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Semana Santa

Lo mejor de la Semana Santa no era la Pascua, sino la previa: alguien azotado y muerto colgado de una cruz junto a dos ladrones, alguien que muere y vuelve a la vida…

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Semana Santa. | Marta Toledo

En mi familia nunca fuimos personas religiosas. El catolicismo era simplemente una herencia, una ceremonia que se repetía sin mucha convicción cuando uno de nosotros nacía o moría o estaba en edad escolar o se casaba. Ritos abrazados tibiamente más por el atuendo o el festejo que por lo sagrado. 

El de 1986 fue mi verano devoto: llegaron los misioneros a la escuela del barrio, la que habíamos dejado para empezar el secundario. Seminaristas jóvenes, guitarreadas, catequistas adolescentes apenas más grandes que mi amiga y yo… una iglesia alegre que no tenía nada que ver con las misas aburridas del cura Rougier y el séquito de viejas que siempre le andaba a la vuelta y que nos chistaban como lechuzas los sábados en la misa de niños. 

La escuela cerrada a cal y canto los veranos, cuando las vacaciones duraban exactamente tres meses, era una novedad abierta de par en par, las aulas sin maestras ni deberes donde nos reuníamos a hablar de Cristo con esos muchachos que usaban cruces de madera sobre las camisas desabotonadas. Pronto llevarían sotana, pero todavía los dejaban usar jeans y zapatillas. 

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Con uno nos escribimos cartas todo el 86: cartas larguísimas escritas a cuatro manos con mi amiga: a veces ella me dictaba y yo escribía, la vez siguiente yo dictaba y ella escribía con su letra redonda. El sobre con la respuesta llegaba siempre a mi casa, no sé por qué usábamos mi dirección, me imagino que porque ella tenía varios hermanos y siempre se metían en sus cosas. En mi casa abrir una carta ajena, leer un diario ajeno, era directamente inconstitucional. Sin embargo, eso no me zafaba de las gastadas de mi hermano cada vez que llegaba una carta del curita: ¡Camila, llegó el cartero! La bronca que me daba… 

Tiempo después, ya devenido cura, lo destinaron a nuestra parroquia, pero para entonces las cartas se habían ido espaciando y ni siquiera nos contó que vendría a vivir al pueblo. Nos dio igual porque hacía rato habíamos abandonado la idea de meternos a monjas: mi amiga ya tenía novio y yo iba a ser corresponsal de guerra.

Pero volviendo a nuestro catolicismo chasco, me acuerdo que en la infancia la Semana Santa tenía fascinación y misterio. Respetabamos a rajatabla los viernes sin carne, una costumbre que mi madre mantiene hasta ahora. No íbamos a la iglesia, pero siempre alguna vecina repartía ramitas de olivo secas que mi madre ponía en el marco de algún cuadro: podía ser la foto de casamiento de alguna de mis tías o los cuadros con fotos de los caballos de carrera que cuidaba el tío Pacho, no teníamos cuadros de santos ni ese que había en casi todas las casas del barrio y que yo miraba con envidia: Cristo con el pecho abierto y el corazón envuelto en llamas. 

Nivel supremo de envidia cuando una de las vecinas trajo un Sagrado Corazón de Uruguayana: se enchufaba y el corazón tenia una luz pequeña que en la oscuridad titilaba como una llama verdadera. 

Si lo pienso bien lo mejor de la Semana Santa no era la Pascua, sino la previa: alguien azotado y muerto colgado de una cruz junto a dos ladrones, alguien que muere y vuelve a la vida… en eso la narración católica es insuperable. 

Jueves y viernes hacíamos maratón de películas bíblicas en la tele y después las comentábamos entre nosotros: nunca nos cerraba cómo era posible que Jesus multiplicara panes, convirtiera agua en vino, pero no consiguiera desatarse de la cruz y fulminar a los romanos.