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Apuntes en viaje

Plano picado

El viaje en globo, en el siglo XIX, fue un capricho de las clases altas, de los naturalistas, de los geógrafos y de los militares, que espiaban así territorios de contienda y tropas enemigas.

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Plano picado | marta toledo

Hace muy poco me dediqué a rastrear los barrios de Buenos Aires en la obra de Borges. Implicó viajar en el tiempo y asistir a una ciudad inverosímil. Tuve la impresión de que para Borges también la ciudad era anacrónica: continuamente su Buenos Aires es una urbe pasada, metabolizada por una nostalgia que el autor de Ficciones, en compañía de algún amigo, entrenaba en caminatas nocturnas en la década del 20. Quintas con verjas al otro lado de Rivadavia. Un almacén rosado como revés de naipe. Es una ciudad que en sus suburbios se desgarra pacientemente en la llanura. El horizonte del suburbio es la pampa con “tenaces guitarras sentenciosas”. “La brisa trae corazonadas de campo/ dulzura de las quintas/ memorias de los álamos/ que harán temblar bajo rigideces de asfalto/ la detenida tierra viva que oprime el peso de las casas”. Esa visión romántica y precisa de la ciudad se va desintegrando a medida que Borges deja atrás la juventud y la inmigración interna desmigaja esos arrabales criollos en suburbios donde crece una nueva cultura popular. A la vez, entre el suburbio y la pampa se encarna una nueva forma de periferia que se afianza con Perón: el Conurbano.

Todavía hoy caminar una ciudad es el mejor modo de conocerla, aunque casi un siglo después de que Borges volviera de Ginebra con ímpetu romántico, la posibilidad de caminar en la calle y detenerse en la “absolución de los árboles” y en “la honda plaza igualadora de almas” es casi imposible: tránsito, ruido de colectivos y densidad demográfica. Se me ocurre que una buena manera de explorar una ciudad a paso lento, sin distracciones, y desde una perspectiva distinta, es el globo aerostático. En otra época, desde esos globos se componía la topografía de las ciudades. Eran especies de drones analógicos y suculentos, y si Borges hubiera viajado en globo probablemente hubiera compuesto los mismos versos sobre “las calles desganadas del barrio/ invisibles de habituales/ enternecidas de penumbra y ocaso”, pero la perspectiva aérea –o el plano picado– hubiera sumado quizás otros matices intimistas y opresivos: el color desganado de los patios y la avaricia de los techos.

Antes de que existiera y se popularizara el avión, el viaje en globo era la única posibilidad de volar y tranquilamente Borges, durante su estadía en Europa, podría haberlo probado. Llegó a ser en el siglo XIX un gran capricho de las clases altas, de los naturalistas, de los geógrafos y de los militares, que a través de los zepelines espiaban territorios de contienda y tropas enemigas. Durante la guerra de la Triple Alianza, entre 1864 y 1870, las tropas brasileñas espiaban a las paraguayas a través de globos. Durante la Primera Guerra Mundial, los globos de observación militar eran tan cotidianos como los bombarderos que los hacían estallar. Hoy en día es un divertimento para turistas en Capadocia, por ejemplo. Para mí, pese a las leyes de la física, no deja de tener algo extremadamente riesgoso e irracional volar en globo. Pero sospecho que si lo hiciera, restos metafísicos de la ciudad de Borges podrían verse desde el cielo. Sobre todo esa costura sutil que en algunos pueblos todavía funde “el pastito precario/desesperadamente esperanzado” de las últimas calles con la intacta llanura.

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