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COLUMNISTAS / Estilo de vida
domingo 20 octubre, 2019

Superar la edad

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Carl Honore

default Foto: CEDOC
domingo 20 octubre, 2019

Llevo varias décadas persiguiendo una pelota con un palo. Para mí, el hockey es mucho más que mi deporte favorito: es un ejercicio agotador, una oportunidad para salir con los amigos y un vínculo con mis raíces canadienses. También es una forma de esquivar el hecho de que estoy envejeciendo. Mientras juego al hockey puedo dejar de pensar en mi edad y en lo que significa. ¿De qué tendría que preocuparme cuando todavía me siento como un adolescente cada vez que la pelota toca la parte inferior de mi stick?

Pero un día llegó el torneo anual de Gateshead, una ciudad industrial del norte de Inglaterra. (...) En el último minuto de juego, con la tanda de penaltis acechándonos, me saqué de la manga uno de los trucos más difíciles que hay en el hockey.

Para reanudar el juego, el árbitro deja caer la pelota entre dos rivales. Este “saque neutral” constituye una auténtica prueba de fuerza, equilibrio, reflejos, coordinación mano-ojo y velocidad de pensamiento. El objetivo es hacerse con el control de la pelota. Marcar directamente tras un saque es algo muy poco habitual. Sin embargo, en aquel partido de cuartos de final yo hice justamente eso: coloqué la bola en la esquina inferior de la red desde una distancia de cinco metros antes de que nadie pudiera siquiera moverse. Mi oponente en el saque soltó un juramento entre dientes. El portero derrotado estrelló su palo contra el suelo con disgusto. Mi equipo estaba en semifinales, y yo me sentía en las nubes.

Tras los abrazos y los choques de manos que se sucedieron cuando el árbitro pitó el final, y con la imagen del gol todavía repitiéndose en mi cabeza, entré en el vestuario. Allí, al otro lado de una montaña de uniformes de hockey empapados y malolientes, un empleado del torneo hacía una lista de los perfiles del equipo, comparando las edades de sus miembros. El jugador más joven tenía 16 años. ¿Y el más viejo?

—¡Colega, eres tú! –gritó, no sin cierto regodeo–. ¡Eres el jugador más viejo de todo el torneo!

Por entonces yo tenía 48 años, el pelo entrecano y patas de gallo a juego. Pero, pese a ello, la noticia me dejó sin aliento. (...)

Al final nos llega a todos: ese momento glacial y demoledor en el que de repente te sientes viejo. Tu fecha de nacimiento, antaño una mera serie de números en tu documento de identidad, se convierte en una pulla, un memento mori, susurrándote la prueba de que ya vas cuesta abajo y transitas por una vía de sentido único hacia la faja y la mecedora. La vida tal como la conoces, tal como quieres que sea, ha terminado. Empiezas a preocuparte por lo que resulta apropiado para tu edad. ¿Este traje es demasiado juvenil para mí? ¿Este corte de pelo, este trabajo, esta amante, este grupo, este deporte...? El factor desencadenante puede ser un cumpleaños señalado, una enfermedad o una lesión, un desaire amoroso o un ascenso que se te ha escapado en el trabajo. Puede ser la muerte de un ser querido. Para mí fue el hecho de ser el jugador más viejo de un torneo de hockey.

Sin embargo, si examinamos el asunto con más detalle, veremos que también tiene una parte positiva: hoy, un número de nosotros mayor que nunca vivimos lo suficiente para ser abuelos goleadores (...)

La revolución de la longevidad, se mire como se mire, representa un gran salto adelante, un inmenso monumento al ingenio humano, un motivo de celebración... y, sin embargo, a menudo no se percibe como tal.

¿Y por qué no? Pues sobre todo porque nuestra actitud con respecto al envejecimiento no ha ido de la mano con la promesa demográfica que se extiende ante nosotros. En lugar de abrir una botella de champán para brindar por todos esos años adicionales de vida, a menudo no hacemos sino seguir dando vueltas a la idea de que envejecer es malo. En lugar de saborear nuestras hazañas en el hockey, nos asustamos por las entradas de nuestro cabello. (...)

Pero ¿cómo superar la aversión al vejecimiento que parece haber estado presente desde tiempos remotos? ¿Cómo se hace eso? ¿Es posible siquiera? Applewhite asiente con la cabeza: “La verdad es que, cuando te deshaces del miedo opresivo al envejecimiento asociado a la cultura, todo lo relacionado con envejecer se ve mucho mejor –afirma–. Aunque no será fácil”.

Que no sea fácil no significa que sea imposible. Uno de los principales motivos para ser optimista es que cada vez más personas en todo el mundo están envejeciendo mejor y de forma más activa que nunca. Navegan alrededor del mundo a los cuarenta y tantos, vuelven a la escuela a los cincuenta y pico, crean nuevas empresas o familias en la sesentena, corren maratones a los setenta y tantos, diseñan o participan en campañas políticas siendo octogenarios, se enamoran a los noventa y pico y crean obras de arte siendo centenarios. Con ello están generando nuevas expectativas acerca de lo que todos nosotros podemos hacer con nuestras vidas más longevas, además de cargarse el tópico de que una población envejecida representa una carga. (...). Hoy lo que importa cada vez más no es tanto en qué fecha nació uno como su forma de pensar, hablar, mirar, moverse, hacer ejercicio, bailar, vestir, viajar y jugar. Lo que nos va a definir en el futuro, mucho más que nuestra edad, son las opciones que elijamos: los libros que leamos, la televisión que veamos, la música que escuchemos, la comida que comamos, las personas a las que amemos, la política que defendamos y el trabajo que hagamos. Este cambio encaja perfectamente en el actual movimiento cultural –más extenso– en favor de la diversidad y la libertad personal. Así, por ejemplo, hoy expresamos la orientación sexual y la identidad de género de una forma que habría sido impensable no hace mucho. Puede que la edad sea la próxima frontera que debamos superar.

*Autor de Elogio de la experiencia, Editorial RBA (fragmento).


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