viernes 27 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinion
04-03-2022 23:55

¿Putin es Hitler?

04-03-2022 23:55

Frente a la invasión a Ucrania, el gran dilema actual es si Putin es Hitler. Porque si Putin fuera Hitler, Rusia no sería Putin como Alemania no era Hitler. Al Hitler ser vencido en la Segunda Guerra Mundial, Alemania pudo convertirse en un país totalmente democrático, pluralista, europeísta, pacifista y modelo de la democracia mundial. En el caso de Rusia, si Putin fuera derrotado militarmente como Hitler o, lo más probable, democráticamente, si eventualmente en Ucrania los eventos no avanzaran como Putin pensó que deberían darse  y, progresivamente, las sanciones que Occidente tomara contra Rusia produjeran efectos sobre su población haciendo que finalmente pierda una elección por una economía que se complica demasiado, ante esa situación: ¿Rusia se comportaría como Alemania tras ser vencido Hitler, transformándose en un país democrático, europeo, pluralista?

La OTAN tiene al océano Atlántico en su denominación y Rusia se siente Europa, pero sin Atlántico

Si esa hipótesis fuera la correcta, podría sostenerse entonces que Rusia no es Putin. Yo personalmente  dudo de eso y dudo porque me tocó durante casi un lustro ser secretario de la Cámara de Comercio Ruso Argentina por una pequeña publicación de moda que tenía Editorial Perfil en Rusia y en aquella época viajé dos veces por año.

Me tocó recorrer toda Rusia, desde hacer San Petersburgo-Moscú en auto sin autopista lleno de camiones que iban y venían cargados de los países de Europa del este, hasta cruzar los Urales en el tren Transiberiano en ambos sentidos, de Mongolia a Ikutstk y del lago Baikal hasta llegar a Vladivostok, el gran puerto del océano Pacífico de Rusia.  

Dividido por los montes Urales, dos tercios del territorio de Rusia pertenece a Asia y un tercio a Europa, pero concentra el 80 por ciento de su población en la parte europea. Lo que hace que los rusos se sientan enteramente europeos. Una historia reveladora de ese sentimiento

me pasó en Vladivostok, bañada por las aguas del mar del Japón, país que se encuentra justo enfrente. El otro vecino de Vladivostok es Corea del Norte cuya frontera se encuentra a solo 40 kilómetros al sur, y China que, paradójicamente, queda al oeste de Vladivostok. O sea, estando en la frontera donde Asia comienza a terminar, al punto que la cercana Alaska fue parte del Imperio Ruso, aún así, cuando le preguntaba a los habitantes de Vladivostok si se sentían europeos o asiáticos, invariablemente me respondían que se sentían europeos. Europeos en océano Pacífico, teniendo al este Japón, al oeste China y al Sur Corea del Norte.

Pero para los europeos, los rusos son asiáticos emergiendo en esa disrupción un conflicto antropológico y un choque cultural muy profundo que trasciende a Putin. Desde esta perspectiva Putin sería consecuencia, no causa de ese conflicto. La causa irreductible sería esa herida en la autoestima rusa que se siente occidental y es rechazada por Occidente. Una Rusia que se siente europea, pero Europa la considera bárbara.

De hecho, su religión es la cristiana ortodoxa, separada definitivamente en el siglo XI de la Iglesia Católica diferenciándose en ciertos ritos, pero no en las creencias. Europa vivió una revolución indentitaria cuando Colón descubre América, hasta entonces Europa miraba a Oriente, al camino de la seda que en el siglo XIII recorriera Marco Polo, cuando Venecia y la actual Estambul (Constantinopla que hasta el siglo XV no había sido conquistada por los otomanos), eran capitales prominentes porque comunicaban con el rico Oriente.

Los avances de las técnicas de navegación que permitieron primero recorrer las costas africanas del océano Atlántico y luego el descubrimiento de otro continente cruzando el mismísimo océano, llenaron de riquezas a España, Portugal, Inglaterra y Francia, e hicieron que la cara de Europa mirara a Occidente o sea al océano Atlántico. Las siglas de la OTAN son explícitas: Organización del Tratado del Atlántico Norte, y fue la gran enemiga de Rusia desde  la época de la ex Unión Soviética teniendo como respuesta el Pacto de Varsovia del lado comunista.

 Europa ve el mundo “con ojos Atlánticos”, expresión que usó una intelectual rusa acusándome de sesgo geopolítico cuando di una conferencia en la Academia de Ciencias de Moscú en 2002. Rusia no tiene Atlántico, es un enorme continente mediterráneo, una gigantesca Bolivia sin mar hacia Occidente con apenas poco espacio de costas occidentales en el mar Báltico, cerca de Finlandia y en el mar Negro casualmente alrededor de Ucrania. Por eso la importancia que tenía Crimea, base de la Armada rusa desde la época de los zares, pasando por la ex Unión Soviética.

Rusia se siente europea, sin Atlántico. Este problema es estructural y geográfico, además de cultural y no creo que sea simplemente resuelto porque Putin no esté más al frente de su gobierno. Requeriría un enorme esfuerzo de décadas por parte de la dirigencia europea incorporar Rusia a Europa, y probablemente antes China logre sumarla a Asia recreando el pacto ideológico anti Estados Unidos post Segunda Guerra Mundial.

Es evidente que la OTAN no era una organización  anticomunista porque la ex Unión Soviética desapareció y con ella se extinguió el Pacto de Varsovia. Sin embargo, la OTAN no para de crecer hacia el este haciendo presumir que es un tratado “anti” Asia, cuyo objetivo no es solo contener a Rusia sino también a China.

Dos tercios de Rusia están en Asia, pero el 80% de su población se concentra en la parte europea rusa

De aquellos años en Rusia durante la primera presidencia de Putin a comienzos de siglo recuerdo una moscovita nada conservadora diciéndome orgullosa: “¡Ése es mi presidente!” cuando la televisión rusa mostraba a Putin hablando en alemán frente a periodistas y autoridades de ese país (el alemán en Rusia es como el inglés en la mayor parte del mundo). Que Putin sea temido por Occidente es fuente de orgullo para una parte significativa de la sociedad, que se autopercibe más importante que la imagen que le devuelve la mirada de los ojos occidentales.

Ese narcisismo herido ruso sobre el que ya escribí en columnas anteriores, podrá ir mermando con el paso de las generaciones, pero trascenderá a Putin.