7th de March de 2021
COLUMNISTAS sogas
05-02-2021 23:08

Puestos a comparar

05-02-2021 23:08

La defensa de Gildo Insfrán llegó de donde menos podía esperarlo. Porque los hechos ocurridos en Formosa revisten gravedad, sobre todo si las medidas adoptadas para prevenir contagios de coronavirus no hicieron sino promover su propagación, es decir, si en efecto las autoridades provinciales procedieron a juntar de prepo a quienes portaban el virus con quienes en verdad no lo portaban. Que los centros de prevención y aislamiento (en Buenos Aires se utilizaron hoteles) se convirtieran en centros de contagio y maltrato, ya es de por sí un hecho alarmante, digno de consternación. ¿A quién se le ocurrió parangonarlos con los centros clandestinos de detención y tortura que existieron en Argentina durante la dictadura militar? A un montón de activistas del macrismo y aledaños, que no hicieron con tal desvarío sino llevar a una atenuación el cuadro de situación de Formosa. Porque al cabo de una comparación así, no quedó sino matizar y atemperar lo que de la gestión de Insfrán se planteaba. Incluso los voceros de Amnistía Internacional, que habían salido a señalar su preocupación por esos hechos, debieron luego aclarar que en cualquier caso no se trataba de centros como los que, en la dictadura, activaron la maquinaria del terror. Esa disminución, instigada por el disparate hiperbólico del que había que despegarse, le habrá venido al pelo al bueno del gobernador. Defensa involuntaria, pero defensa al fin, de quienes arreciaron con virulencia en los medios y en las redes, y llevaron a un “no es para tanto” a quienes impulsaban con sensatez la investigación más necesaria.

Vivimos, bien lo sabemos, tiempos en los que más que nunca se puede decir y publicar cualquier barrabasada, total no importa. A la pobre libertad la invocan también para eso. Las redes, según se dice, promovieron tal estado de cosas, pero visiblemente hay medios tradicionales que se pliegan cada vez más a ese mismo registro discursivo de agresividad de manada, exabruptos de incontinencia, frases huecas de alto impacto, refracción visceral del hábito de la argumentación. A Gildo Insfrán le vino bárbaro en este caso. Trayendo a colación los crímenes de lesa humanidad de la dictadura, le regalaron un “no es tan grave”.

A mí nunca me convencieron planteos como los de Elaine Scarry (The Body in Pain), en cuanto a la condición de inenarrables de experiencias como la tortura. A cambio, considero admirablemente lúcido lo que alega Giorgio Agamben (Lo que queda de Auschwitz) acerca de lo que implica postular que los hechos así de aberrantes son indecibles, que quedan más allá del lenguaje: implica su sacralización, porque es sólo lo sagrado lo que existe más allá de las palabras sin que alcancen a tocarlo. Pero sí que se puede narrar, poner en palabras, testimoniar la experiencia de la tortura. No hay más que leer el Nunca más para verificarlo concretamente. Esos mismos relatos de las víctimas y sobrevivientes, sin embargo, son los que ponen de manifiesto que esas experiencias, las de la tortura, no pueden compararse con nada. En distintos momentos buscan, para graficar, para transmitir, la elocuencia del “como si”, y no la encuentran. No la encuentran porque no la hay. No la hay para la aplicación de la picana eléctrica en la vagina de las prisioneras (o directamente en el útero, si estaban embarazadas) o en los testículos de los prisioneros, no la hay para el tormento por asfixia, para las violaciones de rutina, para los simulacros de fusilamiento. No son inenarrables, son incomparables. Esa es la atroz singularidad que detentan. No se los puede comparar con nada.

Y sin embargo, las comparaciones de esa índole se multiplicaron por estos días. Si buscaban hundir a Insfrán, no hicieron sino tirarle una soga. Pero de paso, y más allá de Insfrán, indicaron hasta qué punto la impunidad del dislate prospera hoy en la esfera pública y por aclamación, las campañas de banalización chambona no dejan de conquistar territorios; hasta qué punto ese problema social tan sensible, el de la ignorancia, no queda circunscripto a los niños ni queda circunscripto a las aulas.

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