30 sep 2020
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viernes 17 abril, 2020

Que lea el que pueda

viernes 17 abril, 2020

Los cafés en las ciudades surgieron junto con la esfera pública burguesa; fueron su producto y a la vez la produjeron. Pero entiendo que los cafés, en su desarrollo, aportaron otra transformación fundamental, ahora inscripta entre lo público y lo privado: crearon una forma de soledad que antes no existía, crearon otra forma de estar solo. En los cafés (no solo en los cafés, pero especialmente en los cafés) existe esa posibilidad: la de estar solo-con-otros. Una combinación admirablemente justa del espacio compartido del salón y la autarquía personal de cada mesa.

El café sigue siendo, ante todo, un lugar de reunión; reunión de varios o encuentro de dos. Pero también es un lugar intensamente habitado por personas solas. Concibo en esto al menos dos variantes: la de quien, viviendo en una misma casa con otros, quiere estar un poco solo y entonces se va al bar; la de quien, viviendo en su casa solo, quiere estar un poco con otros y entonces se va al bar (conocí la primera alternativa en el bar Savoy de Cabildo y Rivera; y la segunda, unos veinte años después, en el bar La Orquídea de Corrientes y Acuña de Figueroa). Y es que la fórmula eficaz del solo-con-otros resuelve y supera tales disyuntivas.

Por razones de público conocimiento, los cafés están cerrados. En el confinamiento forzoso de nuestras casas, la tajante dicotomía tiende entonces a restablecerse. O estamos solos o estamos con otros; sin margen de elección para lo uno o para lo otro en muchísimos casos. El que vive solo tiene que estar solo, no tiene opción, no puede estar con otros excepto mediante paliativos virtuales. Tampoco tiene opción el que vive con otros en espacios reducidos; si quiere estar un poco solo, un poco solo y en silencio por lo menos por un rato, no puede o se le complica.

He visto pasar por las redes expresiones de entusiasmo apenas la cuarentena empezó. Nos conminaban, nos exigían: ¡a leer, a leer! O incluso peor: ¡a escribir, a escribir! Bajo una premisa que daban por cierta, aunque a menudo resultó dudosa, y que es que ahora íbamos a tener más tiempo libre (para muchos, por el contrario, la carga laboral aumentó; para otros, los que no retuvieron a una Juanita, aumentaron las tareas domésticas, etc.). No me convencen, en lo personal, los llamamientos a la lectura con su barniz de moralismo; y tampoco estoy seguro de que la disposición de tiempo libre sea la variable principal en el asunto. Los lectores habituales se las arreglan para leer en sus agujeros de tiempo, no precisan que se declaren pandemias ni que la lectura quede de esa forma asociada al estado de excepción; los escritores de la disposición abundante de tiempo son esos a los que Roberto Arlt cuestionó en el famoso prólogo de Los lanzallamas.

Mi impresión es que influye tanto más la posibilidad o la imposibilidad de estar solo, ya que la lectura es de por sí una actividad solitaria, o bien solo-con-otros, como la concibió Oliverio Girondo con sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Por eso, y no por alguna endeble mitología literaria ni por alguna impostación de bohemia, hay tantos que prefieren irse a leer o escribir al café: para poder combinar su aislamiento con un entorno de compañía, para poder combinar su silencio con el rumor general de los demás.

Para leer, por otra parte, me parece que el tiempo libre importa menos que la concentración. Y no son días sencillos para la concentración estos que corren. Estamos en parte afligidos por el contexto de la muerte en ciernes, estamos en parte agobiados por la sobrecarga compensatoria de los requerimientos de contactos digitales. Presiento que la concentración y, con eso, la lectura se están viendo razonablemente desfavorecidas; presiento que lo que impera es un estado de dispersión (sin las virtudes que Walter Benjamin alguna vez le asignó a ese estado). Hojear, merodear, pispear, picotear; en los libros o en la red, lo mismo da. El esfuerzo de concentración, para poder en efecto leer, se ve más exigido de lo habitual, y no se presta a sobreactuaciones.

Más efectiva me resultó la campaña de Fox y ESPN para hacer ejercicios en casa.


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