viernes 30 de julio de 2021
COLUMNISTAS opinión
13-06-2021 03:28

Listas en recuerdo

En estos treinta años casi siempre mantuvimos una única conversación: la lista de las mejores escenas de grupos de rock en películas de cine.

13-06-2021 03:28

Murió mi viejo amigo F.R., de Covid-19. Lo conocí hacia 1990 o 1991, en París, donde vivió hasta ahora, después de haber dejado su Montreal natal para hacer un doctorado en teoría estética en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Muy rápidamente nos hicimos amigos. Cada vez que yo iba a Francia nos veíamos, más una vez que nos encontramos por casualidad, en la calle, en Ciudad de México –conglomerado de nueve millones de habitantes, que aumenta a más de veintiún millones con los suburbios– sin que cada uno supiera que el otro andaba por ahí. 

Dejando de lado intercambio menores, en estos treinta años casi siempre hablamos de un solo tema, mantuvimos una única conversación: la lista –siempre ampliada, siempre discutida– de las mejores escenas de grupos de rock en películas de cine. No películas que documentan recitales (una vez le hice ver Adiós Sui Generis, y conveniemos que está entre las peores del género) sino películas con una trama sobre tal o cual cosa, en la que aparecen grupos de rock tocando. Por supuesto que nuestra favorita es Le Havre (traducida al castellano como El puerto), de Aki Kaurismäki, por la escena del recital de Little Bob. Pensándolo bien, no estoy seguro de que sea tan extraordinaria, pero nuestro corazoncito melancólico nos tiraba mucho: lo vimos juntos en vivo en La Locomotive, a mediados de los 90, cuando Little Bob estaba entrando ya en el olvido, una noche en que, como le sucedía muy a menudo a F.R., lo había dejado su novia, y de tristeza se vino a dormir a mi casa. La leyenda cuenta que Little Bob fue el único francés en ser soporte de los Sex Pistols, historia por cierto nunca comprobada, pero que para nosotros tenía valor de verdad revelada (fuera de eso, la ternura con que Kaurismäki lo trata en el film es solo equivalente a la que trata a todos sus personajes: desde Einsestein no había un director con ese respeto sagrado por cada uno de sus personajes, incluso por los extras, los actores de reparto, los que aparecen apenas unos segundos). 

En el otro extremo (en el extremo de nuestras diferencias) está la escena final de Las alas del deseo, de Wenders, estrenada justo cuando yo tenía 20 añitos, película que entonces me maravilló y que ahora considero una bosta (hace poco leí una entrevista a Alan Pauls sobre La mitad fantasma, en la que habla de su relación con esa película. Con el dolor de tener que contribuir a la acumulación de capital de Penguin Random House, pronto lo compraré y leeré). Volviendo al tema, si es que lo hay, el problema es que a F.R. todavía le seguía gustando el film, y esa escena en la que Nick Cave murmura algo, o mejor dicho, el ángel escucha sus pensamiento y luego dice lo contrario, le parecía genial. En fin. También vimos juntos Alta fidelidad, de Stephen Frears, en el momento en que éramos dos treintañeros sin saber qué hacer de nuestras vidas (o sabiéndolo demasiado bien, lo que era, en realidad, mucho peor) y la amamos. F.R. volvió a verla varias veces, y poco a poco fue perdiendo ese amor. Seguramente debía tener razón. Tal vez por eso, yo no volví a verla nunca más. No creo estar en condiciones de escuchar a Jack Black cantando Let’s Get It On. Por cierto: la película fue finalmente descalificada de nuestra lista, para incorporarse a otra llamada “Películas en las que aparece gente escuchando música”.