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COLUMNISTAS / CARRERA ELECTORAL
domingo 14 junio, 2015

Recalculando

Los principales candidatos tienen fortalezas y debilidades en común. Otros votos clave.

por Redacción Perfil

Foto: Pablo Temes

Todo se encamina a una competencia súper pareja entre los dos principales candidatos. La creciente polarización abarca a un número cada vez mayor de votantes – hasta hace poco englobaba a dos tercios, ahora está cerca de tres de cada cuatro votantes. A menos que ocurra algún evento significativo que conmueva e interrumpa la peculiar inercia actual, el proceso político tendrá como protagonistas estelares a dos políticos que se parecen tanto que sorprende que uno hable de cambio y el otro de continuidad.

Pero, aún cuando no ocurriese nada particularmente extraordinario, vale la pena preguntarse si el contexto en el que habrá de desenvolverse esta campaña presidencial continuará así de tranquilo o si, por el contrario, experimentará algún tipo de modificación. La competencia entre dos candidatos similares apalancados en formaciones políticas y recursos igualmente parejos (aunque con características indudablemente singulares, presentan fortalezas y debilidades también bastante equivalentes) puede entonces resolverse en función del contexto efectivo en el que se desarrolle la etapa crítica de la campaña electoral. Conocido: el hombre y sus circunstancias.

¿Habrá de continuar esta calma chicha, esta meseta interminable en la que parecen haberse acomodado, domesticadas, las expectativas económicas de corto plazo? Nadie está pensando en un episodio caótico, en un final wagneriano, pero llamó sin duda la atención la sobrerreacción del Gobierno frente a la ínfima corrección que experimentó el valor del dólar blue el viernes pasado (de 12,60 a 13 pesos). El Gobierno mandó sus inspectores a la calle, anunció una conferencia de prensa que luego Kicillof suspendió, armó redadas en la City para finalmente secuestrar apenas un millón de pesos. ¿Por qué tanta histeria, cómo explicar semejante descontrol?

Muy sencillo: en todos los años electorales, los argentinos tendemos a dolarizar nuestros activos. Por las dudas, “por si las moscas”, como se decía cuando yo era chico. De alguna manera, esto ya ha venido ocurriendo gracias al mecanismo del “dólar ahorro”, que favorece fundamentalmente a los trabajadores formales. Pero ¿cómo se va a comportar el resto de los agentes económicos si se profundiza esta tendencia? Recién estamos a mediados de junio: continúa la liquidación de la cosecha gruesa (aunque a un ritmo más aletargado que en años anteriores pues los productores descuentan que el próximo gobierno seguramente va a corregir el tipo de cambio y hasta se anime a reducir las retenciones).

En agosto, justo cuando se desarrollen las primarias, los dólares provenientes del campo van a escasear. Con una balanza comercial cada vez más comprometida, ¿podrá el gobierno frenar, o al menos financiar, una eventual corrida cambiaria gracias a la colocación de nueva deuda por parte del Tesoro, YPF y algunas provincias? ¿Cuál será la brecha entre el dólar oficial y el paralelo hacia mediados de octubre, cuando lleguemos al clímax de la campaña presidencial? En un eventual contexto de incertidumbre y volatilidad cambiaria, ¿apostarían los argentinos por el cambio o la continuidad?

Estimular el consumo constituye una de las principales herramientas utilizadas por el Gobierno, sobre todo en los años impares, cuando está en juego la puja por el poder. En las próximas semanas, se volcará a la calle una enorme cantidad de dinero como resultado de las negociaciones paritarias, el pago del aguinaldo, el incremento en las asignaciones universales y la actualización de las jubilaciones y pensiones. Este aumento de la demanda debería tener, presumiblemente, un efecto reactivador. ¿Cómo reaccionará la oferta de bienes y servicios, sobre todo dadas las limitaciones existentes a la importación? ¿Pueden sumarse a las potenciales tensiones cambiarias otras presiones por el lado de la inflación? ¿Pueden acaso ambos procesos llegar a retroalimentarse, como ocurrió tantas veces en el pasado?

Fuerza. Hasta ahora, la fortaleza del liderazgo presidencial constituye uno de los factores determinantes que explican esta supuesta tranquilidad económica que se ha instalado en la sociedad argentina. Naturalmente, también fue decisiva la amenaza creíble en el uso de los recursos disponibles para controlar el comportamiento de los agentes económicos, sobre todo mediante el cruce de información y la disuasión implícita en la decisión política de sostener la centralidad de la figura presidencial. ¿Qué ocurrirá a partir del 9 de agosto, cuando CFK pierda al menos algo de protagonismo? Ese día se acabarán las especulaciones, habrá finalmente un candidato del FpV legitimado por el voto popular. Para ganar las elecciones de octubre, deberá seducir a muchos electores independientes, sobre todo de clase media. Sin necesidad de ser demasiado autocrítico, esto implica tomar cierta distancia del ideario K, tratar de convencer a los más renuentes, mostrar el rostro más humano y menos confrontativo posible. ¿Qué capacidad disuasiva habrá de retener para entonces el Gobierno? ¿Cuánto quedará de ese liderazgo fuerte, tan determinante de Cristina? ¿Será acaso ella finalmente candidata?

Supongamos que estas especulaciones sobre el curso de la economía resultasen infundadas, y que no habría de generarse un contexto de tensión inflacionaria y cambiaria agravado en alguna medida por la caída en la percepción de amenaza por parte de los principales actores económicos en relación con el Gobierno. ¿Implica acaso esto que la suerte de la elección ya estaría echada? ¿Qué otros eventos de naturaleza estrictamente política podrían alterar el curso del proceso electoral?
Tres elecciones clave sin duda afectarán las pretensiones de los respectivos protagonistas: Santa Fe, Córdoba y la Ciudad de Buenos Aires. En estos distritos, que en conjunto representan alrededor del 28% de los votantes, el FpV se encamina a obtener un cómodo tercer lugar. No tendrá, en consecuencia, mucho para festejar. Pero no siempre las derrotas propias constituyen triunfos adversarios, dadas las características fragmentarias de nuestro disfuncional sistema político. En efecto, el PRO casi con seguridad se impondrá con mucho margen en esta ciudad, pero en las otras dos elecciones enfrenta desafíos mucho más complejos. ¿Logrará Macri antes de las PASO ese halo triunfal tan necesario para entusiasmar a su tropa y encarar con alguna chance de éxito el formidable desafío de conquistar una base de votos significativa en la misteriosa Buenos Aires?

Falta mucho y no falta nada: un suspiro, una eternidad. Día a día se irá escribiendo esta historia, tan incierta como esperada. Tenemos ante nosotros mismos un rompecabezas formidable y predomina una apatía que preocupa, que debería pronto transformarse en curiosidad, incluso en interés por este proceso político-electoral. Al menos habremos de votar y resolveremos esta transición en paz. Mirando Venezuela, no parece poco.


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