domingo 05 de febrero de 2023
COLUMNISTAS Asuntos internos

Mirar a la cara

15-01-2023 03:00

Sin declararme un conocedor de la psicología canina, reconozco posee cierto saber, no producto de haber criado perros a repetición, sino por haber sentido siempre cierta curiosidad acerca de cómo funcionan los pequeños cerebros de ciertos animales. Puedo vanagloriarme entonces de conocer algunos trucos y de haber logrado que mis perros aprendieran algunas cosas útiles, como no recibir comida de extraños y no deglutir cualquier alimento encontrado por ahí sin mi expresa autorización. Entre esas pocas cosas que aprendí hay una particularmente interesante: no mirar a los ojos a perros desconocidos. Al parecer los perros encuentran particularmente violento que se les mire directo a los ojos, razón por la cual tampoco se miran a los ojos entre ellos. Desde nuestra óptica, un metro y medio elevada desde el nivel de la mirada del perro, podemos creer que se miran a los ojos, pero no: se miran las colas. Sus miradas están levemente desviadas del centro, dirigida a esa extremidad que, además, comunica muchas cosas igualmente útiles. 

Andrew Vachss murió en noviembre de 2021 sin haber cedido los derechos del personaje central de una veintena de sus novelas, Burke, al cine. La razón, como siempre, no es una: ceder derechos a Hollywood equivale a perder todo tipo de dominio sobre los contenidos, y tratándose de contenidos tan delicados (todas las novelas de Burke giran en torno al tema del abuso infantil) la circunspección de Vachss se comprende. Pero como decía, hay más razones, y entre ellas se encuentra que otorgarle un determinado rostro a un personaje significa una reducción intepretativa escalofriante, o que al menos provocaba escalofríos a Vachss. Si cada lector imagina a su propio Burke, una sola película bastaría para que la multitud de lectores solo viera a partir de entonces uno solo. Y eso es a todas luces una pérdida.

Ocurrió con muchas caras de la novela policial: desde Bogart, Sam Spade es él. Philip Marlowe tiene varias, aunque a pesar de la insistencia nadie logró nunca imaginarlo como Elliott Gould. Jack Reacher, sin importar cuán alto sea, tendrá siempre el aspecto de Tom Cruise. Parker, el personaje de las novelas de Richard Stark, tuvo infinidad de caras, pero desde 1967 es difícil no imaginarlo con la de Lee Marvin. Y sin embargo, sin mucho esfuerzo, pude encontrarle otra cara ejemplar, que nadie nunca pudo ni podrá reemplazar.

Mi cara de Parker es la de Lewis Collins. Naturalmente, Lewis Collins jamás encarnó a Parker, porque la perfección no es posible. Nadie lo vio, nadie lo vislumbró, nadie apostó por él. Y sin embargo hubiese sido perfecto. Solo habría bastado reprimir su inclinación a sonreír (Parker nunca sonríe), y naturalmente recurrir a él en el momento de auge, cuando encarnaba a Bodie en la serie Los Profesionales, es decir entre 1977 y 1983 circa.

No era solo su cara: sus movimientos, sus gestos (siempre y cuando no sonriera), sus estados de desconexión en las largas esperas (los gángsters, los detectives y los agentes secretos esperan mucho). No lamento mucho que Collins no haya encarnado jamás a Parker en la pantalla. En realidad me tiene sin cuidado. Lo que trato de decir es que encarna a Parker con tanta seguridad y resignación que no importa quién ni cuántos actores vuelvan a encarnarlo, no podrán jamás cambiar la representación mental que tenga hecha de él.

Pero pequeñas pesquisas hechas entre mis amigos me demuestran que muchos lectores evitan mirar a la cara a los protagonistas de las novelas que leen. Al igual que los perros, desvían la mirada. No miran sus colas, porque no pueden, pero sí un poco más abajo del cuello, de modo que la cara, aunque esté allí, jamás está en foco. Tal vez por vagancia. O por miedo a imaginarlos.

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