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COLUMNISTAS / comparaciones
domingo 11 agosto, 2019

Se vota hoy, se elige siempre

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por Sergio Sinay

Hoy. Para la votación hay un día, pero en la vida la elección es diaria. Foto: shutterstock

Votar y elegir no son la misma cosa. De hecho, hay regímenes autoritarios en los cuales se vota (generalmente a un partido oficialista y único), pero al no haber oposición, o al ser esta apenas una figura fantasmal, no se elige. Votar es la ejecución de un movimiento físico. Ir a un lugar determinado, depositar una papeleta en un sobre y el sobre en una urna. Elegir es un proceso interno, no visible, consistente en cálculos, evaluaciones, registro de necesidades y de posibilidades e incluso de factores emocionales. Se puede decir que el voto es el paso final de un proceso de elección. E incluso se puede elegir no votar.

Hay un día para la votación, pero en la vida humana la elección es una cuestión diaria. Somos seres condicionados por muchos factores. Uno es el tiempo, la finitud de nuestra vida. Otros condicionantes son la salud, la economía, la época en que nacemos y vivimos, la geografía, el clima, los imponderables de todo tipo, lo aleatorio y también los otros, los prójimos, con su presencia, sus actitudes, sus decisiones y su incidencia en nuestra vida. El infierno son los otros, sentenció Jean-Paul Sartre y se le respondió que los otros son en realidad la posibilidad de nuestra existencia, la certificación de esta. Lo cierto es que los condicionamientos marcan límites, tanto visibles y explícitos como simbólicos y tácitos. Nos dicen que no se puede todo, aunque se desee todo.

La pretensión de ignorar o exceder los límites no solo conduce a nociones erróneas de lo que significa libertad, sino también a resultados a menudo trágicos. Al ser parte natural de la vida, los límites terminan por imponerse, muchas veces de las maneras más inesperadas y misteriosas.

A través de la publicidad, el marketing y variados discursos en boga existe hoy la creencia de que se puede ir más allá de los límites y se asocia esa creencia con la idea de libertad, de que ser libre significa hacer y deshacer según el propio antojo, o según aquello que se compre, se beba, se consuma o se posea. Pero, para poner apenas tres ejemplos, la droga y el alcohol (supuestas llaves de libertad) tienen sus secuelas, la velocidad ilimitada tiene sus consecuencias y las tarjetas de crédito tienen un tope antes de certificar mes a mes que los gastos se pagan, y a costos altos, más allá de la ilusión de que, plástico en mano, todo es posible. A cada paso en la vida nos encontramos con un recordatorio de que no se puede todo, de que hay que elegir. Y elegir es resignar, es restarle a la utopía de la posibilidad infinita. Como explicaron, cada uno a su manera, Víktor Frankl (el gran médico y pensador austríaco, que centró su obra en la cuestión del sentido existencial) y el psicoterapeuta humanista y mitólogo Rollo May, la persona verdaderamente libre es la que aprende a elegir. Lo es porque entiende que hacerlo tiene una consecuencia. Si no puedo A y B mi elección de A es la resignación de B. Esto refuerza el valor de mi elección. He debido dejar algo, de manera que debo honrar aquello que elegí. Es decir que debo responder por mi elección aceptando que es mía. Soy responsable. No hay culpable, y menos culpable externo. Quien comprenda esto sabrá que toda elección tiene consecuencias y, dispuesto a responder ante éstas, será libre y responsable a la vez ante las ineludibles opciones que la existencia propone día a día, paso a paso.

Elegir a conciencia y responsabilizarse por esa decisión son condiciones esenciales de la libertad última del individuo. La libertad de elegir un camino cuando no se puede avanzar por todos. Cuando en cualquier grupo humano (pareja, familia, vecindario, consorcio, barrio, equipo de trabajo, ciudad, país, etcétera) aumenta el número de personas responsables, que responden por sus acciones y elecciones, disminuye la cantidad de culpables. Al revés, la carencia de responsabilidad produce inflación de culpabilidad. De este modo, detrás del simple acto de votar puede haber, o no, un ejercicio verdadero de la responsabilidad. No siempre votar es elegir, aun cuando la oferta de papeletas sea amplia.

*Periodista y escritor.


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