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COLUMNISTAS / experimentos
viernes 11 mayo, 2018

Los huevos del Führer

Al menos una vez por año recuerdo lo que me contó un historiador aficionado a la investigación de temas del nazismo.

por Daniel Guebel

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

Al menos una vez por año recuerdo lo que me contó un historiador aficionado a la investigación de temas del nazismo. Desde entonces, le doy vueltas y vueltas a esa historia, pensando si podré convertirla en una novela, pero me parece tan perfecta y demencial que imagino no estar a la altura del asunto. De hecho, ya la escribí, fragmentariamente y escamoteando información, en un libro que aún no publiqué. Quizá hay cuestiones que uno debe tratar más de una vez, hasta extraer el núcleo, su hueso secreto.

A medida que avanzaba la Segunda Guerra Mundial, la salud de Adolf Hitler visiblemente comenzó a deteriorarse. Frente a esto, Joseph Goebbels, amo del terror del pensamiento público y sin tinturas que duran a la vista, lanzó una campaña para demostrar que el Führer era intocable e invulnerable y que regiría un Reich de Mil Años. No se trataba solo de fantaciencia comunicacional destinada a sostener el mito de la inmortalidad del Elegido ni de un intento por contener las disputas sobre la sucesión (Himmler, Goering), habida cuenta de la creciente decrepitud del canciller. La industria farmacéutica y el propio médico, Karl Brandt, probaban métodos farmacológicos de rejuvenecimiento, destinados a detener y eventualmente revertir el proceso de deterioro, sin saber bien cuál era el método más conveniente. Algunos especialistas apostaban a un tratamiento centrado en hormonas hipofisarias, en tanto que otros pensaban en secreciones del aparato sexual.

Pero el tiempo pasaba y el Führer envejecía, y ya corría la versión de que en los actos de masas lo suplía un doble, porque el original ya era impresentable. En ese marco de desesperación, algunos pensaron en un recurso exógeno. En Francia trabajaba, con aparente gran éxito, un ejemplar de la decadente ciencia judía, que lograba milagros trasplantando testículos de jóvenes a la bolsa escrotal de adultos ya no en su mejor edad. El detestable Sigmund Freud y Anatole France, entre otros, habían experimentado los beneficios de ese tratamiento. La noticia se difundió a tal velocidad, y tantos fueron los aspirantes al reemplazo testicular, que ya no había cadáveres frescos de accidentados jóvenes para ceder sus fundamentos en beneficio de los anotados en la lista de espera, por lo cual la primera instancia fue sustituida por donantes pertenecientes al reino de nuestros primos los monos. Turbas de cazadores recorrían las selvas africanas buscando grandes primates, y fue tal el estropicio de orangutanes que estos comenzaron a esconderse en lo más profundo de la selva.

En algún momento el médico judío concibió la idea de armar un zoológico privado para tener materia testicular siempre fresca y al alcance de la mano. No voy a entrar en detalles acerca de la modalidad de injerto, los cortes, adiciones y aullidos del reino animal. Baste al lector saber que el método parecía infalible, al menos en lo inmediato, y producía un efecto de visible rejuvenecimiento; además (esto no era en absoluto un secreto) revitalizaba la vida sexual de los injertados. Había, por lo demás, un pequeño detalle, que volvía inviolable la operación: en el supuesto de que en algún paciente fracasaba la cirugía, ¿iba este a denunciar públicamente el hecho, revelando así, y al mismo tiempo, su condición de impotente sin remisión?

El caso es que, enterados de estos experimentos, los nazis enviaron discretos agentes para tentar al médico judío para que se trasladara a Berlín y atendiera al Führer. Con impecable y distante cortesía, el médico declinó la invitación. En la superficie de los hechos, los enviados regresaron a Berlín con las manos vacías, pero en la dimensión real donde suceden las cosas, que es una dimensión demencial, la captura del médico fue el motivo verdadero por el que Hitler mandó invadir Francia y conquistar París.

Infelizmente para el pobre Führer, apenas las tropas nazis cruzaron la línea Maginot, el médico judío se exilió en Suiza, donde vivió hasta su deceso rodeado de una corte de jovencitas. El sabía que no había que poner todos los huevos en la misma canasta.


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