COLUMNISTAS
verosimilitud

¿Portero progresista?

Guillermo Francella 20221105
Guillermo Francella | Eltrecetv.com.ar

Sustituirlo por empresas de limpieza y seguridad es el sueño de muchas administraciones y un “logro” de otras que lo han conseguido. Los argumentos en su contra oscilan entre sentencias no siempre comprobables como “está al pedo”, subjetividades como “invade la privacidad” o “lleva y trae” y clisés como “en Europa hace tiempo que se los sacaron de encima”. Pero lo cierto es que el portero como actor social resiste firme en la puerta del edificio cada mañana. Asociado popularmente, al igual que los taxistas, a la categoría “facho”, este trabajador, frecuentemente afiliado al Suther, es casi siempre visto como un defensor de la mano dura, el machirulismo, el monitoreo...  

El encargado interpretado por Guillermo Francella, en la serie homónima creada por el tándem Cohn-Duprat, es un personaje atractivo por no ser exactamente lo que se espera. Los autores reservaron los perfiles estereotipados para el elenco, es decir, los habitantes de un edificio monumentalista de Belgrano en el que trascurre la mayor parte de la historia, y otorgaron a Eliseo, su protagonista, la ambigüedad y los matices. Rodeado por el abogado garca (maravillosamente interpretado por el Puma Goity), la parejita deconstruida que tiene a la mucama en negro, el joven heredero que vive de fiesta, el estanciero, la artista plástica forjada en el viejo Di Tella, el niño de padres ausentes criado por la niñera o la familia del Opus Dei, el encargado es particular, único, contradictorio. Su motivación es acaso la de miles de argentinos que ven peligrar sus puestos de trabajo y, por lo tanto, plausible, pero sus métodos son cuestionables. Eliseo parece querer compensar, sin demasiada eficacia, el mal que hace. Utiliza a ancianos y niños para sus fines seudo criminales, pero ayuda a personas en situación de calle, aunque regalándoles aquello que nunca podrán usar, como un traje para hacer surf. Detesta al milico senil que está en prisión domiciliaria y lo insulta con fervor, pero incurre en delitos que abarcan violación de la propiedad privada o vandalismo, por mero beneficio personal. Se burla de los ricos mientras acumula una fortuna, juega con un colega a imaginar la vida de los vecinos del barrio con la mirada de un sociólogo, cae en un duelo de escraches con una adolescente a la que pretende aleccionar. Hecho de un puñado de buenas acciones y un sinfín de sordideces, simula algunos tics del progresismo contemporáneo y parece menos inclinado al fascismo que varios de los que le pagan el sueldo. Hace poco circuló una carta firmada por encargados de edificios que repudiaron la serie con argumentos tipo “nuestro oficio no tiene nada que ver con lo que se cuenta”, en otra muestra de la profundización de un estado de cosas en el que ficción y realidad se confunden. Sin embargo, en la originalidad de su protagonista se asienta la verosimilitud de una historia muy propicia para tiempos de opuestos que se tocan, de enemigos que, a veces, solo se diferencian en la superficie.