miércoles 04 de agosto de 2021
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04-10-2020 00:01

Mafalda, en clave social y política

04-10-2020 00:01

No fue un cientista social, pero su obra interpretó como ninguna otra el devenir de la Argentina de las últimas décadas. A pocos días de su muerte, bienvenido sea un homenaje al genial Quino, que supo plasmar las alegrías y las tristezas, los anhelos y las frustraciones de gran parte de la sociedad. Con cada trazo de Mafalda, su obra más icónica, Joaquín Salvador Lavado Tejón se convirtió, sin proponérselo, en el mejor catalizador de la historia reciente de nuestro país.

Creada hace más de medio siglo, el legado social, político y cultural de Mafalda es inmune al paso del tiempo porque logró convertirse en un fenómeno de masas a escala global, gracias a la empatía y la simpatía que despiertan las opiniones de una niña entrañable y dueña de un pensamiento reflexivo, irónico e irreverente.

Quino esbozó en Mafalda una estructura ético-filosófica construida en base a un inquebrantable esquema de valores: la denuncia de la pobreza enclavada en el sistema capitalista; la lucha contra la represión, el autoritarismo y las violaciones a los derechos humanos; la defensa de las libertades cívicas, republicanas y democráticas; el impulso de causas nobles e indispensables, como el feminismo y el medio ambiente; el rechazo a toda forma de racismo y discriminación política o social; y la crítica a un sistema de ordenamiento moral basado en la representación de identidades religiosas, culturales o familiares.

Ese entramado de valores sociopolíticos expresados en formato humorista, permitieron que la obra de Quino se siga reeditando (y agotando) año a año, hasta transformarse en un verdadero suceso internacional que ya fue traducido a más de treinta idiomas.

Con las opiniones de una niña entrañable y provista de un pensamiento reflexivo, irónico e irreverente, Quino esbozó en Mafalda una estructura ético-filosófica.

¿Cómo se explica que una tira de humor de la segunda mitad del siglo pasado pueda seguir interpretando a las nuevas generaciones, que retoman dibujos de papel en blanco y negro para viralizarlos en redes sociales digitales y audiovisuales? ¿Cómo es posible que perdure el éxito de esa niña porteña de clase media argentina, que hablaba en medio de la efervescencia de los 60 y la violencia de los 70, en el mundo bipolarizado de la Guerra Fría?

Para dar cuenta del anclaje intelectual e ideológico que Mafalda ha tenido hasta la actualidad hay que reparar en la tesis doctoral que la historiadora uruguaya Isabella Cosse publicó en 2014. Mafalda: historia social y política fue editada por Fondo de Cultura Económica y constituye el mejor análisis sobre la representatividad que los personajes de Quino tuvieron, y siguen teniendo, en el imaginario sociocultural de Argentina y el resto de los países que idolatran a Mafalda.

El trabajo de Cosse reconstruye la historia detrás del mito a través de las relaciones sociales, los dilemas políticos y las dimensiones culturales y económicas que explican por qué Mafalda cobró vida propia fuera de las viñetas. Dice la autora: “La historieta ofreció una reflexión sobre lo humano, de orden filosófico y atemporal. (…) Puso en circulación una representación y una forma de humor que dialogaron con la identidad de clase media y que colaboraron a afirmarla, pensarla y discutirla mediante una representación inédita y de extrema complejidad: una visión heterogénea de la clase media que enlazaba lo cotidiano y lo político”.

Además del protagonismo de Mafalda, la historieta que se publicó en Primera Plana (1964-1965), El Mundo (1965-1968) y Siete Días Ilustrados (1968-1973) desplegó también una serie de personajes que encarnaron un entramado de paradigmas culturales establecidos, entre los que se destacaron dos razgos fundamentales: Susanita (mandato familiar) y Manolito (sociedad de consumo).

Mafalda rompió los esquemas preconcebidos y se inmortalizó como un puente intergeneracional que se retroalimenta con el paso del tiempo y las distintas culturas.

Pero la crítica de Mafalda a la tradición y al mercantilismo no oculta que la tira nació, paradójicamente, por una necesidad burguesa: promocionar electrodomésticos de la empresa Siam Di Tella a través de una tira que sería publicada en la prensa de divulgación masiva. Por eso, según Cosse, Mafalda “estuvo situada desde la misma idea y su concreción y puesta en circulación en una articulación sustantiva entre el campo cultural (el humor, las producciones artísticas e intelectuales, los medios de comunicación), las estrategias del mercado (la agencia de publicidad y las apuestas de Siam Di Tella) y la realidad social que afectaba, sobre todo, pero no solo a la clase media”.

Pero Mafalda rompió todos los esquemas preconcebidos y se inmortalizó al convertirse en un puente intergeneracional que se retroalimenta con el paso de los años y las distintas culturas.

En el prólogo a Todo Mafalda, la impecable recopilación publicada en 1995 por Ediciones de La Flor, el escritor colombiano Daniel Samper Pizano recordó que cuando le preguntaron a Quino cómo veía el mundo actual, el Maestro respondió sin cortapisas: “Mal, muy mal. Me alegro de no ser joven”. A lo que Samper Pizano agregó: “Podría pensarse que semejante frase constituye una especie de traición o, al menos, una capitulación cuando procede de quien durante diez años creó un universo de jóvenes. Y, sin embargo, habría que ver si los muñecos de Quino son en realidad niños. O si lo que ha hecho Quino es albergar en capturas infantiles ciertas reflexiones, angustias, ternuras y alegrías sin edad”.

Es que la voz de Mafalda, la voz de Quino, es la voz de nuestra conciencia social. Debe ser esa la causa que explique por qué queremos tanto a Mafalda.



*Doctor en Ciencias Sociales. Director de Perfil Educación.