viernes 12 de agosto de 2022
COLUMNISTAS opinión

Nostalgias editoriales

En su momento, compré varios de estos libros y lamento no tenerlos todos, ya que no se reeditaron, son casi inconseguibles y no hay de ellos versiones digitales.

31-07-2022 03:27

Entre 1973 y 1983 la editorial Tusquets, que entonces era un sello independiente y no parte del grupo Planeta, publicó una treintena de títulos en una colección llamada Acracia, orientada en principio a divulgar la teoría y la historia del anarquismo. Aparecieron allí textos clásicos de Proudhon, Bakunin o Kropotkin (confieso que nunca logré leerlos), pero Acracia se orientó también en otras direcciones. Desde el feminismo (Beatriz de Moura, la directora de Tusquets, era feminista y había sido ácrata), a la historia del anarquismo en China pasando por Para la anarquía de Fernando Savater, cuyas posiciones políticas viraron con el tiempo hacia el liberalismo. Lo mismo, aunque multiplicado, puede decirse del responsable de la colección, Carlos Semprún Maura (1926-2009) que terminó siendo un acérrimo enemigo de la izquierda, en particular de su hermano el escritor Jorge Semprún, a quien llegó a acusar no solo de asesino al servicio de Moscú sino de haber ayudado a los nazis cuando estuvo prisionero en Buchenwald. 

Otras dos obsesiones de Semprún  Maura alimentaron el catálogo de Acracia. Una fue la traducción al castellano de la obra de Cornelius Castoriadis, un teórico marxista que en  La sociedad burocrática descubrió que la plusvalía extraída por el Partido en la Unión Soviética era muy superior a la de los capitalistas occidentales. Semprún Maura estaba interesado también en las breves experiencia anarquistas durante la guerra de España. Así publicó títulos como Ni dios, ni amo ni CNT, Entre los campesinos de Aragón o Revolución y contrarrevolución en Cataluña, que cubre la guerra civil dentro de la guerra civil que le tocó presenciar también a George Orwell. A esos libros se sumaron algunos títulos extraordinarios, entre ellos, Los trajes nuevos del presidente Mao, del sinólogo católico (y para nada anarquista) Simon Leys, uno de los primeros en denunciar el genocidio de la Revolución Cultural cuando los intelectuales franceses salían a la calle con pancartas de Mao; también Un hombre que sobra, de Claude Lefort (una bienvenida de este pensador del totalitarismo al Archipiélgo Gulag de Sholzenytsin) cuando sus compatriotas se negaban todavía a aceptar la evidencia del genocidio estalinista; o El terror bajo Lenin, una compilación de Jacques Baynac de testimonios y documentos sobre los asesinatos en masa perpetrados por la policía secreta con el patrocinio de Lenin y Trotsky mucho antes de que Stalin se hiciera con el poder. 

En su momento, compré varios de estos libros y lamento no tenerlos todos, ya que no se reeditaron, son casi inconseguibles y no hay de ellos versiones digitales. Sin embargo, son cada vez más pertinentes, ya que el núcleo duro de Acracia configura una refutación del comunismo tan abrumadora como actual. Uno de los últimos volúmenes de la colección, Discurso sobre la servidumbre voluntaria (1548) de Étienne de La Boétie, el gran amigo de Montaigne, es un buen punto de partida para entender que el anticomunismo no es una cuestión de derecha o de izquierda, sino la manifestación de una sensibilidad opuesta al autoritarismo, la delación y la obediencia ciega. El libro es un canto al instinto de libertad, ese puente sutil que une la tolerancia liberal con el rechazo visceral de los anarquistas hacia el poder.

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