lunes 14 de junio de 2021
COLUMNISTAS opinion
18-04-2020 22:12

Angel Fernández

18-04-2020 22:12

El segundo nombre de Alberto Fernández es Angel, apropiado para la situación de angelamiento que está viviendo con índices de aprobación superiores al 80% que pocos presidentes en el mundo –y ninguno en la Argentina desde que se mide tras la recuperación democrática– han podido gozar. Se venden remeras con su imagen con banda presidencial, su dedo levantado, el sol saliendo de su espalda y el texto: “Cumplí la cuarentena pelotudo”. Pares de medias que al juntarse construyen su imagen con la leyenda “Capitán Beto” además de distintos recipientes con su imagen y leyendas similares. Son ejemplos de lo eficiente que es para la construcción política elegir bien al enemigo y posicionarse frente a él.

La comunión en una comunidad es –como la adrenalina– un combustible necesario frente a una guerra 

Por períodos de distinta duración, Alfonsín consolidó su liderazgo como enemigo de la dictadura, Menem antagonizando con el tercermundismo (pobrismo) y el kirchnerismo contra el primermundismo (elitismo). La fortuna le sirvió al “Capitán Beto” la posibilidad de enfrentar un guerra más verdadera que las de Menem y los Kirchner, contra un enemigo como el coronavirus, que atemoriza a todas las clases sociales por igual, y de –mientras dure y vaya ganando batallas– gozar de la admiración casi unánime.

Fervores de guerra. El personal de limpieza de espacios públicos y de edificios donde se realizan actividades esenciales son –junto con los trabajadores de la salud y de seguridad– otros héroes en la lucha contra la propagación del virus. En el edificio de Perfil, el personal de limpieza tiene foco en las áreas donde el trabajo no puede ser remoto. Aun así, quien antes del coronavirus limpiaba los vidrios de los 17 cuadros que representan los distintos poderes institucionales y fácticos de la Argentina –realizados por Pablo Temes para ser expuestos en el Centro Cultural Recoleta al cumplirse los 25 años de la recuperación democrática y ahora se exponen en Perfil– todas las mañanas  limpia con esmero a cada uno como si fueran un símbolo de la patria que debe estar siempre limpia. Otra de las personas del área de limpieza me dijo la semana pasada: “Vi su reportaje al Presidente. ¡Ese hombre es un genio!”. Y que haya sido “genio” la palabra que usó representa de alguna manera este espíritu que el sociólogo y fundador de Poliarquía, Eduardo Fidanza, llama “fervores parecidos a los de  una guerra” y sobre lo que reflexionamos en el ciclo Pensando el coronavirus en Radio Perfil:

Para Fidanza, el miedo aumenta la religiosidad de los individuos: “Yo no soy creyente pero ante... me puse a rezar”. Frente a las tragedias las personas y los grupos cancelan sus diferencias. Ante los límites de la finitud los individuos aumentan sus deseos de reconciliación. “Me doy cuenta de lo egoísta que fui”. “Ahora veo mejor qué es lo verdaderamente importante en la vida”. Son frases habituales frente a un golpe muy fuerte.

Salvando todas las diferencias, fundamentalmente democracia versus dictadura, Fidanza compara los preparativos de la Guerra de Malvinas donde había un fervor que unificaba, con los preparativos para la guerra contra el coronavirus. Ese fervor sería  un antídoto contra el miedo, como también lo es el humor en determinadas situaciones trágicas. Es una necesidad, explica Fidanza: “En cuanto lo necesitamos, lo generamos”.

Esa forma de comunión religiosa laica podría compararse con otros momentos de plenitud que se siente al formar parte de un grupo de afinidad, la necesidad humana de trascender el cuerpo y sentirse parte de algo más grande y por momentos más sublime. Ese estado de éxtasis implica necesariamente una desconexión con una parte de la realidad para poder sentir esa satisfacción.

Como si las personas frente a la angustia necesitaran autoprescribirse una dosis de entusiasmo como antidepresivo y parte de ese remedio fuera la suspensión temporal de la incredulidad, la misma que toda audiencia precisa para disfrutar de una obra de teatro o cualquier realización ficcional.

El enamoramiento es otra de las situaciones donde el individuo suspende cualquier forma de mirada crítica sobre la realidad para poder entregarse incondicionalmente al otro. Los psicólogos miden la duración de ese estado en entre seis y dieciocho meses, porque el éxtasis construye una realidad puramente mental y como bien lo describe su etimología: del griego ek-stasis, salirse de su estado, estar fuera de uno mismo, es un estado que no puede perpetuarse y del cual la realidad objetiva se encargará de hacer volver al individuo.

Si alguno de estos ejemplos fuera trasladable de la esfera personal a la psicología social, Alberto Fernández goza de un período de liderazgo carismático que puede o no depositarlo en las elecciones de octubre de 2021 con un triunfo arrasador, como lo sería si las elecciones fueran hoy, o lo contrario: la historia muestra lo cruel que es la opinión pública cuando los costos de una guerra son tan grandes como los de una derrota (el triunfo pírrico) o aun con el triunfo en la guerra misma, cuando el miedo ya acabó. En este punto tanto Fidanza como Jaime Duran Barba, en su intervención hace dos semanas en Pensando el coronavirus, coincidieron en citar el ejemplo de Churchill, quien llevó a Inglaterra al triunfo en la Segunda Guerra Mundial y perdió las elecciones siguientes.

Nadie sabe qué surgirá de esta forma de “arresto domiciliario” masivo que obliga a las personas a pasar más tiempo pensando y, por lo tanto, replanteando. De este estado de excepción emocional que resignifica el pasado y nos hace coyunturalmente más trascendentes, “¿saldremos reformados moralmente?”, dudaba Fidanza con la actitud crítica del sociólogo.

Hay un mundo a. C. y  d. C. pero no por antes  y después de Cristo sino por antes y después del coronavirus

Alberto Angel Fernández no debería confiarse. La historia y la literatura fueron pródigas en ejemplos  de ángeles que pasaban a ser demonios en función de la necesidad social. Como se insiste siempre desde esta columna, los líderes son cuerpos que usan sus seguidores para catextizarlos con sus necesidades y anhelos, y tan rápido como los pueden llenar de esos significados, los pueden retirar.

Alberto Fernández ganó hace seis meses las elecciones con el 48% de los votos y hoy tiene 83% de aprobación (Poliarquía). Como bien dice Fidanza, ese 35% del total del país que sumó se compone en gran parte del voto de Juntos por el Cambio. ¿Será Alberto Fernández originador de un nuevo ciclo de hegemonía o cuando la crisis económica haga estragos se generará un caos social que se lo lleve puesto?

Continuará...

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