Carlos Baron Biza (político, pornógrafo, oligarca renegado, escritor, lector de Stirner y de Lenin), no hay duda de que a Jorge le pasó algo. El 16 de agosto de 1964, cuando sus padres se habían reunido para ultimar los trámites del divorcio, Raúl le tiró ácido sulfúrico a Clotilde y le destruyó la cara. Horas más tarde se pegó un tiro. Jorge estaba ahí y tenía veintidós años. Treinta y cinco años más tarde terminó El desierto y su semilla, donde cuenta, cambiando los nombres de los protagonistas, lo ocurrido después de la tragedia. La novela se publicó como edición de autor en 1998. Se reeditó en 2013, pero el autor se había suicidado en 2001. Su madre lo había hecho en 1978 y su hermana María Cristina, en 1988.

El desierto y su semilla empieza con el crimen y sigue a Mario, quien acompaña a su madre, Eligia, durante las atroces operaciones a las que debe someterse durante un año en Buenos Aires y tres en Milán. Alcohólico precoz, limitado por la falta de dinero a vivir en los sanatorios, de una misantropía que remite a la de su monstruoso padre, Mario solo se relaciona en Italia con Dina, una prostituta que ejerce en el barrio de la clínica. La relación terminará en un episodio de mala literatura, aunque Baron Biza es un buen escritor. Entre sus innovaciones está lo que llama “cocoliche”, una leve deformación del idioma para transcribir los diálogos en otras lenguas. Por ejemplo, a un enterrador australiano que habla en inglés le hace decir: “Vengo de una polaca familia”, como si su interlocutor se expresara en un mal castellano.

Hay un episodio en el que Dina y Mario participan de una orgía con hinchas del Milan que detestan al Inter, el otro equipo de fútbol de la ciudad. Pero los supuestos milanistas visten de blanco y azul-negro, los colores de su adversario. El error se repite varias veces y atravesó a los correctores en ambas ediciones. En un texto sobre la historia del arte argentino publicado años más tarde, Baron Biza se queja de que hay pocas pinturas argentinas con escenas de fútbol y de que “el arte carece de ese sentimiento de identidad que enlaza al individuo con su historia, su ámbito y su gente y que genera un sentimiento de plenitud insustituible: la que siente, por ejemplo, el hincha de fútbol cantando en el tablón o pintándose la cara”. Esta tontería por parte de alguien a quien el fútbol no le interesa se enlaza con otros deslices en la coquetería nacional y popular: El desierto y su semilla revela cierta admiración por Eva Perón, la mujer que había metido presa a Clotilde/Eligia. A partir del carácter único de su tema, de su prosa seca y refinada, pero también gracias a su curioso nacionalismo, a su rechazo por los extranjeros y las elites, el libro de Jorge Baron Biza será parte del canon argentino.


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