miércoles 26 de enero de 2022
COLUMNISTAS palabras
26-11-2021 23:55
26-11-2021 23:55

Rotas cadenas

26-11-2021 23:55

El Himno Nacional empieza, como sabemos, con un grito y con un ruido. Un grito sagrado: libertad, que se enuncia por triplicado. Y luego un ruido: un ruido de rotas cadenas. El canto liga esos dos sonidos en una relación implícita de causa y efecto; para que haya grito tiene que haber habido ruido, para que haya libertad tiene que haber habido cadenas rotas.

La libertad, de esa manera, no se enuncia como un vago ideal abstracto proclamado un poco en el aire, sino como el objeto concreto de luchas históricas específicas, de revoluciones como las de 1776 o 1789 (las de los “libres del mundo”, que responden) o como la que aquí mismo se estaba emprendiendo desde mayo de 1810 y con las guerras de independencia.

Fueron gritos de emancipación en contra del poder dominante. Qué distinto luce todo cuando la noción de libertad la enarbolan precisamente los poderes dominantes, los que detentan el poder económico o los que gustan por alguna razón de ponerse (o de imaginarse) de su lado. Esa versión farsesca de la libertad, que pretenden hacer pasar por general (cosa que por lo demás muy a menudo consiguen), es bien distinta por cierto a la de la emancipación, a la de las revoluciones. Es libertad para imponerse y someter, solapando nuevas cadenas acaso menos evidentes pero no menos aflictivas.

La libertad por la que los oprimidos se alzan en contra de la opresión se asocia en cambio, en el campo semántico, con otro término, liberación. Lo cual a más de uno llevará a recordar, según creo, una vieja canción de los años 70 (otros, en cambio, encantados con los criterios de actualidad de las modas, persuadidos de que el pasado se anula, dirán que todo esto “atrasa”). Escrupulosamente censurada por la dictadura militar, Para el pueblo lo que es del pueblo era una canción que cantaba Piero, con letra de José Tcherkaski (no fue una Canción Patria, como dio en llamarse el Himno, pero sí una canción popular que llegó a convertirse en emblema).

Empieza con esta palabra: libertad. Y termina con esta otra: liberación. Empieza diciendo así: “Libertad era un asunto/ mal manejado por tres/ libertad era almirante/ general o brigadier”. Con lo que apuntaba con nitidez (la nitidez de las canciones “de protesta”) a criticar la manipulación política de una libertad manejada en verdad por unos pocos (en alianza por demás evidente con el poder económico que remataba entretanto el país, según consta en la misma canción un poco más adelante). Es en relación con esta libertad amañada y falaz que en el final de la canción se enfatiza (y se amplifica en una cámara coral): “Para el pueblo lo que es del pueblo/ porque el pueblo se lo ganó/ para el pueblo lo que es del pueblo/ para el pueblo liberación”.

Este pueblo del que aquí se habla no es el mismo que el del texto de Vicente López y Planes. En el Himno a quien se invoca es al Pueblo Nación, el sujeto-pueblo que constituye el Estado; en la canción de protesta se dice pueblo en otro sentido, en el sentido en que se habla de “campo popular” o de “sectores populares”. Con el permiso de los fanáticos del binarismo, los que no conciben que las cosas puedan tener más de dos lados (y entre esos dos lados, en todo caso, un medio), inclinaré mi preferencia por aquella vieja canción anarquista titulada Hijos del pueblo. Este otro pueblo, esta otra noción de pueblo, es distinta a la del Pueblo-Nación (distinta e incluso opuesta); pero lo es también respecto de la de lo popular como tal, pues acentúa su inflexión clasista y combativa. Empieza diciendo así: “Hijo del pueblo te oprimen cadenas/ y esa injusticia no puede seguir”.

Las cadenas, de nuevo las cadenas. Pero estas cadenas no están rotas, estas cadenas oprimen todavía. Cadenas de la injusticia, revelan que sin equidad no habrá libertad verdadera. ¿Atrasa? Parece que sí. Es del tiempo en que el anarquismo, lejos de mentarse para oponerse al aborto y para reivindicar a las fuerzas represivas, se oponía a la Iglesia y al Estado (empezando por sus fuerzas de “seguridad”), no menos que a la reducción de la libertad a una versión egoísta y mezquina.

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