domingo 16 de mayo de 2021
COLUMNISTAS OPINION
20-06-2020 21:47

Plusvalía negativa

20-06-2020 21:47

Para el economista Emanuel Álvarez Agis, “Vicentin no vale nada” porque “los activos no le alcanzan para cancelar el pasivo”. Los concursos de acreedores para salvar empresas en problemas son una herramienta que existe en todos los países: en Brasil se lo llama “Recuperação judicial”, en Estados Unidos, “Chapter 11” (el Chapter 7 es directamente  quiebra), y todos comparten la misma lógica: darle un tiempo a la empresa sin pagar las deudas para renegociar una quita de su valor. Pero de nada serviría que se redujera la deuda al punto de que el activo vuelva a ser superior al pasivo si la empresa no pudiera volver a ganar dinero. El concurso podría resolver el problema del pasado: la acumulación de pérdidas convertidas en deuda, con una quita en el presente, lo que significa trasladarles parte de esas pérdidas pasadas a los acreedores. Pero no existirá quien vuelva a prestar para financiar las pérdidas del presente si estas permanecieran. 

Para los empleados, peor problema de que los exploten sería que ningún capitalista quisiera “explotarlos”

Prestar atención a si los activos son mayores que los pasivos será importante para determinar quién quedará como dueño tras el concurso: si los activos fueran mayores que el pasivo, quedarían los anteriores dueños; y al revés, si aun después de la quita de la deuda posible el pasivo  continuara siendo mayor que los activos, habría nuevos dueños que surgirían de  los acreedores o alguien que les compre la deuda a los acreedores. 

Pero también podría suceder que ningún acreedor, ni alguien que pudiera ofertarles a los acreedores comprarles su deuda, esté dispuesto a continuar con la empresa y la situación desemboque en una quiebra donde se rematen los activos y se reparta lo que se cobre por ellos en la proporción de lo que se le deba a cada acreedor. Entonces la clave para que una empresa continúe, con viejos o nuevos dueños, y los empleados continúen teniendo un trabajo, porque en la quiebra se extingue su empleador, será que pueda tener precisamente plusvalía y que lo que cobre por sus productos y servicios sea mayor que los costos de producirlos. Este será el gran problema no solo de Vicentin o  Latam, que anunció su intención de dejar de operar internamente en Argentina, sino de centenas de empresas, no solo pequeñas, en los próximos meses, cuando se agreguen las consecuencias económicas del coronavirus a los efectos de una década completa de estanflación y cinco años de recesión en los últimos seis.

Nuestro país tiene un problema exactamente inverso al que justificadamente preocupaba a Marx y que el capitalismo durante gran parte del siglo XX logró corregir. En Argentina una muy significativa cantidad de las empresas no tiene plusvalía y si bien un exceso de plusvalía es socialmente nocivo, la falta de ella es aún mucho peor.

La mitad de las empresas argentinas tiene atraso en el pago de sus impuestos, un tercio no pagó sus compromisos financieros, otro porcentaje similar no pagó a sus proveedores y un 20% no paga siquiera los servicios esenciales. Al mismo tiempo un tercio de los cheques que recibieron las empresas de sus ventas fueron rechazados por no tener fondos.

Un relevamiento del Centro de Estudios de la Unión Industrial Argentina muestra que dos tercios de las empresas tuvieron caídas de ventas que las hace inviables en el futuro y un tercio no podría continuar más allá de tres meses. El problema de los empleados en Argentina no será ser explotados, como le preocupaba a Marx en el siglo XIX, sino que cada vez menos capitalistas puedan lograr explotarlos.

Efectos de la cuarentena: más de un tercio de las empresas no podría continuar más allá de tres meses.

El problema lleva décadas en Argentina y no es atribuible a las cuarentenas; un funcionario del gobierno bonaerense dijo acertadamente que quienes se enojan con la cuarentena se están enojando con el remedio y deberían enojarse con el coronavirus. La misma figura utilizó el profesor de Harvard Kenneth Rogoff, famoso polemista de Joseph Stiglitz, para defender al Fondo Monetario Internacional, institución de la que fue economista jefe: “Cuando los países acuden al FMI, es porque nadie más quiere prestarles, porque vienen pidiendo prestado a un ritmo insostenible. Llegan cuando, de repente, les cortan el suministro, cuando un país gastó más de lo que gana. Lo que sobrevendrá es la austeridad. Es como cuando se observa un campo de batalla y se ve venir a los médicos: no están causando las muertes sino que las están aliviando”.

El discurso de Perón en 1944 a empresarios hoy tendría igual valor pero dicho al Estado y a los sindicatos

El uso de la misma figura hecha por un funcionario de Kicillof  y un economista jefe del FMI demuestra cómo es recurrente y fácil confundir efecto con causa. No es que el FMI no haya cometido errores con sus planes ni que las necesarias cuarentenas no aumenten la crisis económica, sino ver que los problemas son anteriores. Y observar no solo cuán fácil es por contigüidad atribuir el dolor al remedio, sino también cómo se puede obtener el efecto contrario al buscado, buscándolo con fanatismo. Tenía razón Perón en 1944 cuando al dar su célebre discurso en la Bolsa de Comercio dijo a los empresarios que debían ceder algo si no querían perderlo todo a manos de la agitación social. Hoy valdría la misma recomendación pero al Gobierno y los sindicatos. Entre las múltiples empresas que están a la venta total o parcial desde antes de la pandemia se encontraría la emblemática Walmart, el mayor retail del mundo. Su valor actual sería muy inferior del inmobiliario de sus 92 locales porque habría que hacerse cargo de 11 mil empleados. Cuando frente a la imposibilidad de reestructurarse los accionistas no tienen una empresa, sino la empresa los tiene a ellos, deciden desistir e irse. Desde que llegó en 1995, Walmart invirtió mil millones de dólares y le sería difícil encontrar quién le ofreciera cien millones. Apenas un ejemplo de muchos.

El gran problema de la sostenida decadencia económica argentina es que desde hace muchas décadas la mayoría de las empresas no encuentran cómo rentabilizar más empleados. 

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