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COLUMNISTAS / compleja situacion
domingo 31 mayo, 2020

Nuestro coronavirus

La grieta escapó a la calle sin esperar que remitiera la peste. La clase dirigente debe alcanzar acuerdos básicos.

“Coronados de gloria vivamos...” Foto: Pablo Temes
domingo 31 mayo, 2020

La pandemia es un fenómeno histórico extraordinario, con dos notas distintivas: la escala global y el hecho de haber obligado a millones de personas a encerrarse en sus casas durante semanas, mientras muchos miles morían, configurando una tragedia aún difícil de estimar.

Las lecturas de este fenómeno novedoso son inabarcables e involucran dimensiones claves del mundo contemporáneo: los medios de comunicación y las redes, que comentan, analizan y discuten las repercusiones inmediatas; la biología y la medicina, que estudian la naturaleza del virus y su terapéutica; el estado y la política,  obligados a encarar la emergencia mientras repiensan sus tareas y objetivos; la economía, que contabiliza el derrumbe de la actividad productiva; la psicología, focalizada en atenuar las consecuencias perturbadoras del confinamiento. La sociedad mundial quedó atrapada en la incertidumbre y el temor, en tanto los países donde pareciera que ya pasó lo peor empiezan a liberalizar las restricciones porque los estragos económicos y psicológicos son insostenibles.

Esto le ocurre a todos, constituye el fenómeno general. Pero a medida que el virus desciende de norte a sur, marchando del desarrollo al subdesarrollo, se palpa una nueva sensación: ahora está entre nosotros, no es ya una acechanza lejana, que esperamos prevenidos, ni una noticia funesta de continentes distantes. A partir de este momento el contagio puede sucederle a cualquiera de nosotros. Y con la llegada de la pandemia se desnudan las calamidades del país donde vivimos: “el rostro puro y terrible de mi patria”, como escribió Blas de Otero. Al cabo de su recorrido previsible, el coronavirus se volvió argentino. Nos alcanzó, sin escapatoria, en el territorio propio, obligándonos a enfrentar verdades incómodas. No se trata del virus global, sino del nuestro. El que está entrando a las grandes ciudades confundiéndose con los rasgos dolorosos e intransferibles que nos caracterizan, con las enfermedades preexistentes que padecemos como males naturalizados que nadie curó. Por eso, Villa Azul pertenece a todos los gobiernos, sean populares o republicanos. No la cerquen ahora con la policía, ni hagan proselitismo con su sufrimiento. Ella interpela a las élites indolentes, reflejada en un espejo trágico que convenía no mirar.

Una consecuencia paradójica del aborrecido germen: nos enfrenta con realidades que evadimos en épocas normales.

Aunque no todos fueron errores y descuidos. Al inicio se logró un consenso amplio, que atravesó a la sociedad y sus dirigentes. Sucedió en el plano instrumental, con la fructífera asociación del Estado y los científicos, extendiéndose a la clase política y a sectores económicos y sociales relevantes. El Gobierno estableció una cuarentena que salvó muchas vidas, logrando aceptación social. La mayoría acató con disciplina las duras medidas y aprobó a los gobernantes. Tal vez porque todo comenzó muy temprano o porque los intereses pudieron más que la solidaridad, el consenso inicial empezó a resquebrajarse. Se mantuvo en el plano instrumental, pero no en el político. La grieta escapó a la calle sin esperar que remitiera la peste. Así, intelectuales irresponsables de la oposición repudian la cuarentena, asimilándola a una dictadura; y acólitos del oficialismo llaman a dejar la moderación o quieren apropiarse de parte de las empresas privadas. Actúan como si pertenecieran al “partido de los puros”, que el recordado Carlos Floria asociaba a la conciencia conspirativa.

Con estos datos, entramos al pico de la pandemia, que se espera para los próximos días.

La situación es muy compleja: con el consenso político dañado, la actividad económica en caída libre y la sociedad estresada, empiezan a llover los casos, provenientes en su mayoría de los barrios pobres donde la cuarentena es un lujo que sus habitantes no pueden darse. El Gobierno conserva alto apoyo en la opinión pública y el dispositivo sanitario se refuerza, pero el temor es el mismo: el desborde de los servicios hospitalarios, que siguen siendo precarios.

La imagen de los médicos eligiendo a quién salvar y a quién dejar morir además de ser atroz representa una amenaza acaso insuperable para la legitimidad de los gobiernos. Los frentes son preocupantes: cada día es más difícil sostener la subsistencia de las familias y las empresas, la restructuración de la deuda es aún incierta, crece la angustia ciudadana, la protesta social es una posibilidad latente. Ante el coronavirus argentino la administración tejió una red de contención indispensable cuyo financiamiento depende de la emisión, un recurso acotado para un país que destruyó su moneda.

El Estado protector del que habla el Presidente tiene límites precisos a pesar de las buenas intenciones.

El aborrecido germen posee una consecuencia paradójica e inusual: nos enfrenta con realidades que evadimos en épocas normales. Para la Argentina significa encontrarse con enormes desigualdades, querellas irresueltas, atraso educativo, corrupción estructural y un estancamiento secular inconcebible.

Cuando el virus se vuelve argentino, ya no es posible eludir los dramas del país. Ante esta conmovedora evidencia, tal vez la clase dirigente tome por una vez conciencia de su responsabilidad. Y establezca acuerdos básicos, que serán cruciales para el arduo día después.

 

*Analista político, fundador y director de Poliarquía Consultores.


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