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Teoría y práctica

“Qué hacer” de la política

Pobreza
Pobreza | Télam

El campo de acción de la política ha sido tema de preocupación tanto de pensadores como Platón, desde la filosofía, o Maquiavelo, desde la proximidad al poder. En nuestro país son muchos los que hicieron aportes al “qué hacer” de la política argentina, sin haber ejercido el poder o habiéndolo hecho sin el voto popular. A partir de 1916 ese “qué hacer” lo fueron construyendo líderes elegidos para gobernar: el radicalismo privilegiando la tarea institucional y el peronismo inclinado a crear derechos sociales; ambos omitiendo incentivar la creación de riquezas y empleos genuinos capaces de brindar bienestar material a los ciudadanos (el reciente gobierno del PRO tampoco lo logró). Y así tenemos una sociedad con funcionamiento institucional aceptable, pero con altos niveles de pobreza e informalidad. Consecuencia de haber reducido el “qué hacer” de la política a los temas de la superestructura jurídico-institucional, desatendiendo los procesos económicos que tienen lugar en la sociedad civil, donde tiene lugar la actividad productiva. 

Práctica que se sostiene gracias a una cultura política que desconfía de las formas capitalistas de producción, fortaleciendo así el poco interés por los procesos productivos de aquellos que han gobernado el país. Cultura que no entiende que “el capitalismo” no es otra cosa que la actividad de personas que compran fuerza de trabajo y otros insumos para crear una nueva mercancía que venden en el mercado. Personas con capacidades y atributos particulares, de los que carecen los que no se dedican a esta actividad, como lo ha reconocido explícitamente el líder de izquierda Pepe Mujica, quien elogió a los empresarios, explícitamente y sin reservas; o que ha incorporado el PC chino a su sistema económico, con los éxitos conocidos y sacando de la pobreza a millones de personas. 

Tenemos una sociedad institucional aceptable, pero con pobreza

Cultura política que parece alimentarse de frustraciones y resentimientos junto a un infantilismo que recita consignas del Manifiesto que Marx escribió en su juventud, y que él mismo archivó ya al escribir El prefacio, donde abandona la lucha de clases como motor de la historia y la desaparición de la sociedad capitalista antes de desarrollar todas sus potencialidades productivas. Confundiendo  propuestas ideológicas con saberes comprobados, esta cultura concluye que el mercado y el Estado son enemigos incompatibles (olvidando que, en pleno auge del liberalismo económico, durante la primera revolución industrial, el Estado en manos de la burguesía jugó un papel fundamental para la explotación de la fuerza de trabajo que garantizó el éxito de esa revolución). 

Con excepción de los regímenes que han socializado los medios de producción, toda sociedad moderna desarrollada presenta una red de empresarios encargados de la producción de bienes y servicios, con su sistema de relaciones y convenciones (mercado) y un Estado que junto con sus otras funciones esenciales regula el funcionamiento de ese proceso productivo. En esas sociedades se aplican, desde los Estados, políticas que facilitan las inversiones productivas y la producción de bienes y servicios, velando por los derechos de los trabajadores, el nivel de sus salarios, el cumplimiento de las obligaciones impositivas y el cuidado del medio ambiente. Todo a partir de la potestad que tiene el Estado, y que puede ejercer a partir de su “monopolio de la coacción física”. 

La pobreza de nuestra democracia

Cuando una práctica política no promueve un desarrollo económico eficiente y equitativo, se deberá a que los gobernantes: 1) privilegian sus fantasías ideológicas (liberalismo o anticapitalismo) a las evidencias que surgen de las democracias modernas desarrolladas donde Estado y mercado interactúan positivamente; 2) no tienen capacidad técnica o interés para promover el desarrollo económico; o 3) han claudicado frente a las ambiciones de empresarios incompetentes, a cambio de “recompensas” en bienes u otras prebendas (el conocido caso de “capitalismo de amigos”). 

Cuando los argentinos abandonemos prejuicios derivados de ideologías simplistas, podremos votar por propuestas que velen tanto por la calidad de las instituciones como por la promoción de inversiones privadas productoras de riquezas y empleos genuinos. 

*Sociólogo