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COLUMNISTAS / opinión
domingo 5 julio, 2020

Sobre una pregunta

El Tortoni era un café decadente, que cuando llovía tenía goteras (nunca entendí eso: arriba del bar hay un edificio de varios pisos).

Foto: Cedoc
domingo 5 julio, 2020

Antes que ir hacia una nueva normalidad prefiero volver a mi vieja anormalidad. “Solo tengo planes para el pasado”, decía Ennio Flaiano, frase que repito y repito. Todo el tiempo me topo con la misma pregunta: ¿qué es lo primero que vas a hacer cuando todo vuelva a la normalidad? Pues lo primero que voy a hacer es intentar que nada vuelva a la normalidad. La vida que llevábamos, la vida que nos propone eso que, por pereza, llamamos “normalidad” reside en colocar a la desdicha como horizonte final de nuestro tiempo, al empobrecimiento permanente como entorno aceptable y la crueldad como motor del lazo social. A menos que la pregunta sobre qué es lo primero que voy a hacer implique también otra cosa, simplemente la pregunta impresionista por aquello que extrañamos más. Yo ni bien pueda pienso volver a salir de mi casa por la noche, en Avenida de Mayo 819 –medianera con el Tortoni– respirando con disnea y ansiedad, y para calmarme caminar hasta Florida y luego hasta Santa Fe hasta llegar al Queen Bess, poco antes de que cierre. A veces me encontraba azarosamente (o no tanto: sabía que solían ir algunos de mis amigos) con M.M. o con P.C. y tomábamos un J&B (yo lo sigo tomando cada noche aunque, desde hace años, casi siempre sin compañía) y charlábamos en silencio o a los gritos, y después caminaba hasta 9 de Julio y de allí hasta Avenida de Mayo y de vuelta a casa. Había cenado pizza e iba a almorzar restos de pizza. Me quedaba en la cama todo el día (trabajaba muy poco, vivía al día) hasta que la ansiedad nocturna me hacía salir. Por ese entonces pensaba que estaba deprimido (una separación, el menemismo, qué sé yo… esas cosas) pero aprés coup la recuerdo como una época intensa. Iba también siempre al Tortoni antes de que se volviera un sitio turístico, con cola para entrar y precios exorbitantes. Era todavía un café decadente y semivacío, que cuando llovía tenía goteras (nunca entendí cómo podía ocurrir: arriba del bar hay un edificio de varios pisos). Junto con la primera Romano (la que estaba en Lavalle al 2000) la librería de viejos de Avenida de Mayo casi Perú era la mejor de Buenos Aires, después no sé qué desavenencias familiares hubo entre las dueñas (creo que el asunto era entre hermanas) hasta que fue vendida y reconvertida en otra librería de viejos, pero estándar, sin gracia alguna, hasta que el año pasado –o el anteaño– la política económica del macrismo la obligó a cerrar. 

O también volver a caminar por la calle Thames, primero llevando a L. en el cochecito y luego llevando a T. en el mismo cochecito, ya con L. de la mano: “Mientras ahora vamos caminando, mi hija/ Alegremente aferra un dedo mío con toda su mano./ Toda mi vida sentiré que un invisible anillo/ Circunda ese hueso con su brillo; cuando mayor/ Esté muy lejos de hoy, como sus ojos ya lo están”. Por supuesto que el poema no es mío, es de Stephen Spender, poeta menor que logró escribir un poema genial. Qué daría yo por algo así. Entre tanto, pienso también en retomar las conversaciones con mi amigo T.D (¿Cómo se entiende que de la Córdoba que dio el Cordobazo ya no quede nada y solo dé monstruos como Angeloz, Cavallo, De la Sota, Schiaretti?). No, no quiero volver –no quiero que volvamos, nosotros, las inmensas mayorías– a la vida que tenía hasta antes de la cuarentena. Nuestro presente es el cementerio del futuro.


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