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COLUMNISTAS / tibiezas
sábado 27 julio, 2019

Operación Cancelar

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por Pola Oloixarac

DiCaprio,Quentin Tarantino y su pareja Daniella Pick en el Festival de Cannes 2019 Foto: AFP

En olitas cíclicas, como circulan las cosas y personas en la web, aprendemos que ciertas características de la burguesía argentina tienen un efecto no deseado en la vagina de la candidata a legisladora Ofelia Fernández. En un video donde se la ve hablar desde un púlpito, asegura que “la tibieza de la burguesía a mí me seca la concha”. Ofelia revitaliza el tropo marxista de la lucha de clases acercándolo a la inmediatez de su bombacha: nos invita a pensar que hay una pulsión sexual insatisfecha en el statu quo, y que el fragor por la revolución venidera es lo único que podría excitar a la joven Ofelia. Según esa imagen, votar a Ofelia es una invitación a complacerla sexualmente, preparándola para un coito exitoso. A sus 19 años, Ofelia entiende que lo personal es político, es decir, que lo político es genital: que las pindongas y cuchuflitos de cada une están llamados de algún mode a participar en la histeria colectiva de la revolución (o el Cambio).

“Hay una generación dispuesta a cambiar todo lo que deba ser cambiado”, asegura Ofelia en el mismo video, y es cierto: todas las generaciones se juzgan a sí mismas con similar vigor. En los 90, la revista Babel (que nucleaba a Caparrós, Guebel, Pauls, Genovese entre otros) se divertía fustigando a Osvaldo Soriano, el novelista consolidado y “popular” de la época. Los babélicos hacían concursos: al tercer premio le daban tres libros de Soriano, y al octavo lo castigaban con ocho libros de Soriano.

Witold Gombrowicz, el polaco sublime, invitó a su círculo a “matar a Borges”, el sueño parricida más húmedo de la cultura argentina. Las nuevas generaciones se lanzan a la disputa de los espacios simbólicos, donde para ser reconocidos (sienten que) deben desplazar a los tibios, los viejos, los débiles, o los injustamente respetados. Pero ahora para combatir a los precursores hay una nueva tecnología a solo un click de distancia: cancelar.

En el Guardian se preguntan: ¿es hora de cancelar a Quentin Tarantino? Es cierto que su obra explora la violencia, reflexiona el escriba, y que en buena parte es la violencia ejercida por hombres (blancos y heteros, los “malos” actuales), pero ¿debemos continuar siendo indulgentes con la evidente pasión de Quentin por retratar toda clase de abusos sobre mujeres en sus películas? ¿Cuánto tiempo más vamos a tolerarlo?

Una situación similar atraviesa Bret Easton Ellis. En American Psycho, entre tantas obras divertidas y fastuosas, Easton Ellis retrató como nadie la violencia de los encumbrados haciéndonos viajar a su universo de horror; y como Tarantino, ahora se ve señalado precisamente porque lo hizo. Lo que pasa por crítica cultural contemporánea consiste en ufanarse de exigencias morales casi tan altas como las de una comadrona del siglo XIX, que intentan hacerse pasar por una discusión estética “más profunda”, preocupada por el legado de una ética futura. Buscan volver el mundo un lugar más inclusivo: tan inclusivo que solo puedan permanecer adentro quienes pasen sus exámenes y se ajusten a sus reglas; al resto se lo expulsa.

Pero pulsiones más bajas y fundamentales bullen sombrías en la selva de los likes. René Girard analiza el deseo mimético o la envidia, la pasión que articula el capitalismo actual, basado en la vigilancia de unos a otros. A la policía de carne ya no le interesa lo que ves, likeás ni lo que firmás; pero a la policía cultural que te observa en la oscuridad sí, y su jactancia es poder usarlo en tu contra. Cancelar es el intento de suprimir a quien se envidia para sacarlo de circulación: el nuevo parricidio es el ostracismo.

Quizás la cultura de la cancelación solo sea una estrategia más de las nuevas generaciones en la lucha por la relevancia. La expectativa de vida se alarga cada vez más: los entonces jóvenes de Babel podían darse el lujo de combatir a Soriano porque la Parca acechaba a la vuelta de la consagración; ahora, esos mismos ex jóvenes podrían estar dando vueltas cuarenta años más. Las nuevas generaciones ya no pueden confiar en “cargarse” a las previas; más bien, van a tener que acostumbrarse a vivir juntas.


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