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COLUMNISTAS / chistes
sábado 27 junio, 2020

Tapar al bisonte

Foto: Cedoc

Por lo común, sólo lo inverosímil parece cierto. Prosperan los terraplanistas, los anti vacunas y los que creen que la pandemia no existe en Argentina porque el número de muertes no es lo bastante abultado para conmover sus corazones; en figura de analista político y provocador inteligente que obliteró su figura de escritor incómodo, Jorge Asís expande su verba en servicial programa nocturno criticando las medidas por temor a “muertos imaginarios”. También están los que creen que a un virus se lo puede expulsar con rezos e invocaciones o con inoculaciones de lavandina, pero esos casi no saben hablar y no tienen mayor poder, salvo que sean los presidentes de Estados Unidos o de Brasil. Entre tanta vocinglería y tantas proyecciones sobre el mundo por venir (¿será comunista como era en el Paraíso, será capitalista pero con rostro humano y ecológico y antiagrotóxico, ya que es evidente que la reducción de bosques selvas y humedales acerca algunos bichitos a nuestros bulines?), también aflora la estupidez, de observación tan deleitable.

En una noticia que debería ser falsa por lo absurda, un grupo de jóvenes animalistas de Santander –para definirlos, son aquellos que pretenden, por ejemplo, impedir que el gallo pise a la gallina porque lo consideran violación, ya que jamás una gallina dejó constancia de su consentimiento–, salieron a pedir que se retiren las pinturas y dibujos rupestres de la cueva de Altamira porque ejemplifican, según sus nobilísimos criterios, una conducta de maltrato animal que debería ser censurada y no mostrada a las puras mentes de los niños turistas. Mirar el pasado con ojos del presente puede ser tanto una tilinguería como un acierto estético, pero estos fundamentalistas del bien del Universo no pueden considerar esas bellas obras de los comienzos de la especie humana como testimonio de la ilusión que les permitía creer a los habitantes de aquel mundo que el trazo de un bisonte sobre la roca era la magia requerida para capturarlo y alimentarse de él (y de su espíritu), condición necesaria para reproducir la especie y llegar treinta mil años más tarde a esos descendientes lelos que leen el ciclo humano con los anteojos acotados del presente y consumen, por ejemplo, galletitas vegetarianas pegoteadas con grasa bovina.  

Pero lo peor es que los responsables de la Cueva de Altamira y Arte Rupestre Paleolítico de la Cornisa Cantábrica “se han comprometido a incorporar advertencias que pongan en contexto la obra y a incorporar advertencias previas que pongan en contexto la obra y pidan perdón por la apología del maltrato animal y la violencia. Estudiarán también la sugerencia de añadir pinturas con escenas familiares, integradoras y con mayor presencia de mujeres”. Entretanto, las cuevas permanecerán cerradas. Pero debe ser un chiste.


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