¿Quién no ha visto de paseo por la Ciudad de Buenos Aires un encontronazo entre un piquetero y el que llega tarde al trabajo? El doctor en Sociología y profesor de la Universidad Washington and Lee, Estados Unidos, Marcos Pérez, publicó el libro ¿Qué tienen los piqueteros en la cabeza? en el que rompe los prejuicios que envuelven la actividad piquetera. En entrevista con PERFIL, Pérez revela desde las verdaderas motivaciones que llevan a los piqueteros a unirse a las organizaciones, hasta el enfrentamiento entre los trabajadores y los piqueteros, que, explica el doctor, también son trabajadores.
—“Complicarle la vida al resto”o “vivir a costa del Estado”son algunos de los prejuicios que usted menciona que observó en torno a la actividad piquetera, ¿cómo se llegó a esta imagen?
—Hay una estigmatización mediática y política muy fuerte de los movimientos piqueteros. Los piqueteros surgen al calor de la crisis de la convertibilidad, y nace una simpatía de la privación compartida. Las clases populares estaban muy golpeadas y las clases medias veían cómo su propia situación se volvía muy endeble. A medida que la crisis de 2001 comenzó a pasar, esta simpatía se fue debilitando. Los inconvenientes que generaban las marchas piqueteras empezaron a verse como menos justificables. La historia y el nombre mismo del movimiento piquetero les jugaron en contra, porque se los asoció como los que cortan las calles, aunque la mayoría de los cortes de ruta hoy no los hacen las organizaciones piqueteras. La estigmatización del movimiento piquetero como los que no quieren trabajar expresa prejuicios de larga data en la sociedad argentina contra la política de clase trabajadora. Esta idea del cabecita negra, el pobre, el peronista, el conurbano, es este prejuicio de que hay gente de bien que trabaja y se esfuerza, y otra que no tiene los elementos culturales necesarios para progresar.
—¿Cómo ocurre la separación entre el piquetero y el trabajador? Por ejemplo, cuando se los acusa de no dejar ir a trabajar a los demás.
—En primer lugar, las organizaciones piqueteras son solo uno de los tantos actores en la sociedad argentina que cortan calles. Es decir, la mayoría de los cortes de calle y marchas en Argentina no los hacen las organizaciones piqueteras, sino que los hacen todo tipo de actores. Ahora, pensando en una situación en la cual algunos cortan calles y otros tratan de ir al trabajo, ambos son trabajadores. La diferencia es que uno está empleado y el otro, no. Es decir, la condición de trabajador es mucho más amplia que la situación laboral en sí. Es una identidad, una forma de ver al mundo y organizar la vida cotidiana. El que está cortando la calle, suponiendo que es un piquetero, es un trabajador. Lo único es que no tiene un trabajo.
—¿Cuál cree, entonces, que es el mayor mito alrededor de la actividad piquetera?
—Hay muchos, pero el principal es la idea de que los piqueteros son vagos. Los integrantes de los movimientos, sobre todo los de largo plazo, participan, no para esquivar el trabajo duro, sino precisamente para crearlo. En los movimientos piqueteros existe la noción muy arraigada de que los beneficios requieren esfuerzos; es decir, solo aquellos que se esfuerzan tienen derecho a beneficios. Y, en mi opinión, la idea de que los militantes piqueteros buscan evitar el trabajo duro es un mito.
—¿Cree que hoy la actividad piquetera es efectiva?
—Depende de qué se considere efectivo. En términos de reconstruir la matriz productiva argentina, es una labor mucho más difícil y que excede al movimiento piquetero. Es decir, es algo a lo que el movimiento piquetero puede contribuir, pero que lograrlo implicaría la participación de muchos otros actores sociales. En términos de contribuir a la expansión de derechos y defender los de aquellos que menos tienen, la actividad piquetera es efectiva. En un país donde más del 50% son pobres, donde una proporción enorme de los trabajadores no están registrados, siempre van a surgir organizaciones como los piqueteros; tal vez con otro nombre, con otra identidad, con otras características, pero es inevitable en una democracia que la gente se movilice para defender lo que consideran son sus derechos.
—¿Cuál es el rol de las mujeres en este mundo?
—Lo que encontré en mi trabajo es que el mundo obrero idealizado que las organizaciones piqueteras buscan recrear está atravesado por nociones tradicionales de género. Por ende, los hombres recrean actividades asociadas con el mundo de la fábrica y las mujeres se concentran en rutinas asociadas con el mundo doméstico. Por eso es más común que las mujeres estén en los comedores, en la administración, y en todas tareas percibidas como femeninas. Sin embargo, esto no ha evitado que las mujeres en el movimiento piquetero hayan ocupado posiciones de liderazgo dentro de distintas organizaciones. Si bien es cierto que, como en otros ámbitos de la sociedad argentina, los hombres están sobrerrepresentados en el liderazgo de las organizaciones piqueteras, muchas mujeres han sido líderes y siguen siendo líderes a nivel local, provincial y nacional.
—Usted dice que los piqueteros vencen sus propios sentimientos de vergüenza para ingresar a los grupos, ¿puede ampliar un poco cómo es esta primera decisión del trabajador de unirse a la actividad?
—Los sectores populares de la Argentina comparten muchos de los mismos prejuicios que expresa la sociedad en general. Eso no es todo. En todo el mundo existe la etiqueta del desocupado, profundamente estigmatizante. Trabajos similares al mío, en distintas partes del mundo, han mostrado algo similar. Perder el trabajo es perder una identidad, una forma de organizar la vida, un rol social. Naturalmente, esto juega un rol en la reticencia de muchas personas a sumarse a un movimiento, precisamente, de desocupados.
—Usted habla del merecimiento por el esfuerzo y el cumplimiento, ¿cuáles son los otros valores que se esconden detrás de la actividad?
—Los seres humanos somos el reflejo de las formas en que fuimos criados y nuestras actitudes son el resultado de nuestras experiencias a lo largo de la vida. En el movimiento piquetero, los valores que se resaltan son los de una comunidad organizada alrededor de la experiencia laboral de la fábrica. Esta idea del hombre que sale temprano a trabajar, la mujer que cuida a los chicos y les pide que no se metan en problemas; la familia poco a poco construyendo su propia casa y la vida pública del barrio centrado alrededor de instituciones locales. Como todo pasado, esta visión nostálgica tiene mucho de idealización, de romantización, pero no deja de generar valores compartidos en términos de trabajo, familia, comunidad. Estos valores del esfuerzo, la frugalidad, la lealtad, el núcleo familiar y el barrio.
—Agustín Tosco, uno de los principales actores del Cordobazo, estuvo en contra de la “burocracia sindical”. ¿En qué punto cree que se pierde la voluntad de la calle en pos de la quietud de la oficina?
—Hay un montón de investigaciones de las ciencias sociales que muestran cómo la institucionalización, la burocratización, lleva a que un movimiento social pierda el foco en sus objetivos originales. Pero al mismo tiempo hay que resaltar que el papeleo que está detrás de un escritorio, que es menos visible que una marcha, permite a las organizaciones ayudar a miles de familias en sus barrios. Además, la generación de vínculos con el Estado genera todo tipo de oportunidades. Cuando un militante se convierte en un funcionario, no deja de ser militante, sino que comienza a tener oportunidades que antes no estaban. El balance de si la oficina ha reemplazado a la calle, si el escritorio reemplazó al corte de ruta, es difícil de establecer, y por supuesto varía según las organizaciones. La institucionalización y la movilización no son necesariamente opuestas; una puede ayudar a la otra. Cuando una organización se institucionaliza no necesariamente deja la calle; por el contrario, la institucionalización permite acceder a un montón de recursos que a las organizaciones les permiten movilizarse. La sociedad argentina es muy activa. Salir a la calle es una tradición política muy fuerte y, en mi opinión, es una fortaleza de la democracia. Así que aun si una organización social se burocratiza mucho, la presión en pos de movilizarse es fuerte por la propia cultura política que prevalece desde el retorno de la democracia.
—¿Por qué seleccionó este tema para investigar?
—Siempre me interesó. Terminé la secundaria en diciembre del 2001, así que hice el secundario y la facultad en los años que coincidieron con el crecimiento masivo del movimiento piquetero. Siempre me pareció que lo que se decía en los medios y en el discurso público acerca de los piqueteros era poco realista y muy estigmatizante. Así que cuando empecé mi Doctorado en Sociología decidí enfocarme en el movimiento piquetero como mi caso estudio. Lo que quería estudiar era la trayectoria, pero a medida que visitaba las organizaciones como parte de mi tesis, lo que me fascinó fueron las historias personales de los y las militantes, y en particular cómo superan los obstáculos.
—¿Hay personas de clase alta que participen de estos movimientos?
—He notado en mis investigaciones que no suele suceder. Los movimientos piqueteros son un tipo de experiencia que, por lo general, es de gente de clase trabajadora o de clases bajas. Puede que participen personas aliadas al movimiento o algún profesional para contribuir con algún proyecto social específico, ya sea médicos o abogados. Pero en sí, gente de clase alta participando en organizaciones piqueteras, yo prácticamente no vi.
—Usted menciona que los piqueteros hacen sacrificios para ejercer su actividad, ¿cuáles son?
—Los sacrificios toman muchas formas. Por ejemplo, dedicar tiempo al grupo haciendo malabares con otras obligaciones personales. U ofrecer recursos personales. Vi gente que dona herramientas para la organización, o ponen su casa para las actividades o para que funcione su vivienda como un comedor. También están los que se ofrecen voluntarios para tareas difíciles, o cuando no tienen que ir y aun así van a ver qué hay que hacer.
—Finalmente: ¿qué tienen los piqueteros en la cabeza?
—Lo que trato de comentar en mi libro es que la idea del trabajo, el deseo de volver a un mundo idealizado, centrado en la fábrica, la casa, el barrio, está en el centro de lo que hacen los piqueteros día a día. Así que, si tengo que simplificar, lo que los piqueteros tienen en la cabeza es el trabajo. Ganar sustento con su esfuerzo. Y es lo que hacen cotidianamente, contribuyendo de la mejor manera posible a sus organizaciones, a sus familias, a sus comunidades.