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COLUMNISTAS / claroscuros
sábado 16 mayo, 2020

Consenso instrumental

Los acuerdos que atraviesan el mundo tienen un lado luminoso al unir política y ciencia. Lo oscuro es el autoritarismo de algunos.

Mundo kafkiano. Foto: Pablo Temes

La comparecencia diaria de una funcionaria del Ministerio de Salud para informar sobre las víctimas de la pandemia muestra el cambio de prioridades que se da cuando una gran amenaza se cierne sobre la sociedad.

Significa el pasaje de lo político a lo burocrático, de la competencia por el dominio a la administración de la crisis, de la diatriba al informe técnico, de la escenificación del poder asesorada por comunicólogos a la sobria presentación de una especialista sin afectaciones que se parece a cualquier ciudadano. Se trastocan los roles y las agendas, los políticos no saben cómo enfrentar la catástrofe, requieren la ayuda de los expertos, a los que rehúyen siempre que pueden, desoyendo sus advertencias, tantas veces sombrías, alejadas de los trucos y los brillos de la retórica. Es hora de ceder el escenario.

La gente necesita saber de qué se trata y la respuesta la tienen los viceministros, los directores de repartición, los técnicos de línea. El jefe del servicio de emergencias antes que el Presidente, una médica en lugar de un abogado, un estadístico mejor que un consultor político.

La burocracia, lo sabemos, remite en este país a un proceso kafkiano: el papeleo, el trámite interminable, la indolencia del agente público desentendido del servicio que presta. Pero aquí hablamos de otra cosa: de las organizaciones, de sus normas y procedimientos, de sus protocolos –¡la palabra de moda!– y sus validaciones.

Nos referimos a una disciplina y a una carrera: la del funcionario público, que en los países evolucionados se forma en escuelas y se rige por el mérito; que está bien remunerado y cuenta con los recursos necesarios para desarrollar su tarea.

Abandonemos la pelea senil entre dos países imaginarios para resolver dramas de un único país que padece y se desangra

En la Argentina, los profesionales que hoy ofrecen las conferencias de prensa, como decía de los símbolos Paul Ricoeur, dan qué pensar. Si están allí, bajo los focos de la televisión, es porque la sociedad se incendia. Cuando regrese la normalidad, volverán a hacer antesala, presentarán informes e investigaciones que los líderes probablemente no leerán, rebosantes de adrenalina por la próxima campaña electoral. O en el peor de los casos, como ya ocurrió, deberán resignar sus estadísticas incómodas, para ver cómo se las adultera con fines inconfesables. Pero tal vez las cosas cambien. Previo al estallido de la peste, el Presidente dijo que aspiraba encabezar un gobierno de científicos, lo que constituye un antiguo ideal positivista. El coronavirus hizo el resto, poniendo sobre la mesa una cuestión más crucial y más actual: qué papel les cabe a los expertos en la dirección de la sociedad.

Quizá rige un nuevo consenso, de naturaleza instrumental, para que los profesionales hayan sido escuchados por el poder. Acaso es porque los medios técnicos prevalecen sobre los fines abstractos ante una catástrofe. La relación entre medios y fines es endiablada y ha preocupado a la filosofía, ante el daño que una razón fundada solo en instrumentos podría inferirle a la sociedad.

Si ellos reemplazan a los valores, o si la burocracia fija los grandes objetivos, podemos precipitarnos a la alienación, como advirtió con lucidez la Escuela de Frankfurt. En el mundo de estos días, sin embargo, nuevos problemas convocan a los expertos y sus organizaciones, poniéndolos en un lugar protagónico.

 La destrucción de la naturaleza le da voz a la ciencia ecológica, la desigualdad habilita una nueva economía social; las catástrofes naturales y sociales requieren complejas reingenierías donde convergen diversos saberes. La construcción de escenarios prospectivos se realiza en las universidades, pero alcanza popularidad mundial convirtiendo a los profesores en gurúes. Y a sus tesis en best sellers. Son los rastreadores del siglo XXI. Nos dicen de dónde viene y a dónde va el mundo.

Considerado en perspectiva, el consenso instrumental posee claroscuros. Lo luminoso es que podría integrar la práctica política con la visión científica para resolver problemas concretos. Y estaría en condiciones de hacerlo si las naciones emergentes lograran un equilibrio entre liderazgo político y saber burocrático. Que los políticos conduzcan, pero que recurran al conocimiento de los expertos para tomar las decisiones. Todos los días, no frente a una calamidad. La cara oscura es la de los presidentes autoritarios que en lugar de escuchar a sus técnicos los humillan, como Jair Bolsonaro.

Y los gobiernos que aprovechan la circunstancia para dividir a la sociedad o encubrir la corrupción.

Para nosotros el consenso instrumental que produce la pandemia aún podría contener otra lección. Una que evoca el consejo célebre que Ortega les dio a los argentinos: ir a las cosas. Entender, como nos lo recordó, que una nueva época requiere una nueva forma de atención. Tal vez llegó el momento de dejar de divagar, de alimentar los mismos mitos, de contraponer el pueblo a la república y la república al pueblo. Quizá es hora de abandonar la pelea senil entre dos países imaginarios para resolver los dramas de un único país que padece y se desangra. Recordémoslo mañana, cuando escuchemos a la funcionaria pasar el parte de los muertos.

 

*Analista político. Fundador y director de Poliarquía Consultores.


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